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Jornada criolla en el predio de la ex Rural

Una multitud respondió a la convocatoria para disfrutar de un menú autóctono.

Una multitud de gente se acercó ayer al Predio Ferial del Parque Independencia  para disfrutar de una jornada auténticamente criolla en el marco de los festejos por el Día de la Bandera. El lugar se llenó durante todo el día de familias que recorrieron las instalaciones de la ex Rural en una encuentro puramente argentino donde se mezclaron recitales, bailes autóctonos, concurso de asadores, torneos de truco y bochas, demostraciones de destreza con caballos y las más variadas tentaciones gastronómicas con asado, choripanes, empanadas, picadas de salame y queso, tortas asadas, tortas fritas, pastelitos y demás delicias de la cocina nacional.

Una de las atracciones de la jornada fue el 4º Encuentro de Asadores a la Estaca, con la participación de 20 parejas que cocinaron durante cinco horas costillares de entre 15 y 17 kilos a la manera gaucha. Según contaron los organizadores, se usaron más de 4 mil kilos de leña para llevar adelante el concurso. El aroma de la carne dorada, el sol colándose entre los árboles y las copas de vino compartidas entre los participantes convirtieron al lugar donde específicamente se estaba desarrollando el certamen en un auténtico paraíso para los amantes del aire libre y la gastronomía criolla. Una fantasía onírica entre nubes de humo y risas sonoras.

Los participantes fueron convocados a las siete de la mañana. A oscuras  –y a merced de un frío intenso que atravesó la mañana y caló los huesos– prendieron pacientemente la leña para iniciar así el centenario ritual criollo acompañados por mates humeantes y algunos, “más corajudos”, dejando entrar a sus cuerpos el caliente espíritu de la ginebra, “capaz de hacer transpirar a un cristiano aún en el más crudo invierno”, según acotó uno de los paisanos que empezó desde temprano con estos menesteres.

El jurado encargado de probar cada costillar estuvo compuesto por el cocinero Marcelo Megna, el concejal Alfredo Curi y el “Zorrito” Zárate, un gaucho vestido íntegramente de negro que se sentó en la mesa más envidiada por todos en representación de los distintos centros tradicionalistas de la ciudad. Tras paladear la carne minuciosamente y acompañando cada bocado con un vaso de vino tinto, el tribunal eligió como ganadores del concurso a la pareja de la “Agrupación Gaucha La Esperanza”, compuesta por Guillermo Astegher y Oscar Britos, de Rosario. También participaron asadores provenientes de Pérez, Soldini, Cosquín y hasta una pareja correntina, invitada para la ocasión.

El jurado evaluó diversos ítems a la hora de elegir, entre ellos comportamiento, limpieza e higiene en la presentación, técnica empleada e idoneidad en el manejo de la misma, tiempo empleado, cocción de los alimentos, integración al conjunto de participantes y trabajo en general. “No es una tarea fácil porque hay que probar cada uno de los costillares”, remarcó Megna. La carne, una vez retirada, era vendida al público en general a un costo de 30 pesos la bandeja, algo así como una porción de unos 600 gramos.

Uno de los puestos, ubicado cerca de la entrada del Predio Ferial y al costado de uno de los añosos eucaliptos que tiene el lugar, ofrecía pastelitos a dos pesos, café a un peso, la bandeja de fiambre a diez pesos, el vaso de ginebra a cinco pesos y empanadas a tres pesos o “la promo” de cuatro por diez pesos. Cada uno de los stands de comida mantuvo durante toda la jornada colas que en algunos casos superaban los veinte metros y obligaban al público a armarse de paciencia para saciar su apetito.

El más solicitado fue el puesto de ventas ubicado dentro del galpón principal del predio donde las mesas ubicadas estuvieron siempre repletas y la música y los bailes autóctonos no se detuvieron un solo segundo durante todo el día.

Por su parte, los artesanos y los vendedores se encargaron de ofrecer un auténtico abanico de ropa gaucha. Las bombachas colgaban en los distintos puestos y se ofrecían a sólo quince pesos al lado de sombreros, ponchos, botas de cuero, boinas, camisas, rastras, cinturones y todo lo que da identidad al ropero del hombre de campo.

Por último, estuvieron presentes –y dándole color al evento– numerosas agrupaciones de pueblos originarios quienes marcharon por bulevar Oroño vestidas con sus ropas típicas, bailando y mostrando el orgullo de pertenecer a la misma etnia de los primeros habitantes de esta parte del mundo antes de la colonización española. Adelante de ese desfile, un conjunto de chamamé hizo punta “a sapucay pelado” tocando, uno tras otro, algunos de los éxitos que hicieron inmortal a Tránsito Cocomarola. Todo esto sobre un camión con un escenario móvil montado atrás del vehículo a la vieja usanza, como lo hacían las viejas orquestas en los pueblos para promocionarse en un pasado lejano y lleno de historias.

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