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“Homecoming”, el mundo de la paranoia conspirativa

Basada en un podcast del mismo título, “Homecoming” narra las consecuencias de un experimento llevado a cabo por el Departamento de Defensa norteamericano para reinsertar en la vida civil a ex combatientes afectados por traumas de guerra


La serie Homecoming, producida y distribuida por la plataforma Amazon, es una adaptación de un podcast del mismo título. Un podcast es una pieza de audio alojada en la web para ser descargada o escuchada online, y que se pone a disposición del público con una frecuencia definida. En este caso, se trataba de una narración sonora hecha de supuestos archivos de audio correspondientes a entrevistas, sesiones de terapia, conversaciones telefónicas, etc, relacionados con el caso de un oscuro experimento llevado a cabo por una empresa privada, tercerizada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos para trabajar con ex combatientes en virtud de su reinserción en la vida civil. La serie, en manos de Sam Esmail, el creador de Mr. Robot, toma esa historia ya narrada en formato sonoro para ponerla en escena con el rol principal de una Julia Roberts que por primera vez acepta trabajar en el formato televisivo de las series. Discreta pero efectiva, previsible pero hipnótica, clásica pero desbordada, Homecoming confirma a Esmail como un realizador más que atendible dentro del panorama cinematográfico/televisivo actual.

Líneas paralelas

Homecoming narra, en dos líneas temporales expuestas de modo paralelo, el proceso y las consecuencias de una suerte de “experimento” llevado a cabo por una compañía química privada que es delegada por el Departamento de Defensa norteamericano para reinsertar en la vida civil a ex combatientes afectados por traumas de guerra.  El foco se establece en la relación entre Heidi Bergman (Julia Roberts) y Walter Cruz (Stephan James), la terapeuta a cargo del proyecto y uno de sus pacientes, con el cual va estableciendo un vínculo afectivo que pone en jaque su tarea hasta culminar en un acontecimiento enigmático que configura el corazón del misterio planteado como pivote del relato. Las dos líneas temporales transcurren, una en 2018, durante el proceso terapéutico para la reinserción de los soldados. Y la otra, cuatro años después, en 2022, en torno a una Heidi Bergman diferente, alejada de aquellos acontecimientos, ahora mesera en un alejado pueblo del interior estadounidense, y que ya nada recuerda de aquella experiencia; todo lo sucedido cuatro años antes es un blanco enorme en su memoria. En ese otro contexto del futuro cercano, Heidi comienza a verse acechada por un investigador instigado por dudas en lo referente a aquel experimento negado por el gobierno y por todos sus protagonistas. En cierta medida, la serie nos ubica en las condiciones de conocimiento de la Heidi Bergman de ese 2022. Al igual que ella, nada sabemos de lo sucedido, y lo que predomina es la sensación de una paranoia conspirativa en la que nada sería lo que parece ser.

Paranoia conspirativa

Allí se instala el centro de Homecoming, en la desmesura de esa sensación conspirativa en la que el sentido rehúye de forma permanente. Si el mundo se ha vuelto intolerable, o cuanto menos intratable, lo es en gran parte debido a la cancerígena disposición espectral de los poderes económicos que nos reducen a piezas minúsculas aunque útiles de un juego global inabarcable. La imposibilitada necesidad de otorgar sentido a lo incomprensible y de construir un relato domesticador en medio de este enorme juego del que se forma parte, recala entonces en la constitución narrativa casi alucinatoria de una lógica inaprensible identificada con las fijaciones de la paranoia conspirativa. Las series saben muy bien de esto, su estructura abierta lo permite. Y Sam Esmael ya lo ha hecho con solvencia en Mr. Robot. Así también, Homecoming adopta un modelo narrativo similar: la lógica del relato se desborda constantemente por estar anclada en la percepción paranoica de quienes intentan vanamente descubrir los hilos ocultos que mueven una realidad ya desintegrada en los juegos globales del poder. Y como toda teoría conspirativa, la conspiración de Homecoming, percibida de este modo, bajo ningún aspecto parece ser susceptible de ser desmantelada. Siempre hay más. Un resto. Siempre hay un afuera inaccesible. Siempre restan empresarios, tecnócratas o demonios que ocupan otros puestos, y detrás de ellos otros, y así hasta el infinito (como horizonte en fuga de la estructura infinita). Todo se trata, siempre, del intento obstinado e infructuoso de entender a toda costa los fundamentos de la existencia de la barbarie para poder, sino detenerla, al menos descansar en el conocimiento de sus principios y no sucumbir ante el terror más absoluto de lo incognoscible. Pero no es paranoia, es conspiración, se diría. Y Homecoming se despliega lentamente instalando la duda con respecto a cada acontecimiento. Todo, siempre, parece ser otra cosa distinta a lo que aparenta ser. La sospecha campea sobre cada gesto resignificándolo desde una paranoia agobiante. Pero sin embargo, el relato es en cierto modo mesurado, íntimo, la red conspirativa no se sugiere mediante el exceso de piezas y de situaciones en juego, sino mediante la puesta en duda de cada pequeño acontecimiento dramático.

Kubrick perseguido por Hitchcock

Sam Esmail en Homecoming, y tras la intensa experiencia de Mr. Robot, parece jugar de modo más seguro a ser una suerte de Stanley Kubrick perseguido por Alfred Hitchcock. La puesta en escena es meticulosa, llevando aquí al extremo las composiciones geométricas y la estricta simetría carcelaria. Movimientos de cámara virtuosos. Espacios saturados. Recorridos desde un punto de vista cenital que incluso develan el artificio escenográfico como si de un ojo sobrehumano y vigilante se tratase. Pantalla dividida. Pantallas con distintas proporciones según el tiempo. Incluso por momentos el estilo exacerbado desborda plenamente a las necesidades del relato y se producen pequeñas epifanías, destellos de configuraciones visuales abstractas que se desprenden de toda lógica y que asumen un valor perceptivo autónomo, más allá de toda justificación al interior de la intriga. Nada de eso es menor. No se trata de excesos, como podría entenderse, sino de un modo de administrar los recursos audiovisuales en función de un estilo algo manierista que habla, en cierta medida, de una decadencia de los modelos narrativos clásicos y de una búsqueda que los incorpora para desbordarlos. Mención aparte requieren los finales de cada episodio, en los cuales en lugar de apelar al clásico “gancho” que exhorta por el visionado del siguiente, Esmail decide suspender el relato por un tiempo, abandonando a veces a los personajes para quedarse en un situación ajena, como en punto muerto, u otras veces quedándose con ellos, pero arrojados en acciones que se extienden sin una funcionalidad precisa. El efecto es extraño y sugerente, y acorde con ese estilo desmesurado que compite con la intriga. Lo que sucede a veces es pequeño, pero el desborde visual y musical abre cada acontecimiento hacia la exterioridad siempre en fuga de la paranoia conspirativa.

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