Edición Impresa, Policiales

“La guerra contra las drogas encubre otros intereses”

Por Ana Laura Piccolo.- Para el docente colombiano Renán Vega Cantor, el “salvaje capitalismo gansteril” de Estados Unidos está detrás de todo.


Renán Vega Cantor es colombiano, docente en la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá y autor de una docena de libros. Visitó Rosario para hablar sobre “neoliberalismo y violencia en Colombia”. Entrevistado por El Ciudadano, el pensador analizó el fenómeno del narcotráfico al que definió como una arista del capitalismo gansgteril, la nueva forma de acumulación de capital. Su expansión a otros países latinoamericanos, las intenciones geopolíticas de Estados Unidos y el negocio que esconde la ilegalidad del consumo de drogas son algunos de los temas que desarrolló.

“Lo que pretendo demostrar es la importancia de conocer lo que pasa en mi país porque no es una cuestión doméstica sino un modelo que se está haciendo extensivo al conjunto de América Latina”, comenzó diciendo.

“Me refiero a que en Colombia se ha consolidado un tipo muy particular de capitalismo que yo denomino gansgteril. Puede ser tautológico porque todo capitalismo es gansteril, pero lo que quiero enfatizar es que la parte mafiosa de su funcionamiento se ha impuesto y hecho dominante. Eso está relacionado con formas propias de acumulación del capital vinculadas con el ámbito mafioso que recurre a la violencia como mecanismo fundamental para que funcionen los negocios. Ese tipo de capitalismo ya se está extendiendo a otros países como México y también escuché que se habla de la colombianización de Argentina. Aunque todavía no han llegado al grado que se da en Colombia, es posible que al cabo de algún tiempo lo alcancen”, agregó.

— ¿El capitalismo está relacionado con el narcotráfico?

— Generalmente mi país se conoce por el narcotráfico, pero es solo una actividad más de ese tipo de capitalismo. Lo que hizo el narcotráfico fue generalizar un tipo de comportamiento empresarial. O sea, los narcotraficantes son empresarios capitalistas. Pero la forma en cómo han manejado el negocio se ha hecho extensiva a cualquier actividad de la economía y la vida colombiana. Y eso viene acompañado de violencia, de la negación de cualquier derecho de la sociedad sobre todo los sectores populares. Viene acompañado del despojo generalizado de los bienes comunes, de la apertura al capital transnacional para convertir al país en una base militar y para entregarle los recursos naturales a las transnacionales. Elementos que ya se están dando en otros países del continente. Con la diferencia de que no han llegado al grado de violencia cotidiana que se vive en Colombia para hacer posible el funcionamiento de este tipo de capitalismo.

— ¿Qué rol juega la ilegalidad de la droga en ese esquema?

— Lo ilegal es muy relativo. Si hablamos de narcotráfico, es un sistema de leyes internacionales manejado por los países dominantes que determinan lo que es legal y lo que no. Y por más que se considere ilegal se ha hecho cotidiano. En la sociedad colombiana las actividades de narcotraficantes están prohibidas pero influyen en la mayor parte de las actividades económicas del país, como el fútbol, que desde hace 25 años está atravesado por los intereses de los carteles de la droga. Pero el dominio sobre el fútbol es sólo una actividad más de otras que han controlado como la compra y venta de fincas y bienes inmobiliarios. La explotación de la tierra, de los trabajadores y cualquier otra actividad está atravesada por esta violencia y comportamiento delincuencial. Colombia es un país con mucha tradición de lucha, aunque dé la impresión de que la población es pasiva. Se llegó a eso después de años de eliminar cualquier organización alternativa, con asesinatos de miles de sujetos que pueden encarnar la reivindicación de sus derechos, un objetivo básico de este tipo de capitalismo.

— ¿El narcotráfico no es el problema principal?

— La visión que hay sobre Colombia es que el problema de la ilegalidad tiene que ver solamente con el narcotráfico. Pero el narcotráfico es tan solo una arista del problema. Desde luego, el narcotráfico es un negocio capitalista. Por eso es que cuando se analiza el fenómeno hay mucha hipocresía. En el fondo no hay mucha diferencia entre vender cigarrillos, vino, café o cocaína. Desde el punto de vista comercial no hay ningún tipo de diferencia e incluso hay más muertos por el consumo de cigarrillos que de cocaína. Lo que dota a este negocio de violencia permanente es que sea una actividad ilegal. El narcotráfico no es violento por sí mismo, por el tipo de productos que comercia. Es violento porque es ilegal. Eso supone que los narcotraficantes, que son capitalistas, empresarios, recurren a ciertos mecanismos no reconocidos formalmente como legales.

— ¿Es un gran negocio que a nadie le conviene legalizar?

— Claro, pero habría que puntualizar quiénes son los beneficiarios. El primer beneficiado es Estados Unidos. Los estudios macroeconómicos que se han hecho sobre el tráfico de cocaína demuestran que el 96% de las ganancias se quedan ahí. Es decir que la guerra mundial contra las drogas que se libra en países como Colombia y México, solamente se dan por el control del 4%. Y si Estados Unidos no siguió la guerra contra la marihuana que inició en los ‘70 es por la sencilla razón de que tomó las semillas de mejor calidad en el mundo, las mezcló y las sembró en su territorio con excelentes resultados. Hoy es el primer productor del mundo y está casi legalizada. Con la coca no pudo hacer lo mismo. Parece ser que para que la cocaína sea de calidad es necesario sembrar en suelos de Los Andes, territorio boliviano, peruano y colombiano. Por eso se mantiene la guerra formalmente disfrazada contra la cocaína. Y el costo de esa guerra es muy sangriento.

Es algo que deberían pensar las clases dominantes de América Latina. Si van a seguir manteniendo una guerra que es muy costosa, sangrienta, que representa muchos recursos económicos, sanitarios y destina mucho a la represión o van a pensar en la legalización de la producción y el consumo de cocaína. Esa es una solución que tarde o temprano hay que afrontar y que no se resuelve con discusiones moralistas. No existe otra alternativa. El resto, como decimos en Colombia, son paños de agua tibia que no van al fondo del problema.

— ¿Por qué los carteles buscan instalarse en países como Argentina?

— El consumo de cocaína en Colombia se inició hace unos 35 años a pequeña escala. Pero sobre todo era y sigue siendo un país productor. Y raíz de eso se ha generado toda una política de persecución. Las vías convencionales han sido controladas con muchos mecanismos: radares, aviación, submarinos, una parafernalia tecnológica muy costosa que usa Estados Unidos y que incluso le ha servido como pretexto para militarizar países como Colombia. Como esas rutas están relativamente bloqueadas, los narcotraficantes buscan otras vías para eludir los controles. Así las desvían hacia el sur, como Brasil, Paraguay y Argentina, y luego las reenvían a Europa y Estados Unidos, que son los mercados a los que apuntan los productores. La parte que se consume en los países de tránsito es mínima.

— ¿Estados Unidos es el mayor consumidor y principal opositor a la legalización?

— Primero hay una hipocresía terrible con relación a Estados Unidos con sus guerras contra las drogas, que lleva más de 40 años. Fue declarada en 1971, antes que la guerra contra el terrorismo. Y durante estos 40 años basó sus políticas en restricción, prohibición y persecución de la producción y en menor medida al consumo doméstico de los norteamericanos. Eso ha dado el carácter de ganancias extraordinarias al negocio. Pero la guerra contra las drogas tiene finalidades sobre todo políticas porque se libra en un escenario muy importante que es América Latina, como México y Colombia. Y en la medida que se extienda esta criminalización de la producción y consumo, esa guerra se va a extender contra todos los países de la región. Es que con esta guerra se encubren otros intereses de naturaleza política como el dominio territorial, la militarización, inversiones de multinacionales, una cantidad de intereses distintos. A Estados Unidos le queda mejor decir que quieren enfrentar el narcoterrorismo, que reconocer que quieren enfrentar las rebeliones campesinas. Y bajo esa denominación se encubren las reivindicaciones sociales de los países, de las regiones y los movimientos sociales.

Comentarios