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Jauretche, el que avivaba zonzos

Mañana se cumplen 115 años del nacimiento de uno de los intelectuales más lúcidos y polémicos de la Argentina del siglo 20.


“El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”. La cita es de Arturo Jauretche, uno de los intelectuales más polémicos y críticos de la sociedad y la política argentinas, de cuyo nacimiento se cumplen mañana 115 años. Y, precisamente, desde hace 12 años, cada 13 de noviembre se conmemora en la Argentina el Día del Pensamiento Nacional en honor al nacimiento de Jauretche.

Su amor por la Patria hizo que a lo largo de los años fuera sucesivamente conservador, radical y peronista, lo que lo llevó a decir de sí mismo: “Subí al caballo por la derecha y bajé por la izquierda”.

Pensador, escritor, periodista, revolucionario, funcionario y dirigente político, la suma de su experiencia “callejera” y la altura de su mirada le permitieron adquirir la comprensión de las causas primeras que mantenían al país y a los argentinos en un estado de recurrente frustración.

Con el uso inteligente del más puro sentido común, su rigurosa disciplina investigativa y un gran poder de síntesis, sorprendió a sus lectores permitiéndoles descubrir lo que estaba frente a sus ojos, hasta entonces enturbiado o ignorado por la propaganda de los poderosos. Pero, por sobre todo, fue un polemista respetuoso, que discutía sin descalificar al adversario.

Entre sus herramientas se destacan una prosa combativa, un estilo campechano, un humor filoso y una ironía demoledora. El resultado son obras que aún sorprenden por su vigencia y sus contenidos reveladores. “Asesorarse con los técnicos del FMI es lo mismo que ir al almacén con el manual del comprador, escrito por el almacenero”, solía decir.

Forja, de Yrigoyen a Perón

Arturo Martín Jauretche nació en Lincoln, provincia de Buenos Aires, el miércoles 13 de noviembre de 1901. Nieto de vascos, fue el mayor entre diez hermanos. Hijo de un dirigente conservador, ingresó a la agrupación creada por el general Julio Argentino Roca, y a los 18 años ya era secretario del Partido Conservador de Lincoln.

Sin embargo, poco después se volcó al movimiento reformista universitario y en 1922 se afilió al radicalismo, donde militó en la línea de Hipólito Yrigoyen. “Mucho de mi yrigoyenismo se lo debo a Homero Manzi, que tenía 20 años por esos días. Él me dio una de las explicaciones más orgánicas y tal vez más poéticas del caudillo y de lo que significó”, contó Jauretche.

Por eso, luego del golpe de estado del 6 de septiembre de 1930 que derrocó a Yrigoyen, se integró a los grupos rebeldes que querían reimplantar un gobierno popular.

A fines de 1933 sufrió en carne propia la cruenta derrota del levantamiento de los coroneles Roberto Bosch y Gregorio Pomar contra el fraudulento gobierno del general Agustín Pedro Justo. Hundido en el arroyo San Joaquín, cerca de la localidad correntina de Paso de los Libres, con el máuser en alto y el agua al cuello, observó cómo las tropas de Justo cortaban las orejas de los caídos para ensartarlas en un aro. En los meses de cárcel que siguieron, escribió su primer libro: El Paso de los Libres, relato gauchesco de la última revolución radical, que se distingue por el privilegio de tener, en las ediciones de 1934 y 1960, a dos prologuistas antitéticos: Jorge Luis Borges y Jorge Abelardo Ramos.

Recuperada la libertad y sin romper su afiliación radical, el 29 de junio de 1935, en un sótano de la porteña calle Corrientes casi esquina Callao, fundó la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (Forja). El nombre de la agrupación, inspirado en un concepto de Yrigoyen, describe a la vez el panorama pavoroso de la década infame y la oportunidad que animaba a los jóvenes militantes del nacionalismo popular y democrático: “Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba”.

“Somos una Argentina colonial. Queremos ser una Argentina libre”, fue la consigna que enarboló el grupo de jóvenes radicales compuesto por Jauretche, Manzi, Raúl Dellepiane, Juan Luis Alvarado, Jorge del Río, Juan Molás Terán, Gabriel del Mazo, Oscar Correa y Manuel Ortiz Pereyra, junto a Raúl Scalabrini Ortiz, que no era radical. Con su sello, Forja publicó 13 cuadernos para el estudio crítico del vasallaje extranjero y de la dependencia económica argentina.

Hasta que, cerca de cumplir 44 años, Arturo se topó con el 17 de octubre del 45 y disolvió Forja para sumarse al movimiento liderado por Juan Domingo Perón. Al año siguiente fue designado presidente del Banco Provincia de Buenos Aires.

Patria sí, obsecuencia no

Fiel a sus principios, don Arturo Jauretche se animó a criticar al mismísimo Perón mucho antes que los combativos de los 70. “Los obsecuentes le van a hacer daño”, le dijo al General en 1950. Y también le señaló “lo contraproducente de una propaganda oficial machacona y personalista”. Pero las advertencias cayeron en saco roto y la relación entre ambos se distanció. Con todo, tras el golpe del 16 de septiembre de 1955, que derrocó a Perón, Jauretche no dudó en ponerse al frente de la Resistencia Peronista.

Arturo se exilió en Montevideo, fundó el semanario El ‘45 para defender “los 10 años de gobierno popular”. Por esos años, comenzó a destacarse como un polemista crítico del antiperonismo, al tiempo que la emprendía contra las modas y modos de lo que llamaba “la intelligentzia”. Así vieron la luz, entre otros libros, El Plan Prebisch: retorno al coloniaje, Los profetas del odio y la yapa, Ejército y política, Política nacional y revisionismo histórico, Prosa de hacha y tiza, Forja y la década infame, Filo, contrafilo y punta, El medio pelo en la sociedad argentina (apuntes para una sociología nacional) y Manual de zonceras argentinas.

Empecinado en esa unidad de “lo nacional”, una vez se le escapó una frase en contra de Perón y fue entre íntimos: “¿Qué se puede esperar de quien pone de ministro a su lacayo?” (el siniestro “Brujo” José López Rega). Era codirector de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba) y había presenciado el 1º de mayo de 1974, el día en el que Perón se despidió del balcón de la Casa Rosada y también de la vida detrás de un vidrio blindado.

Jauretche presentía la catástrofe que se avecinaba y dicen que hasta había perdido su buen humor. Cuentan que por esos días vio en un bar cómo un tipo insultaba y tiraba del pelo a un pibe porque le había manchado una media al lustrarle los zapatos. “¡Te voy a enseñar a respetar, hijo de una gran puta!”, gritó, y se le fue encima, pero erró el trompazo y se cayó sobre la mesa del café. “Se nota que estoy viejo, si ya no puedo pegarle a un malandra”, dijo amargamente. Días después, al regreso de Bahía Blanca, un infarto hizo que su cuerpo se desplomara en el baño de su departamento porteño. En otro de sus irónicos guiños, don Arturo eligió morir el sábado 25 de mayo de 1974, justo el día de la Patria.

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