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Crítica teatro

Ignacio Amione dirige a un sólido elenco en la comedia “Vai tomar no cu”

Ignacio Amione dirige a un sólido elenco integrado por Juan Manuel Raimondi, Gustavo Di Pinto, Flavio Esteban y Almendra Andenmatten, en la comedia “Vai tomar no cu”, de Enrique Gabenara.


“Enfierrados” y desafiantes pero con el mismo poder de los malvados de los dibujos animados. Una noche, un robo imposible, un exceso de complicidades y complejidades, una trama que apela al disparate, una burla a la tragedia en la que un grupo de personajes bien urdidos se mueven dentro de una trama que trasciende el papel y estalla en su potente teatralidad.

Apostando por reírse del fracaso y de la muerte, por momentos temas inasibles desde la comedia, pero buscando inquietar con otras tramas que atraviesan el material tanto desde su tono dramático y político como desde el dispositivo escénico y su irresistible universo sonoro, claramente un quinto personaje, Vai tomar no cu, una especie de insulto en portugués y el nombre del nuevo trabajo del histórico grupo teatral local Esse Est Percipi, con veinte años de trayectoria, es un verdadero hallazgo, sobre todo porque no se ata a ninguna premisa del teatro imperante, sino que apuesta por un lenguaje propio que, de hecho, juega con el absurdo y hasta con el clima de perdedores irremediables que han impregnado en el cine el universo de los personajes del español Alex de la Iglesia o ciertos exponentes del indie norteamericano.

Por momentos metateatral, por sus incesantes guiños a la ficción y a un afuera latente y presente en la platea a instancias de interrumpidos “momentos oníricos” que se juegan desde el mismísimo comienzo del espectáculo, un grupo de personajes, melomanos empedernidos y al mismo tiempo ladrones de pocas o malas ideas, fracasan en su intento por pergeñar un robo. Pero esa es apenas una excusa de la pieza escrita por Enrique Gabenara, seleccionada para formar parte de la Edición Dramaturgos del Litoral que publica Argentores, porque el director Ignacio Amione, como ya lo hizo con su recordada versión de Mil quinientos metros sobre el nivel de Jack, de Federico León, entiende que el teatro es juego y riesgo: la revisión de esas palabras en un contexto escénico-dramático en el que se mueven Pendino, Juan, El Portugués y Olavarría da como resultado otra cosa. Son personajes que desde lo morfológico proponen, también, un relato, renegando de cierto canon de belleza imperante y apostando a jugar con una “deformidad” que se construye, y con lo supuestamente “incorrecto” y muy por afuera del canon.

Definida por el equipo de trabajo como “una burla existencialista con música vinílica”, los ecos de otros mundos y otros tiempos aparecen en éste: la mueca burlona a la muerte instalada en los 70, aquí a manos de un mandamás de nombre X, el desparpajo con el que los servicios se infiltraban y sacaban rédito propio frente al terrorismo de Estado, y una inusitada forma de individualismo y derrota que rompía con lo colectivo y que hoy resuena en el presente, también aparecen revelados a intersticios en el material, entre el humor y la ironía, y con un giro en la idea del acoso, puesto en el cuerpo de una singular erotomaníaca.

Pero el teatro es de los actores. Y si Gustavo Di Pinto y Juan Manuel Raimondi aportan solidez y experiencia, son Flavio Esteban y Almendra Andenmatten dos grandes sorpresas de este montaje, porque en todo momento logran el sustento necesario como para posicionarse frente al probado talento de los dos primeros, dispuestos a jugar entre el riesgo y el disparate que propone el director, entre diálogos absurdos, escenas bizarras y hasta una serie de coreografías hilarantes, con muy buenos resultados merced a la asistencia coreográfica de Elisa Ferreyra, a lo que se suma el excelente trabajo con las voces de los actores que llevó adelante el director.

Un comentario aparte ameritan el elocuente diseño de vestuario del talentoso Ramiro Sorrequieta, que como es habitual, entiende y adapta a las necesidades del teatro la impronta de una época, en este caso los años 70, y la estupenda escenografía de Rodrigo Frías, un gran hallazgo estético, despojada y con unos pocos elementos de rasgos pop, imprescindibles en el devenir del relato, que habilita la utilización de esos bellos e ingeniosos objetos escénicos a favor de lo narrativo, dialogando, al mismo tiempo, con los personajes y el vestuario tanto en el color (rojos, naranjas, sepias) como en la forma, texturas y movimientos como si se tratara de un gran tocadiscos.

Así, entre Supertramp y Donna Summer, entre Electric Light Orchestra y los Bee Gees, y hasta la imbatible “Sweet Home Alabama”, en la voz del rey, Elvis Presley, el espectáculo trasciende los cánones tradicionales de la comedia y se mete de lleno a navegar en otras aguas, quizás más turbulentas. De hecho, no son sólo ellos y las canciones los que alimentan dramáticamente la propuesta. Hay en esos personajes un clima de hastío, un patetismo extremo, una necesidad de seguir a pesar de la frustración, de sostener lo que sea a pesar de la anomia. Hay en ellos, parafraseando a los Bee Gees, la imperiosa necesidad de seguir “manteniéndose vivos”.

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