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La barbarie racista de Estados Unidos desde los códigos del horror

Con productores como J.J.Abraham y Jordan Peele detrás, “Lovecraft Country” aborda una historia de la Norteamérica de los 50 donde la supremacía blanca impone su designio a sangre y fuego, pero lo hace a partir de un terror pulp lindante con el insondable universo literario de H.P.Lovecraft


Especial para El Ciudadano

Durante agosto la cadena HBO estrenó una de sus apuestas fuertes de la temporada. Se trata de Lovecraft Country, adaptación de la novela homónima de Matt Ruff. Llevada adelante por la realizadora Misha Green, el proyecto cuenta además, entre sus productores, con J.J.Abraham (Lost, Wayward Pines, etc) y Jordan Peele, director de Huye y Nosotros.

La serie, claramente, sigue el camino de la obra de Peele, acercándose a los códigos del horror para abordar la barbarie racista de Estados Unidos.

Lo más original y destacable de Lovecraft Country es esa suerte de doble movimiento que realiza (o que intenta realizar, al menos) entre el homenaje y la crítica. Marcha y contramarcha selladas en un mismo gesto que, a la vez, rinde tributo y desarma a su objeto de culto.

La exaltación del abigarrado imaginario lovecraftiano, abordado aquí festivamente como celebración de sus innumerables hallazgos literarios temáticos y formales, gira desde el comienzo sobre sí misma para contemplarse en sus contradicciones irresolubles.

Tal imaginería, semejante universo salido de quicio y venerado legítimamente por toda una tradición literaria, no es finalmente otra cosa más que la invención excéntrica de un escritor profundamente racista. ¿Cómo releer, por lo tanto y desde allí, dichas elucubraciones? ¿Qué dimensiones adopta esa rica mitología a sabiendas de que su autor bregaba por la supremacía blanca?

Las amenazas y el horror de esos mundos exteriores lovecraftianos que irrumpen en “lo real”, aquí se diseminan y se imbrican en los terrores mundanos del racismo en la Norteamérica de la década del 50.

 

Ideología criminal del supremacismo blanco

No se trata, según lo visto hasta ahora, de abordar a la figura de H.P. Lovercraft para desnudar esas aristas de su vida y enjuiciarlo, sino de tomar elementos de su universo literario para reubicarlos y resignificarlos en el contexto del virulento racismo norteamericano que el mismo autor promovió.

Allí el doble movimiento, la marcha y contramarcha. Apropiación y resignificación celebratoria de los elementos constitutivos de la perturbadora lógica de Lovecraft, pero dispuestos ahora sobre la trama de una persecución racial narrada en tono de terror pulp.

La historia sigue a Atticus Freeman, que tras regresar de la guerra de Corea debe emprender un viaje junto a su tío y a una amiga de la infancia en busca de su padre desaparecido.

El primer episodio es una montaña rusa. Al salir de Chicago el trío afroamericano deberá enfrentarse, a sabiendas, con el racismo de la Norteamérica blanca, pero de inmediato esa amenaza palpable trocará en un despliegue inesperado de abominaciones, logias secretas y cultos demoníacos.

El terror de esos mundos “exteriores” que irrumpen y socaban la cordura de los personajes lovecraftianos, aquí revelan su íntima pertenencia a una lógica estrictamente mundana: la mitología de los antiguos se encuentra estrictamente ligada a la más concreta ideología criminal del supremacismo blanco.

Si Lovecraft Country acierta en la originalidad de la perspectiva asumida, si incluso este homenaje con visos críticos podría haber redimido en parte a su objeto dándole nuevos aires, donde realmente falla, al menos en los episodios emitidos hasta el momento, es en la forma de apropiación y relectura del universo formal de la literatura de Lovecraft.

La obra del admirado y discutido escritor norteamericano supone un hito dentro de la literatura fantástica. Sus relatos, muchos de ellos narrados en primera persona, trazan minuciosamente la progresiva e indeclinable desintegración mental de personajes fascinados por lo ominoso.

Algo irrumpe en lo reconocible de lo cotidiano y lo trastoca. Una suerte de puerta a otro mundo se entorna silenciosamente y deja adivinar algo que horroriza y fascina a la vez.

A partir de allí no hay salida, las abominaciones atisbadas en el nuevo horizonte del mundo no dejan de ser un imán para esos espíritus enardecidos por lo siniestro. Lo horroroso, en general en Lovecraft, se asocia a esa irrupción de lo extraño que asesta un golpe letal a las ideas preconcebidas del mundo. De una estocada, el mundo pasa a ser otra cosa totalmente distinta.

Otros tiempos, otros dioses, otras reglas, otros pasados. No se puede sino dejarse arrastrar por la fascinación de esos descubrimientos, sabiendo incluso que tal ansia de saber no se paga sino al precio de la cordura.

Sus personajes enloquecen, y en el proceso relatan profusamente lo visto y lo vivido, adjetivando en exceso, pero sólo para encontrarse, ya a un paso de la locura, con lo innombrable y lo indescriptible de un terror antiguo y extravagante.

Si en los relatos de Lovecraft el horror es señalado, lo es de modo excesivo y fragmentario, de modo tal que, en tal desmesura febril de las imágenes evocadas, ya no hay modo de otorgarle una forma estable a la presencia de lo espantoso.

De tan dicho, el horror permanece innombrable e indescriptible. Y allí, claro, hay una gran fuerza específicamente literaria que siempre ha supuesto un problema para el cine que intenta acercarse a este escritor desde la literalidad de las imágenes.

 

Criaturas espantosas y brutalidad racista

Si Lovecraft Country pretende entonces establecer ese doble movimiento de una suerte de tributo con visos críticos, donde falla es en el modo extremadamente simple y reduccionista mediante el cual se acerca al universo de Lovecraft.

Aquello señalado en relación a la literatura lovecraftiana aquí se reduce a la literalidad de unas criaturas espantosas y a unos rituales sobreexplicados. Alusiones débiles que, incluso, se van diluyendo con los capítulos.

Nada queda de aquellas caídas exasperadas en la locura, de aquella fascinación por otros mundos abominables, nada de la imposibilidad para la imaginación de dar cuentas plenamente de la experiencia del  horror.

Aquí lo extraño y lo monstruoso se presentan en su más llana literalidad y allí se agotan, para tender el foco crítico hacia la brutalidad racista norteamericana.

El imaginario lovecraftiano es convertido en una aventura pulp sangrienta y desquiciada que sí, divierte, y  por mementos, atrapa, pero sin atravesar aún, en los capítulos emitidos, la superficie de una idea original que no ha logrado salir de su capullo.

Y que incluso, episodio a episodio, se aleja cada vez de toda posibilidad de encontrar la forma adecuada a su propuesta.

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