Espectáculos, Teatro

FESTIVAL DE RAFAELA 2017

La convivencia de la diversidad poética


En el contexto de una programación que recorta esta vez 33 espectáculos de más de 300 que se presentaron y que siempre busca arribar a nuevos destinos y horizontes manteniendo calidad y diversidad, la 13ª edición del Festival de Teatro de Rafaela (FTR17), sigue su curso hasta el domingo, con la mayoría de sus entradas agotadas.

De lo festivo de una carpa llena de niños disfrutando de las propuestas de circo-teatro y comiendo pochoclos, pasando por montajes de poéticas diversas que recorren salas y espacios no convencionales en algunos casos en las vecinales, a la oscuridad y la opresión que implica ver teatro en una cabina de dos metros por uno, con dos actores y sólo un espectador por función, en las dos primeras jornadas, se vieron materiales que van desde el biodrama de impronta científica a obras de Shakespeare revistadas desde lo popular y musical, pasando por la descomunal actuación del rosarino Luis Machín en El mar de noche o la elocuencia de Rauch, un espectáculo de un humor desbordante e inteligente para toda la familia, hasta el desembarco de la primera compañía internacional de la presente edición, con Beisbol, de David Gaitán, que llegó desde México, una producción de la prestigiosa Organización Teatral de la Universidad Veracruzana, para cerrar con Farra, un disparate bizarro acerca de dos hombres que no saben bailar, aunque lo intentan de todos modos.

Para un sólo actor

La conmoción que logran algunos actores cuando la tríada que integran  texto-dirección-actuación logra el diálogo y la pregnancia necesaria en el público, tuvo en la primera jornada, dos referencias fuertes del presente FTR. Por un lado, Christiane. Un bio-musical científico, escrita e interpretada por la talentosa Belén Pasqualini, con dirección de Dennis Smith, y por otro, El mar de noche, de Santiago Loza, con la actuación de Luis Machin y dirección de Guillermo Cacace.

La dupla Pasquialini-Smith logran conjugar en escena un material en el que a modo de biodrama se describe, de manos de su nieta (la actriz), la vida de Christiane Dosne Pasqualini, referencia a nivel internacional en la investigación de la leucemia. El espectáculo ofrece un recorrido por su vida con una serie de ingeniosos monólogos y al mismo tiempo, despliega el potencial y la complitud de la intérprete, que teje y legitima esa trama, que va desde la llegada al país de la científica francesa, criada en Canadá, en 1942, hasta su muerte, sentada al piano, cantando, bailando y actuando. El material, que pone en primer plano las virtudes de una actriz formidable, tiene la impronta desde la dirección de Dennis Smith, recordado también en Rafaela por sus unipersonales musicales Negra y Boyscout.

Por su parte, el actor rosarino Luis Machín, con El mar de noche, se corre de cierto lugar de comodidad de algunos de sus personajes anteriores (La familia argentina, Vigilia de noche), para trabajar desde la más absoluta quietud, parapetado en un sillón ubicado sobre una pequeña alfombra, la tristeza y la congoja que provocan el abandono, “el desamor diseccionado, la soledad escandalosa” que se revela entre los despojos de una pasado amoroso. Bello y doloroso en iguales dosis, el texto de Loza navega entre palabras hilvanadas de manera imposible, un universo que encuentra en el decir de Machín al interlocutor justo: un hombre que llora a otro hombre, más bello y más joven, que lo ha dejado solo y ahogado en el dolor. Singular mixtura de universos que remedan en cierto modo al mejor Manuel Puig (quizás parte de su propia existencia), el relato tiene también algunos condimentos que recuerdan a Muerte en Venecia, el film de Luchino Visconti basado en la novela de  Thomas Mann, del mismo modo que a la poética de Oscar Wilde. Y el montaje sirve para confirmar una vez más el talento y la entrega devastadores de un actor como Machín, que se arroja al desafío de trabajar el milímetro, lo más pequeño, lo casi imperceptible, en una apuesta donde la mirada de Cacace, uno de los directores del momento, pone al actor en un escalón más elevado.

Ego, azar y muerte 

Este miércoles, tuvo su gran desembarco en el FTR17, la compañía mexicana que ofreció Beisbol, con dramaturgia y dirección del joven David Gaitán (de pronto desembarco en Buenos Aires), donde trabajó con las propias historias de los actores de más edad de una de la compañías estatales de México de más trayectoria, la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana, con 70 años de recorrido y varios elencos conviviendo.

El espectáculo, integrado por un puñado de actores formidables, pone en tensión el valor de la juventud como una virtud en sí misma, negando esa afirmación frente al desparpajo con el que este equipo artístico se planta en escena, asumiendo que lo que se ve, “es tan verdadero porque es ficción, y es tan de ficción porque es verdadero”, reunidos en el escenario, “con el asfixiante deseo de hacer una buena obra de teatro”, e ironizando que eso no es actuar sino una “humillación”.

En esta aventura, dos ruletas, una que define lo artístico y otra que define los nombres de los actores-personajes, sirven para poner en tensión y diluir el efecto del paso del tiempo, con más de 300 posibilidades diferentes que tiene la obra por efecto del azar, un material que más que nunca transcurre en el “aquí y ahora” que supone el teatro. Ellos actúan, bailan, cantan, lloran, muestran sus virtudes y reniegan con sus egos: son artistas sin máscaras, en carne viva, que le ganan por goleada a las arbitrariedades de la vejez  y, sobre todo, a la oscuridad de la muerte que los mira de cerca.

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