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La ceniza helada del cielo

Por Luis Novaresio, especial para El Ciudadano.


Uno. No voy a escribir ni del 6 ni del 7D. Estoy hastiado de la pretendida épica de cualquiera de los dos bandos. No creo en la hegemonía de un disparatado conglomerado que pisa a fuerza de dinero ni en el discurso revolucionario de millonarios que no admiten otra palabra que no sea la propia. Mientras escribía mi columna sobre la ley de Medios me llegó una carta. Sí. Por correo. Semejante anacronismo sucumbió ante el recuerdo de una verdadera historia que ya conté pero que merece ser reiterada en estos tiempos de meras anécdotas.

Dos. El tobita. Que en la primera línea pongan al tobita. El sargento no tuvo dudas. Era aquél. El más bajo. No se entiende, pensó el sargento, cómo lo dejaron entrar al servicio militar con esa altura, morocho por parte de padre, madre y del sol. Es cierto que lo que se hereda no se roba. El sol del Chaco no viene con los genes. Pero después de casi dieciocho años es parte de uno. Parco. Bajo y parco. Apenas si podía decir sí señor. Que grite, le pidieron una vez. Que grite ¡sí, señor! Él apenas si pudo tragar saliva, bajar más la cabeza y mirar la tierra negra, la suya, y murmurar sí señor. Sus jefes, mucha bota lustrada y seguridad de ser derechos y humanos, se rieron. Ni para eso sirve. Que vaya a barrer.

El tobita quedó primero en la fila. Cuando pudo alzar su vista supo que ése era el pájaro más grande que había visto. Y estoy seguro de que pensó que era el más grande que vería en su vida. ¿Sabés que creo que él sentía que le quedaba poco? Te miro y creo que todo lo teñís con el recuerdo del infierno perdido. Porque si el único paraíso es el paraíso perdido, lo mismo se tiene que dar con los infiernos. Eso pienso yo. Pero no te lo digo. Le dieron un bulto de ropas o de algo que no pude ver y lo hicieron subir. Yo era uno de los últimos. No pude verle la cara. Juro que hubiera dado dos años de mi vida para verle la cara al tobita cuando subía al avión. Y te emocionás. Él dio su vida, me decís. Es un verdadero héroe. Los chaqueños fueron embarcados en un turbohélice de las Fuerzas Armadas para volar a Malvinas.

Tres. Aborigen significa “los que están desde el principio”; los tobas son los caminantes del gran Chaco y pertenecen al grupo lingüístico guaycurú. Toba quiere decir frente grande. La tradición dice que se pelaban la frente para pelear. Otra historia sostiene que proviene de la palabra “torba”, que eran unas cuevas donde se escondían las mujeres y los niños para resguardarse de los españoles. Su radicación primera es en el Chaco y Formosa, norte de Santa Fe y Salta, en Argentina; también en Paraguay. Han constituido barrios suburbanos viviendo en base a la pobreza y marginación y también han migrado muchos a las ciudades de Rosario y Buenos Aires.

Dentro de la marginación y la migración que sufren, la relación con la tierra es elemental para los que se han quedado en su lugar de origen. Se aprovechan de ella para utilizarla como único sustento cuando no están trabajando como peones en los algodonales, obrajes, aserraderos, hornos de ladrillos y carbón. Sus tierras son lo único que les queda, y carecen del título de propiedad que los limita en el momento de hacer valer sus derechos. Así lo cuenta el manual de etnias de la Universidad de Buenos Aires.

Cuatro. Cae ceniza. Un milagro. O dos, me contaste que pensaste. Porque, efectivamente, cae ceniza del cielo y porque el tobita gritó. No supimos de qué sorprendernos más. Bajamos del avión, después de horas y horas de viaje, pisamos el suelo de esta hermana perdida y caía ceniza. Y el tobita gritaba. El milagro, como siempre, dura poco y se despierta a la realidad. Como siempre. La ceniza era nieve, no sea idiota, me dijo el sargento. La nieve. Y abríguese que le va a dar pulmonía.

En el Chaco nosotros estábamos acostumbrados al sol de cincuenta grados y al frío de la lluvia que no para. Eso es cierto. Monte, sol, hacha, algodón, palo y lluvia. Pero esta ceniza helada que cae del cielo cuando nos bajamos del pájaro grande que chilla fuerte en sus turbinas no la conocíamos.

Y todo con este mismo uniforme. Y se toca el suyo. Daniel está vestido, como siempre, con la ropa de fajina de un soldado argentino que apenas abriga. Una capa impermeable más, a lo sumo, pero pasamos toda la guerra con esta misma ropa, estas mismas botas, y esa ceniza helada del cielo. El tobita nunca lo pudo entender.

Cinco. Más verdades del manual de historia. Puede considerarse a los tobas la tribu más belicosa e indómita del Chaco, pues en todas las épocas (hasta fines del siglo XIX) mantuvieron en jaque a los blancos. Sigo leyendo de los estudios indígenas. Las armas de los tobas eran sencillas: el arco, las flechas de puntas de madera o metal. Algo intenso e interno los guiaba en esa furia incontrolable contra el blanco, la defensa de su suelo, del lugar de sus ancestros. Creían que el español les quitaría todo derecho y toda propiedad. Y canta Mercedes. Indio toba, sombra errante de la selva. Pobre toba reducido, dueño antiguo de las flechas. Indio toba. Ya se han ido tus caciques, tus hermanos chirihuanos, abipones, mocovíes. Sombra de kokta y noueto. Viejos brujos de los montes. No abandonen a sus hijos, Gente buena, gente pobre. Indio toba.

Seis. A Puerto Argentino, de casualidad, fuimos dos veces, me contabas. Y siempre me tocó viajar con el tobita. A nosotros nos mandaron a las posiciones más expuestas. Yo los vi a los ingleses cuando desembarcaban. Cara a cara. Cuando fuimos a Puerto Argentino a buscar municiones, los vimos a todos ellos tan bien abrigados, fortificados, tan bien custodiados. El tobita no paraba de mirar. No bajaba la cabeza. Fue la única vez que sentí que iba a gritar. Que les iba a decir a todos que eran unos hijos de puta. Que con jefes como ellos no íbamos a ganar nunca la guerra. Que fueran hacia la montaña, te juro que sentí que les iba a gritar, que salieran de las casas tan inglesas y que se hicieran cargo con el cuerpo, como ellos, de defender a la patria. El tobita perdía la serenidad de su respiración. Pero no gritó. Nos fuimos.

De nuestro grupo apenas si quedábamos nueve. De más de setenta. Apenas nueve. Nos pusimos en la trinchera y el sargento dijo que el Papa estaba en Buenos Aires para decretar el cese el fuego. Que no nos iba dejar morir. El sargento lloró con llanto de macho y nos dijo: soldados. Nadie se muere. Nadie se arriesga. Nos mandaron a morir, pero no lo vamos a hacer. Nos cagamos de hambre, tomamos orina de vaca, pusimos todo. Ahora no nos vamos a morir. La sangre circula más rápido cuando la dignidad se hace presente. Ni siquiera sentíamos frío.

Y entonces el tobita gritó. Sargento. Yo ya no quiero vivir más. No quiero. Y su voz taladraba las piedras de las islas Malvinas, golpeaba el agua de mar maravillosa; Dios, me dijiste, qué paisaje sobrenatural si no fuera por la guerra. Y su voz fue más fuerte que la de todo humano que yo hubiera visto vivo. No quiero vivir más. El tobita se puso de pie. La trinchera ya no lo escondía. Una ráfaga inglesa lo mató. La ceniza del cielo helado le cubrió sus ojos aún abiertos.

Siete. Todo me lo contó el héroe de Malvinas Daniel Castillo. Eso es la épica. La carta que recibo es de la madre del toba que supo escuchar mi relato sobre su hijo y me recuerda que hoy mismo cumpliría años. Eso es la épica.

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