Ciudad

En algo hay que creer

Hasta en las santerías se sienten los efectos de la crisis

Los espacios de venta de la ciudad ofrecen cada vez más elementos por fuera de los santos populares y el catolicismo. Los productos más solicitados en los locales son de San Cayetano, San Expedito y el Gauchito Gil


“La mayoría de los clientes no vienen a preguntar qué tienen que llevar ante tal situación, sino que ya saben lo que necesitan. Y por nuestra parte tenemos la política de no recomendar nada. Respetamos a todos y no nos metemos en cuestiones que no manejamos”, explica Cecilia, que desde hace dos años lleva adelante con su marido Lakshmi, una pequeña santería ubicada en Rioja al 700.En el local conviven santos clásicos del catolicismo, íconos que tienen que ver el budismo y con el hinduismo, y también el Gauchito Gil y San la Muerte, que de alguna manera pertenecen a un catolicismo informal y marginal. Los grandes relatos de la modernidad han sido suprimidos por pequeños relatos que se entrecruzan libremente —todos tan relativos como posibles—, y el pequeño comercio de la fe, desde hace décadas, viene tomando cuenta de esto.

Lo que más se vende actualmente son las velas que se les prenden a los arcángeles y a los santos, y los sahumerios. El procedimiento de los rituales es simple. Los arcángeles son siete y cada uno tiene un color, que equivale a un día de la semana, por eso se venden siete velas que, se si prenden en el día correspondiente, vibran y protegen. A los santos se les prenden “las novenas”, nueve velas que se utilizan para rezar durante nueve días. Muchos inician el rezo nueve días antes de la fecha del santo en cuestión, y muchos en cualquier momento del mes. Los santos más acudidos son San Cayetano, patrono del trabajo, y San Expedito, patrono de las causas justas y urgentes. También tiene bastante requerimiento el Gauchito Gil. “Supongo que la gente se vuelca a ellos por la situación económica y necesitan milagros urgentes. Pero también hay muchos que llevan velas para agradecer”, dice Cecilia.

Uno de los clientes habituales de la santería es un chico que cursa la secundaria y que hace unos meses se curó de un cáncer. “Durante el tratamiento le pidió mucho a San Expedito. Ahora viene todos los meses a buscar su Novena”, cuenta Cecilia y admite que las personas que vienen con fines “oscuros” prefiere no intimar.

El Buda de la abundancia, por su parte, también tiene buena salida, y lo mismo ocurre con el Ojo Turco, que protege contra el mal de ojo. “Soy católica, pero por ahí le pido a buda. Viste cómo es. Se necesitan cosas y se acude a quién se sabe que te puede ayudar”, explica a El Ciudadano.

 

Al sur

La santería San Antonio está ubicada en calle San Martín al 3300 y debe su nombre a la iglesia San Antonio de Padua, que se encuentra a tan solo algunos metros. Como era de esperarse, todo lo que vende está estrictamente relacionado al culto católico. Es un lugar iluminado de tamaño mediano, parecido a una librería escolar en su disposición. En la parte derecha de su vidriera se ve un cristo crucificado de más de un metro y medio de altura tallado en madera. También está la Sagrada Familia y la Virgen María. En la parte izquierda se suceden estatuillas de sacerdotes vestidos con sotana negra, y pequeños angelitos de porcelana rubios y de ojos celestes. Los clientes entran y salen con bastante frecuencia, pero hay algo que llama la atención más que todos los santos juntos: una niña que probablemente no supere los quince años. Ajena al mundo que la rodea, sola, para frente a la vidriera y no deja de mirar absorta a cada una de las figuras que la santería deja ver. Su boca apenas abierta, en consonancia con su mirada perdida, parecen evidenciarla presa de la fascinación. “La gente viene con mucha necesidad: de dinero, de amor y de trabajo”, explica Celeste, que atiende una santería ubicada en las profundidades de zona sur.

En sus estantes hay desde perfumes que pueden utilizarse con el fin de atraer a otras personas, hasta lociones para limpiar una casa de las malas energías. Las famosas velas de forma, presente en las santerías que no se restringen al catolicismo, están cerca de la vidriera. Se trata de velas con diferentes formas, cada una de ellas tiene un objetivo específico y un ritual particular que la pone en acción. La vela “corazón” se utiliza para llegar al corazón de la otra persona, y la vela “puño” para cuando se necesita fuerza. Pueden usarse para fines benéficos o maléficos. “Todos tenemos energía, así que con esto no necesitas recurrir a terceros para lograr el objetivo”, explica Celeste. En la santería trabajan mucho con San Benito y San Jorge, aunque también con la Pomba Gira, que es del culto umbanda. “Se dice que es protectora de las prostitutas, pero en realidad es protectora de la mujer. Tengo una cliente que viene una vez por semana y me compra diez velas para la Pomba, y le pide por amor”, señala la mujer. Un hombre lleva unas velas y pregunta si saben dónde salen colectivos para ir a Corrientes, a la peregrinación de San La Muerte. Se va y Celeste explica: “Se piensa que es un santo malo. En realidad, el malo es el que hace los trabajos. Si le pedís cosas buenas las va a hacer y si le pedís cosas malas también, pero lo malo siempre te vuelve. Lo que se dice del Santo es que le tenés que cumplir, sino te toca lo que más querés”.

La santería recibe gente que lleva velas para una virgencita y gente que lleva velones para las prácticas umbandas. “Vendemos lo básico. Tenés quien trabaja con las cartas y quien lleva velas de forma para sus propios trabajos o porque los manda algún brujo”, dice Celeste. Cuando se le pregunta si algún cliente le contó abiertamente haber obrado desde la maldad, ella no tiene problemas en decir que sí. Recuerda una persona quería que alguien pierda el bebé y pidió una mujer embarazada en velas de forma para eso. Esta historia, que llama la atención ya que despiertan el morbo y el prejuicio, contrasta constantemente con historias luminosas que, por supuesto, aparecen como moneda común de la cotidianidad. “Muchas mujeres que buscaban quedar embarazadas lo lograron. Me acuerdo porque después vinieron a mostrarme el bebé”, explica.

—-¿Vos creés en esto o solo trabajás acá?

—Yo creo. Por algo trabajo acá, pero la gente lo usa mucho de bastón.

— ¿La crisis les trajo más clientela que busca un milagro o una salvación?

—Antes se llevaban cuatro o cinco “novenas” de cada santo y ahora te llevan una o dos.

 

 

Al centro

Como su nombre lo indica, la santería Oriente ha hecho de las deidades orientales su fuerte. En el frente de su local, ubicado en San Juan al 1000, se ve principalmente a buda, recreado en una estatuillas de yeso de casi un metro y hasta en una miniatura que corona una mini fuente que, tranquilamente, puede colocarse en un living. En su interior, una joven mujer policía compra el famoso Sahumerio de los 7 Poderes, útil para cosechar dinero, amor y salud, y alejar las malas energías, según se le pida. “Hace dieciocho años que estoy acá. De a poco nos fuimos abrirnos de lo estrictamente exotérico y ampliamos la propuesta, fue una decisión más bien comercial, tratamos de abarcar todas las creencias”, cuenta Gastón, uno de los dueños. Al tiempo que atiende, explica: “Dentro de lo que incorporábamos está lo que a lo mejor puede tomarse como una moda. La gente tiene mucho budas y no es budista”. En este lugar salen mucho las velas y los sahumerios de los 7 Poderes, que además de utilizarse con fines mágicos concretos se utiliza mucho para aromatizar. Según Gastón, las principales problemáticas son amorosas y económicas, en ese orden. La pregunta, que aparece en cada santería visitada, es si la clientela logra finalmente el objetivo deseado. “Recibir gente que te dice que el sahumerio que le diste le hizo bien, o que gracias a las velas que encendió recuperó el amor, es más común de lo que se piensa”, dice.

A la hora de los rituales, desde Oriente recomiendan que cada persona se haga a sí misma el trabajo. “Nadie más que uno desea que a uno le vaya bien”, cuenta Gastón. Luego de la irrupción de un llamado telefónico de alguien que pedía una lámpara de sal que incluye sales del Himalaya, la charla continúa. “Cada tanto puede entrar alguien atemorizado porque en la puerta de la casa le dejaron un círculo de sal o alguien que quiera llevar polvo de alejamiento, por ejemplo, que puede ser usado para distanciar a una persona que te está haciendo mal o para separar desde el resentimiento a dos personas que están juntas”, dice y completa: “Pero siempre es mayor el bien que el mal, mucho mayor. Hay que desmitificar un poco. En este tipo de negocios, la gente busca sobre todo estar bien. Acá no hay ningún secreto. Hay miles de historias cotidianas que son simples y es de gente que quiere estar bien”.

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