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Francia: estallidos y protestas en los barrios son los signos de una sociedad fracturada

Argentinos residentes en el país gobernado por Macron analizaron para "El Ciudadano" la reacción del gobierno y la brecha social que se agiganta con el aislamiento. Acusan al gobierno de defender los intereses de los banqueros y preanuncian una peligrosa apertura a la cuarentena  


Especial para El Ciudadano

El recorrido que viene haciendo El Ciudadano para entender el impacto del coronavirus en el mundo, continúa por Francia. A lo ya publicado aquí mismo, se suman testimonios para entender por qué la tierra de “La Marsellesa” sigue siendo de las más castigadas por la pandemia, pese a ser uno de los países más poderosos del globo.

La primera víctima fatal por el virus aquí, fue un turista chino de 80 años que falleció a mediados de febrero. El hecho pasó casi desapercibido como noticia y tampoco implicó decisiones políticas fuertes. Las fronteras siguieron abiertas, los niños en clase y la vida económica continuó. El ministro de Salud, Jeróme Salomon, recién daría un parte de prensa el 26 de febrero, cuando moría el primer francés, en París.

Para la misma fecha, en la localidad de Mulhouse, al este del país en la frontera con Alemania, se juntaban 2 mil fieles de varias regiones y se daba inicio a uno de los brotes más fuertes del Covid-19. Poco después, el pastor que organizó el mitín, Thiebault Geyer, pediría perdón, pero ya era tarde. De esa misa saldrían unos 800 contagios y Francia tomaría nota, entrado marzo, que en el mundo globalizado China no quedaba tan lejos y que el virus ya estaba circulando por su país. Seis semanas después, con casi 22 mil muertos y sus hospitales todavía saturados, el país discute la continuidad del confinamiento, la posibilidad de reabrir las escuelas e impedir la salida de los mayores de 65 años. Los suburbios de París, entre tanto, llevan cuatro noches con estallidos de violencia.

“Lo que pasa en los barrios no es sorpresa. Habría sorprendido que no estallen, hay mucha desigualdad”, dice Fernando González, profesor argentino que se enamoró de una francesa cuando llegó a París a comienzos de los 80 y vive desde entonces en Francia. Hoy es, además, un recuperado del virus. “Me contagié en febrero, igual que mi mujer francesa y mis dos hijos. Los cuatro lo pasamos con síntomas leves. Perdimos el sabor y el olfato, además de la fiebre. Nos dijeron que nos quedemos en casa y lo hicimos. Sólo debíamos ir al hospital si estábamos más graves. No nos hicieron el test, a diferencia de Alemania, que lo hace en forma masiva porque allá hay más presupuesto”, cuenta en diálogo con El Ciudadano.

Ester Stekelberg, periodista rosarina que lleva unos 20 años en Yerville, al oeste del país, cuenta a este diario, con un audio de Whatsapp que mandó este miércoles: “Anoche se incendió una escuela en Gennevilliers. Van varias jornadas complicadas. Un alcalde socialista de una localidad vecina a París planteó algo interesante, que es que hay una fractura social, de acceso entre otras cosas a la informática. No todos los pibes tienen una tablet o una notebook en su casa. Se le pidió a las grandes empresas y a firmas como Orange, que es una telefónica, que donaran aparatos para que en las zonas más vulnerables se pueda hacer la educación online, pero no accedieron. Eso es violento”, reflexiona Stekelberg.

González suma un dato: “Aquí algo que se intentó hacer cuando se dieron muchas casos en zonas con poca capacidad sanitaria, fue trasladar enfermos a otras partes del país, en trenes. Pero eso en Argentina no se podría hacer, por las dimensiones. Francia es poco más grande que la provincia de Buenos Aires. Nosotros estamos muy complicados en lo económico. Somos monotributistas los dos. Veremos cómo sigue todo. A la cuarentena tratamos de pasarla leyendo libros y ocupando el tiempo en cosas que nos hagan bien. Saber, dentro de todo, disfrutarnos así entre los cuatro en familia es un privilegio. Porque ahora que muchos preguntan cómo será volver a la «normalidad», yo me pregunto si el mundo se volverá a lanzar al consumo desaforado y el turismo en masa. ¿Queremos en serio esa vida normal? Creo que la educación es clave para aprender a estar bien con nosotros mismos”.

Sobre la velocidad de respuesta que tuvo Francia ante la crisis, hay muchos cuestionamientos. Andrea Marsili, música rosarina que está instalada hace 18 años en París y dirige allí la Orquesta de Tango “Flores Negras”, se pregunta, consultada por El Ciudadano: “Viendo lo que pasaba en Italia, ¿se podría haber actuado antes? Sí. Pero no podemos olvidar que los hospitales públicos ya estaban muy mal. Acá desde la gestión de Nicolas Sarkozy (2007-2012) en la Salud Pública hubo todo el tiempo paros y conflictos. Él había recortado en salud, educación y cultura. Después vino Hollande, que si bien era de signo socialista, dejó la puerta abierta con su mala gestión para que viniera Macron, que es un banquero, directamente. Trabajaba para la banca Rothschild. En el gobierno, les sacó impuestos a los ricos y profundizó los ajustes. Ahora, que seguimos con unos 500 muertos por día, quiere retornar a la actividad y abrir las escuelas a partir del 11 de mayo, con lo que podría haber una segunda ola de contagios. Los sindicatos, claro, están en contra. Y las familias en las que podamos hacerlo, si levantan el confinamiento, no vamos a mandar los chicos a la escuela. Sucede que Macron está muy presionado por los mercados, que son los sectores para los que gobierna”.

“Llevamos cinco semanas y medias de confinamiento -añade Marsili-. En casa lo respetamos a full, aunque no todos lo hacen. Por la ventana, alguna gente siempre se ve. Mucho menos que lo normal, pero algo hay. También es cierto que entre los que quedaron en la ciudad, viven de a muchos en un mismo departamento, por los altos precios que se paga de alquiler. Los de mejores ingresos, huyeron de París antes que se decrete el confinamiento”.

Aunque lo que pasa en París es lo más difundido por estas horas, Francia es líder en elaboración de alimentos y productos agrícolas. “Aquí viene el tiempo de las cosechas. Una parte se hace de manera industrial, pero otra es a mano. Y entre quienes trabajan en el campo, muchos vienen de África o Europa del Este, porque ganan en euros y con eso ayudan a vivir a sus familias en sus países el resto del año. En función de lo que está pasando, seguramente eso no se podrá hacer y se profundizarán las desigualdades y el hambre. Es otra cara más de la crisis”, señaló González.

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