Política

En "Estado" puro

Guillermo Moreno, el malo de la película

En Rosario, el ex secretario de Comercio Interior del kirchnerismo hizo gala de su provocación. Un peronista que no le habla a la clase media sino “a los presos, a los hombres y mujeres que trabajan en la calle”.


 

“¿Qué estrategias hay que tener para poner a la clase media de nuestro lado? No lo sé. En principio hacer todo lo contrario a lo que hago yo: evidentemente no soy el indicado para hacerlo”, dijo entre risas el ex secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno en su reciente paso por el Centro Cultural Atlas de Rosario, en la ronda de preguntas que respondió tras finalizar una charla que estuvo a su cargo y que se tituló “La influencia de la oligarquía en la cultura argentina”.

El interrogante planteado abría dos direcciones. Una que hacía hincapié en un histórico rechazo que genera el peronismo en los sectores medios. Otra que interpelaba directamente a su figura: nadie como él encarnó, en los últimos tiempos, ese monstruo tan temido.

La sala del viejo cine, hoy convertida en teatro y centro de convecciones, estaba llena el pasado lunes 28 cuando Moreno irrumpió en ella. Rápido le llovieron aplausos y ovaciones. Un público diverso, compuesto por gente grande y por chicos jóvenes, mayormente adherente a la figura de Cristina Kirchner y donde sobresalían los pañuelos verdes de la campaña por la legalización del aborto, lo miraba expectante.

Es que el Loco, como lo apodó la ex presidenta, así como despierta repulsión también genera simpatía y, por qué no, cariño. Los videos en los que se lo ve diciéndole literalmente a la cúpula del grupo Clarín “ustedes se quedaron con Papel Prensa en la sala de torturas de la última dictadura argentina”, o en los que aparece parado arriba de una mesa cantando desaforado la marcha peronista en algún acto, parecen haberlo convertido en una especie de leyenda, una figura que, más allá de su capacidad como economista y dirigente político, inspira mística y sentimentalismo a la militancia.

La conferencia tuvo como eje la importancia de la caracterización del actual gobierno como un gobierno oligarca. “Una correcta caracterización permite una correcta táctica electoral, y ya aprendimos que perder no sirve”, explicó, y arengó luego por una unidad el peronismo en su conjunto en alianza con los sectores progresistas y nacionalistas en un frente anti-Macri.

Durante el período de gobierno kirchnerista se le había prohibido hablar en los medios y se dedicó a las distintas misiones que Néstor  y Cristina le fueron asignando. En una de las primeras entrevistas que brindó –hoy suele aparecer en televisión varias veces por semana– se le inquirió si era cierto que iba a las reuniones con un revólver: “Como secretario de Estado jamás”, respondió. “¿A otras reuniones sí fue con un arma?”, lo interpelaron, y él finalizó el tema diciendo: “Y eso que te importa. ¿Qué sos, policía?”

“¿Cuál es su opinión respecto al aborto?”, fue otra de las preguntas que desde el público le hicieron llegar. Todos los presentes conocían su admiración por el Papa y su fervoroso catolicismo. Algunos de los suyos lo estaban poniendo a prueba con otra interpelación.

“La organización que conduzco, la Néstor Kirchner, está compuesta por mujeres en su mayoría. Ellas tienen el mandato en este tema. Ellas acompañan la legalización del aborto y vamos a hacer lo que digan las compañeras”, respondió ganándose todos los aplausos. Más de uno quedó sorprendido, contento pero sorprendido.

Acto seguido Moreno siguió: “Hoy escuché a la ex senadora Chiche Duhalde: dijo que su opinión cambió y que, si bien ahora no vota, si tuviera que hacerlo lo haría a favor de la legalización del aborto”. Otra vez hubo en la sala silencio pero esta vez fue un silencio confuso. En alguna que otra mesa se escuchó un insulto en voz baja. “¿Qué pasa, no aplauden ahora? —desafió—. Miren que Cristina todavía no dijo nada sobre el tema. ¿Y si ella vota en contra? Qué despelote. Qué despelote divertido que sería”.

Molestar, incomodar, provocar, son cosas que Moreno tiene siempre a mano a la hora de conversar. Y en esta oportunidad, entendiendo perfectamente a su auditorio, había puesto el dedo en la llaga nuevamente. “Para esto sirve ser viejo, para provocar, para hacer pensar”, explicó.

Muchas veces se dice que Moreno estuvo ligado a los sectores más conservadores del peronismo antes de trabajar para el kirchnerismo. En la charla contó –para seguir descolocando– que en los setenta fue parte de La Tendencia, el ala izquierda del peronismo. Un detalle menor pero significativo, en este sentido, es que en las elecciones primarias de candidatos a Diputados Nacionales por la ciudad de Buenos Aires de 2017, en las que compitió, fue acompañado por el Partido Piquetero, de procedencia marxista y que pertenece a la Cuarta Internacional.

En estos días, buscando el apoyo en 2018 de los sectores nacionalistas para enfrentar a Macri, acaba de lanzar la organización La Brigadier General nombre que alude a Juan Manuel de Rosas.

Cuando el encuentro ya finalizando la gente parecía contenta. Había seguido atentamente los puntos que Moreno desarrolló y que se extendieron por más de una hora, y en mayor o menor medida había asimilado y descifrado sus provocaciones.   “Yo lo adoro, pero sigo pensando que es un piantavotos. No es incorrecto políticamente, es salvaje directamente”, confesó un pibe joven que lo aplaudía de pie.

Moreno, sin embargo, dijo saber cuál es su misión: “Yo les hablo a los que están presos, a la gente que trabaja en la calle, a las mujeres que trabajan en la calle. No todos podemos, como sí podía Cristina, hablarle al conjunto de la sociedad”. Es que si bien de ingenuo no tiene nada, no deja de ser un peronista sentimental. No por nada, cuando entraba al Vaticano para encontrarse en una audiencia con el Papa, en 2014, se frenó ante un grupo de argentinos que lo esperaba para escracharlo y, de su sobretodo, sacó una bandera con el escudo del PJ y se las agitó en la cara.

Antes de bajarse del escenario, y para finalizar de una vez por todos con el juicio a sus formas, confesó: “¿Desde cuándo todas las caras del peronismo son lindas, rubias, bonitas? ¿Cuándo va a aparecer una cara negra y fea? Si el peronismo era eso”.  Llegado este punto, la simpatía que generaba en los suyos terminó de desbordar. Finalmente, casi en tono de picaresca malandra contó: “Siempre digo: cómo vamos a perder en Devoto, y me dicen que ese es un barrio pituco de Buenos Aires. Y yo les aclaro que hablo de la cárcel. ¿Desde cuándo los presos votan a las ortivas? Muchachos, si perdemos en la cárcel algo estamos haciendo mal”.

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