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Furia racista en un pueblo de Italia

Los ataques que están sufriendo les colocan en una difícil disyuntiva: quedarse y arriesgar su vida o marcharse y perderlo todo.

Ya casi no hay inmigrantes en la localidad italiana de Rosarno. Esta localidad del sur del Italia, de 15.000 habitantes, contaba hasta ayer con 2.500 inmigrantes de color, que están siendo trasladados a centros de acogida cercanos por las autoridades tras una serie de enfrentamientos con los vecinos que dejó al menos 67 heridos.

Esta ‘caza del inmigrante’ ha obligado a huir ya a 700 personas y otras 200 de disponen a ser evacuadas de la zona esta misma noche, según informa AFP. Seis de los heridos aún se encuentran hospitalizados por la gravedad de sus heridas, causadas por golpes con barras de hierro.

Una multitud de vecinos de este pueblo calabrés ha protagonizado un ataque contra los inmigrantes, a consecuencia del cual nueve personas negras resultaron heridas, dos de ellas por arma de fuego y dos por golpes con una barra de hierro. Los enfrentamientos siguen durante la jornada de hoy y esta misma mañana han disparado a otro inmigrante en las piernas. Algunos de los vecinos incluso han llegado a detener las ambulancias que trasladaban a los heridos para comprobar si llevaban inmigrantes.

Todo comenzó la madrugada del viernes 08/01, cuando varios grupos de inmigrantes protagonizaron revueltas en la localidad, donde quemaron automóviles y rompieron escaparates en protesta por el ataque de una banda de jóvenes contra trabajadores rurales africanos.

Los inmigrantes se reunieron delante del ayuntamiento para continuar con sus protestas, en una concentración que derivó en una manifestación por las calles de la localidad en la que se produjeron algunos enfrentamientos con los vecinos del pueblo, que organizaron por la tarde una protesta alternativa. Terminó con varios heridos y ocho detenidos, siete extranjeros y un italiano, quien intentó atropellar a varios de los inmigrantes que se manifestaban por las calles de la localidad con una excavadora.

El padre Carmelo Ascone, párroco de Rosarno desde hace 25 años, ha explicado que la gente del pueblo no es racista, “salvo algunos jóvenes cretinos e ignorantes”. “Es una guerra de pobres contra pobres, porque aquí no hay estado. Aquí manda la ‘Ndrangheta”, dice Ascone.

A 100 metros de la fábrica donde los inmigrantes esperan para iniciar la huida, un grupo de unos 60 vecinos vigila atentamente. “Les quitamos el hambre y ellos nos pagan destrozándonos el pueblo. ¡Qué se vayan a su casa de una vez estos negros!”, dice Gino Barreca, empleado municipal. Sus compañeros, todos oscuros de piel y ojos, están armados de palos de madera y hierro. Cerca, en mitad de la carretera que lleva a la fábrica, dos furgonetas de los carabineros impiden el paso a los vecinos. Un poco más allá está el infierno.

El otro infierno, el del centro del pueblo, fue desalojado en la noche del viernes tras una jornada violenta que dejó un balance de 40 heridos, tres de ellos graves. La belleza de los campos de Calabria se convirtió en apenas 48 horas en el escenario de una cacería. “La convivencia ahora no es posible”, dice el cura Don Memé, “Pero estos pobres desesperados volverán. Tienen hambre y no saben dónde ir”.

“Tenemos más miedo que hambre”, cuenta Petit Dennice, jefe de un grupo de trabajadores que llevaba dos semanas recogiendo mandarinas. “Rosarno es la mafia” añade. “Así que me voy a Nápoles”. Pero en Nápoles también hay mafia. “Sí, pero esa mafia es buena”, apunta. “No hemos venido aquí para peleas. Hemos venido a comer”, añade.

El pánico se ha apoderado de los trabajadores de color, que quieren salir de la localidad cuanto antes, aunque no quieren renunciar al salario que se les debe como trabajadores.

Mientras, medio centenar de vecinos armados con palos, bastones y bidones de gasolina están apostados en las cercanías de una antigua fábrica abandonada, y han manifestado su intención de no moverse del lugar hasta que no se hayan ido todos los inmigrantes.En esa fábrica se hacinaban los 2.500 inmigrantes, que estaban contratados para recolectar naranjas en Rosarno. Sus condiciones de vida eran muy precarias, sin luz ni agua corriente, y con tan solo seis retretes químicos.Durante la noche y la jornada de hoy las autoridades han trasladado a la mayoría de los inmigrantes en autobuses a centros de acogida cercanos, pero quedan en el edificio unas 300 personas que aún no han sido trasladadas.
Por su parte, el párroco de Rosarno explica que “el desencadenante de todo esto es la pobreza y la manera en la que viven los inmigrantes”.

No obstante, los tintes xenófobos surgen en mitad del patente nerviosismo de los vecinos. Gino Barreca, un trabajador municipal, espeta: “Nosotros no somos racistas, pero queremos que se vayan y que no vuelvan más”.

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