Cine, Espectáculos

competencia internacional en Mar del Plata

Film sobre la resistencia laboral autogestiva se perfila como favorito


A fabrica de nada se estrenó este miércoles en 32° Festival Internacional de cine de Mar del Plata y cosechó buen recibimiento por parte del público. El film de Pedro Pinho que combina documental y ficción, coqueteando además con el género musical, es uno de los títulos de la competencia internacional que llega con mayor predicamento y chances de cosechar algún premio.

La proximidad narrativa y argumental de este trabajo con Argentina, de impronta cuestionadora y fuertemente política, de casi tres horas de duración, sigue el devenir de un grupo de trabajadores de una fábrica de ascensores cuando una noche descubren que la administración está robando maquinaria y materiales de producción para vaciar la empresa. Mientras los dueños planean el cierre, a los trabajadores se les obliga a no hacer nada. La unión, la organización colectiva y la resistencia, será la única alternativa para inventar un futuro, una salida a la crisis.

Basado en la obra homónima de la autora holandesa Judith Herzberg y escrito por el propio Pinho en colaboración con los guionistas Luísa Homem, Leonor Noivo, Tiago Hespanha y el dramaturgo Jorge Silva Melo, el film fue estrenada en la Quincena de los Realizadores del último Festival de Cannes y resultó ganador, la semana pasada, del máximo galardón que ofrece el Festival de cine de Sevilla.

Se trata de una película sobre la resistencia en grupo, la lucha obrera y la conciencia de clase que, desde sus búsquedas estéticas, propone saltar el cerco de la pura ficción para adentrarse en el barro de un sistema capitalista mundial que descarta, expulsa y aísla a las mayorías. La coherencia de este trabajo se expresa en la génesis misma de su producción porque quien la realiza es precisamente un colectivo de Portugal llamado Terratreme Filmes compuesto por cinco realizadores entre los que se cuenta el propio Pinho.

A fabrica de nada, rodada en 2014 en la ciudad portuguesa de Póvoa de Santa Iria, en un contexto de profunda crisis económica muestra la pérdida de trabajo y las fábricas cerradas, al Fondo Monetario Internacional interviniendo las cuentas, ajustando en lo económico y sangrando al pueblo. Coherente con lo que se propone, tanto estética como argumentalmente, en forma y en fondo, el director no sólo convocó a actores sino también a personas que conocían las fábricas o habían trabajado en ellas.

En su proyección de este miércoles en Mar del Plata, A fábrica de nada invitó al espectador a involucrarse. Y no pareció difícil primero por el recuerdo latente del 2001 y por lo que se vive hoy día en las grandes urbes como Mar del Plata, una de las tantas grandes ciudades afectadas por las altas tasas de desocupación.

“El cambio puede ser algo positivo”, le decía en un diálogo cínico la interventora de la empresa a quien se encontraba a minutos de quedar en la calle. Una frase que se percibía tristemente familiar y que algunos silbidos y aplausos intervinieron fugazmente la exhibición con un baño de indignación colectiva que sirvió, además, para repensar la realidad, la vida moderna en relación al trabajo pero también ir más allá para imaginar qué deparará el futuro en un sistema capitalista donde la palabra “felicidad” se volvió amorfa y la palabra “crisis” se volvió la principal forma de gobierno en todo el planeta.

La Argentina está presente mucho más allá de algunos gestos. Por ejemplo, la experiencia de Fasinpat (acrónimo de Fábrica Sin Patrones, antiguamente conocida como Zanon) se refleja a través de la participación en el film del documentalista italiano pero radicado en el país, Danièle Incalcaterra (El impenetrable, Fasinpat (Fábrica sin patrón), Tierra de Avellaneda) quien es el encargado de llevar un poco de luz a esos trabajadores, de mostrarle que hay otra forma posible de seguir vivos y tiene que ver con la autogestión.

A su vez que cuenta la historia colectiva de ese grupo de trabajadores, el film se sumerge en lo que le sucede a un joven trabajador que vive en el departamento que fuera de su padre y mantiene una relación con una mujer inmigrante que tiene un pequeño hijo. Su vida transcurre entre la fábrica y el pub a donde, junto a su improvisada banda, descargar sus pulsiones en clave de punk rock.

En un pasaje del film su padre lo invita a luchar contra “los gorilas” por medio de las armas. La escena tuvo una reacción inmediata en el público. “En Portugal gorila es alguien que tiene mucho poder y capacidad de lastimar al otro, son los monos que más poder tienen. Yo esperaba que el público se riera en esta escena. Existe la creencia todavía que algún día en Portugal desenterrarán las ametralladoras escondidas hace 40 años, de la época en que creíamos que todo iba a cambiar”, contó João Santos Lopes, uno de los tres actores profesionales que formaron parte del film, en el marco de una rueda de prensa en la que participó El Ciudadano. Y destacó: “El viejo cree todavía eso; el joven en cambio sólo quería que le preste dinero. En esa escena hay algo patético que es la confrontación de perspectivas entre el pasado y el futuro algo que se hace presente en toda la película. Por eso digo que este film es un híbrido que nos hace reír con situaciones que son patéticas”.

Sobre los motivos que llevaron al director a incluir las escenas surrealistas de un musical dentro de la historia, para João Santos Lopes lo que se buscaba era darle “un carácter íbrido a la película”, dijo. Y contó: “Introducir el musical tiene que ver con hacer una pérdida de sentido y romper con esa linealidad”.

La improvisación es otra marca distintiva de A fabrica da nada. “Es una película muy particular porque nunca tuvimos un guión”, contó Lopes para quien los actores profesionales pasaron a un segundo plano porque era “muy importante ver cómo la experiencia de vida se jugaba en la historia. El momento de decir no era algo consciente. Creo que fue una buena decisión del director para no perder la experiencia personal, familiar y laboral que se volcaba en esos personajes”.