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Esto que nos ocurrió

La inolvidable noche de Ringo

Se cumplieron 46 años de la pelea entre el colosal Muhammad Ali y el porteñísimo y carismático Oscar Natalio Bonavena.


“Todos hablan antes de las peleas. Todos hablan. Pero cuando suena la campana, estás tan solo que hasta el banquito te sacan”. La cita es de Oscar “Ringo” Bonavena, el carismático boxeador porteño de cuya legendaria pelea con Muhammad Ali se cumplieron esta semana 46 años.

Heredero del legendario Luis Ángel Firpo dentro de los pesos pesado argentinos con proyección internacional, Bonavena fue un campeón sin corona que no pudo lograr el título mundial quizás porque le tocó una época de grandes boxeadores como Ali, Joe Frazier, George Foreman, Floyd Patterson, Ken Norton, Bob Foster y Jerry Quarry.

Coloso con voz de pito, prototipo del porteño fanfarrón y a la vez “mamengo”, su singular carisma lo hizo un personaje mediático décadas antes de que se inventara esa figura. Amado por unos, odiado por otros, también dejó frases antológicas como cuando sentenció: “La experiencia es un peine que te dan cuando te quedaste pelado”.

Oscar Natalio Bonavena nació el viernes 25 de septiembre de 1942 en el barrio porteño de Boedo y fue el séptimo hijo de los nueve que tuvo el matrimonio de inmigrantes italianos formado por Vicente Bonavena y Dominga Grillo. En 1954 terminó la escuela primaria y de allí en adelante comenzó a ganarse las “primeras chirolas” como vendedor de Coca-Cola en la cancha de Huracán, el club de sus amores y donde comenzó a practicar boxeo.

En 1959, con 17 años, el mastodonte de pies planos y voz aflautada debutó como amateur en el club Unidos de Pompeya. Desde su primera pelea como profesional, el 3 de enero de 1964, hasta la última, el 26 de febrero de 1976, Bonavena sostuvo en el profesionalismo 68 combates, de las que ganó 58 (44 por nocaut, 13 por puntos y una por descalificación), perdió nueve (seis por puntos, dos por descalificación y una por nocaut), y empató una.

La gloria en el Luna

Resistido al principio por los aficionados, Ringo –apodo que nació cuando estaba en Estados Unidos porque allá lo vieron parecido al baterista de Los Beatles, Ringo Starr– comenzó a torcer la historia la noche del 4 de septiembre de 1965 cuando en un Luna Park repleto –el récord de 25.236 entradas vendidas nunca fue superado– venció a Gregorio “Goyo” Peralta y conquistó la simpatía de la gente como el peso pesado que venía tras los pasos del legendario Firpo, el Toro Salvaje de las Pampas que disputó la mítica “pelea del siglo” ante Jack Dempsey, el 14 de septiembre de 1923 .

Después llegaron alguna victoria importante –como la que obtuvo ante el alemán Karl Mildenberger– y varias derrotas ilustres, como las dos ante Frazier y la de Patterson. Y entonces aparecieron el Mercedes Benz, la lujosa suite en el hotel Alvear, el habano, los perfumes importados y la ropa cara. También llegó la presencia en la televisión, el canto –grabó el tema “Pío Pío”–, el teatro de revistas y los viajes a Estados Unidos.

La gran noche ante Ali

Hasta que llegó la hora del choque contra el “más grande”, el ex campeón mundial Muhammad Ali –nacido Cassius Marcellus Clay Jr.– en el mítico Madison Square Garden de Nueva York, la noche del lunes 7 de diciembre de 1970.

Ali había regresado al boxeo el 26 de octubre de ese año ante Jerry Quarry, en Atlanta, Georgia, tras superar una suspensión y la quita de su título de campeón mundial por negarse a incorporarse al Ejército y sumarse a la guerra de Vietnam. Para Bonavena esa iba a ser la “pelea de su vida”.

Convertido en un emblema de la paz; de la defensa de los derechos de la gente negra y en el vocero principal de la campaña “¡No a Vietnam!”, Ali venció a Quarry por nocaut técnico en tres rounds y su carrera tomó renovados bríos hacia la reconquista del título mundial que había perdido en los tribunales en 1967, por su negativa a participar de una guerra ajena a sus convicciones religiosas.

No fue fácil para Ali la semana previa al combate con el argentino, ya que probó su propia medicina. Ambos eran fanfarrones ante de cada combate y Bonavena de manera irónica y picante puso en aprietos al estadounidense, todo un experto a la hora de dejar en ridículo a sus adversarios, con frases hirientes y con miradas capaces de derretir a un iceberg.

El “pibe” fanático del Globo, que sentía devoción por su madre, doña Dominga, fue contundente a la hora de la revisión médica al tildar de “gallina” a Ali, recordándole su negativa para ir a la guerra de Vietnam.

El norteamericano, furioso, vaticinó que le ganaría por nocaut en el noveno round. Pero la historia casi se escribe al revés.

Por entonces, Frazier era el campeón mundial indiscutido. Por eso, la noche del 7 de diciembre Ali y Bonavena pelearon por el título norteamericano de los pesados. Asistieron al Madison Square Garden de Nueva York 19.417 espectadores, que dejaron en boleterías 615.401 dólares.

El periodista Osvaldo Príncipi evocó así ese combate legendario: “La pelea fue sostenida y vibrante. Ali marcó el ritmo con sus piernas y su jab fue imparable para Ringo que, sin embargo, tenía puntería con su cross de izquierda. Muhammad sumaba ventajas por la precisión del «uno-dos» hasta llegar al noveno round; el que todos esperaban por la promesa que el bocón púgil de Louisville había anticipado: «Noquearé a Ringo en el noveno. Se burló de mi gente y me llamó Clay, mi nombre del pasado», dijo”.

“Pero ante el estupor de los asistentes, Bonavena, a puro cross de izquierda, conmovió a Alí y lo colgó del encordado en una situación dramática que puso al ex campeón mundial cerca del KO. Ali había caído por un empellón en los primeros segundos de este asalto sin recibir cuenta del árbitro Mark Conn, que fue testigo de un intercambio de impactos electrizante en donde el argentino desbordó y se llevó la mejor parte. Pero no pudo rematar ni escribir la gran historia”, agregó Príncipi sobre ese histórico y mágico round en el que “maduró el nocaut” del extraordinario Ali.

Pero en los rounds siguientes la jerarquía de Alí hizo el resto ante un Bonavena que continuó intentando un golpe de nocaut que nunca llegó, por sus carencias técnicas y porque su agotado cuerpo le impidió tener la continuidad necesaria para concretar la hazaña.

Precisamente ese irrefrenable deseo de alcanzar la gloria lo llevó a Bonavena a desoír las órdenes de su rincón y salió a combatir a “cara o cruz” en el último asalto, y en esa especie de ruleta rusa recibió un golpe de zurda que lo envió a la lona. Príncipi lo contó así: “Alí supo enfriar la contienda y recomponer su línea sobre la base de una mejor condición atlética que resultó vital para prolongar la pelea hasta el 15° round. Y allí, gracias a su cross de izquierda, aprovechó la desesperación de Ringo por buscar el KO, derribándolo en tres oportunidades, con la complicidad de Conn, que jamás se atrevió a enviar a Ali a un rincón neutral luego de cada una de las caídas”.

El épico traspié de Bonavena causó un sentimiento de orgullo absoluto, jamás expresado hacia Ringo hasta esos momentos.

Aquella pelea dejó una sensación de “dolor de alma” cuando el grandote de Parque Patricios besó la lona por última vez. Como si los golpes de Ali, secos y mortíferos, traspasaran su cuerpo y pegaran en el corazón de los argentinos; conmovidos por la guapeza de Ringo ante el deportista más importante del siglo pasado.

Los 79,3 puntos de rating que logró la transmisión de la pelea en la televisión en blanco y negro por Canal 13 sólo fueron superados 20 años después por los 82 puntos  de rating del partido de fútbol entre Italia y Argentina, en la semifinal del Mundial Italia 90.

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