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Botines y Botas

Euforia y drama: hace 40 años Rosario recibía a la Selección

En el Gigante de Arroyito se jugaron los tres partidos de la segunda fase que dejaron a la Argentina en la final.


Ilustración. Arte El Ciudadano / Ana Stutz

Dividido en dos. Como un milenario hexagrama chino, el Mundial de 1978 en el que Rosario tuvo un protagonismo especial se recuerda así. Arriba el cielo, la fiesta en celeste y blanco, la alegría colectiva; abajo la noche, las sombras de los que habían dejado de estar, la soledad de los perseguidos, la bronca de los sobrevivientes. Dos gobiernos democráticos y dos dictaduras habían movido fichas para que la Argentina albergara, por primera vez, un Campeonato Mundial de fútbol, pero fue la última, la más sangrienta, la que lo exprimió al máximo, desde el primer minuto. La misma ceremonia inaugural, un frío pero soleado jueves 1º de junio de 1978, con un soberbio despliegue de 2 mil gimnastas de escuelas, comenzó a las 13.20 en el estadio de River, la misma hora que un puñado de  mujeres, madres que buscaban a sus hijos, “circulaban” alrededor de la pirámide de la Plaza de Mayo, tal como les ordenaron agentes de Policía por la prohibición de reuniones públicas.

Pero los partidos del Mundial, de los que no se juegan dentro de la cancha, habían comenzado mucho antes. El gobierno de Arturo Illia había acompañado el impulso de la candidatura argentina para la Copa del Mundo.  Y la Fifa había confirmado la aceptación el 6 de julio de 1966, una semana y un día después de que el presidente radical fuera derrocado por un golpe de Estado. El general Juan Onganía se concentró en lo inmediato: la intervención a la AFA, y en lo próximo la siguiente Copa del Mundo. Cuatro interventores y tres técnicos después, la Selección perdió la chance de ir al Mundial de México 1970. Fue el único en la historia al que la Argentina no clasificó. Ese año ya se jugaba otro partido. Pero bien lejos. Investigaciones y testimonios dan cuenta de Juan Domingo Perón, derrocado en 1955 y exiliado entonces en España, recibía cartas y visitas ligadas a la política, pero también al fútbol. Incluso investigaciones y testimonios afirman que dos años después recibiría como obsequio una pelota, y una casaca: la de Rosario Central, acompañada por una foto autografiada de los jugadores que lograron el campeonato de 1971. El club de Arroyito, que veía ejecutando una obra de ampliación desde 1957, no sólo se postulaba a sí mismo sino a la ciudad de Rosario como subsede.

Y sería el peronismo de nuevo en el gobierno, en un país convulsionado pero que respira fúbol, el que daría las directrices al Mundial. Hasta se mencionó “el plan ferrourbanístico del gobierno del pueblo”, como una de las razones de accesibilidad del estadio de Central en el tramo final de la feroz competencia con Newell’s Old Boys para postular estadio en 1974. Ese mismo año, en el que finalmente falleció Perón, se confirmó subsede y estadio en un juego de presiones políticas. El logo mismo del Mundial 78, que la dictadura militar conservó, es atribuido al extinto general: su saludo a los trabajadores con los brazos levantados haciendo una curva sobre su cabeza, pasaron a ser dos banderas argentinas con la pelota en el medio.

En el mismo 1974 César Luis Menotti, el Flaco, que había debutado como jugador en Central y como técnico en Newell’s fue designado al mando del seleccionado nacional. “Fue el primero que empezó a mirar el interior. Probó, no sé, cientos y cientos de jugadores. Y armó un equipo de trabajo en serio como nunca se había hecho”, recuerda Daniel Killer, uno de los integrantes de la Selección, y uno de los pocos que, como el técnico, había vestido las dos mayores casacas de Rosario. Para él, que se recuerda a sí mismo como un defensor de abundantes recursos (“Me decían Cirujano”, recuerda con gracia) el Mundial tuvo trasfondo, pero se ganó legítimamente en la cancha. Tanto, que el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 los tomó en plena gira, en Europa y haciendo un papel descollante. Se fueron con un gobierno democrático, volvieron con una dictadura. “Pero nosotros estábamos concentrados en lo nuestro”, recuerda. Incluso salta a las prácticas en la Ciudad Deportiva de Granadero Baigorria, cuando la Selección ya había pasado la primera ronda, pero había perdido 1 a 0 con Italia, y le tocó venir a jugar tres partidos en Rosario: “No nos dejaban salir y ahí no entraba nadie. Ni las esposas. Estábamos todos concentrados detrás del objetivo”, rememora.

“Rosario vivía dos realidades: por un lado la festividad del Mundial, y por otro que el fútbol le puso un manto de ocultamiento a los crímenes de lesa humanidad. No se percibía, pero había: los controles existían, las requisas… Rosario estaba con miedo. Pero era todo enmascarado”, recuerda el periodista Helio Abaca, entonces corresponsal de Clarín. Y la historia le da razón: hacía sólo seis meses que había fracasado una de las operaciones clandestinas más arriesgadas de la dictadura: un viaje de represores, agentes de inteligencia del Ejército,  del centro clandestino de detención de la Quinta de Funes y montoneros secuestrados a México para asesinar a la cúpula de la guerrilla peronista. La operación fracasó al ser desbaratada por uno de los mismos prisioneros, que la reveló a la prensa internacional. Pero quedó claro, en un país que formaría parte del Mundial, que la operación clandestina había existido, y se había cometido dentro de su territorio.

La contracara sería el 2 de junio: paradójicamente el primer partido que se jugó en Rosario tuvo a México como protagonista. Se enfrentó a Túnez, y el 3 a 1 representó la primera victoria de un equipo africano en una copa del mundo en la historia. Hubo 17 mil espectadores en Arroyito, que confirmaban la fiebre del Mundial en la ciudad.

 

Salida al mar

“Santa Fe estaba gobernada por la Marina. Y en Rosario el lema que había impuesto el intendente, el capitán (Augusto) Cristiani, era «Ciudad limpia, ciudad sana, ciudad culta»”, recuerda Abaca.

El experimentado periodista convalida que la última dictadura desplegó una inversión cuantiosa en Rosario. Había cambiado la Comisión de Apoyo al Mundial delegada por Perón al Ministerio de Bienestar Social –bajo el comando del temido José López Rega– por un organismo autónomo sin límite ni rendición de gastos, el Ente Autárquico Mundial (EAM). Y un marino, el contralmirante Carlos Lacoste, era el nexo entre las dos reparticiones: había formado parte de la primera, y siendo número 2 era el hombre fuerte de la segunda. Más cuando, a sólo cuatro meses y medio del golpe, el general Omar Actis, titular del EAM 78, fue asesinado a balazos.

Lacoste hizo construir de cero el Centro de Prensa para el Mundial (hoy Centro Cultural Roberto Fontanarrosa), en la plaza Pinasco (desde hace unos años Montenegro). Ahí funcionó Radio 2, intervenida por el Ejército, oficinas de Aerolíneas Argentinas, intervenida por la Aeronáutica. Era el lugar clave para periodistas extranjeros, que contaban con todas los adelantos que facilitaban su tarea. No por casualidad desde el EAM 78 se organizó la denuncia y réplica –que trascendería el mismo Mundial– a la “campaña antiargentina”, en la que se impulsaba a personas comunes a enviar cartas y postales hacia Europa para describir “la verdad”.

Abaca rememora no sólo el Centro de Prensa, desde donde se enviaban las telefotos sino donde por primera vez se vio en Rosario la televisión en colores: la transmisión de la inauguración del Mundial 78 pasaba por allí. La otra chance para quienes tenían televisor en blanco y negro –que eran y seguirían siendo todos los que tenían televisor– era acudir a ver la ceremonia y los partidos, a los cines de una peatonal Córdoba vestida a nuevo y con relojes que funcionaban a energía solar, cuyos cubos restaurados están aún presentes, cuatro décadas después.

La autopista Rosario-San Nicolás de la ruta a Buenos Aires y el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (hoy Centro de Justicia Penal) también coincidieron con la muestra organizada para la prensa extranjera de obras monumentales, aunque para el acceso sur debieran haber empujado a cientos de familias pobres lejos del trazado y la vista, la mayoría de las cuales terminaron configurando barrio Las Flores, del otro lado de la Circunvalación. La arremetida militar sólo había chocado con la inútil pero altiva resistencia de la directiva del Club de Regatas Rosario, que cerró la puerta a las autoridades militares cuando supieron que la playa y la costanera del selecto club iban a ser avenida para autos.

Por entonces ya había quedado muy lejos aquel circuito ferrourbanístico invocado por sus vecinos en el río y en calle Cordiviola: a fines de 1977 la dictadura había levantado todos los servicios ferroviarios con cabecera en la estación Rosario Central y los ramales regionales, imponiendo el transporte automotor, y la circulación en rutas que ubican hoy a la Argentina como el país con más siniestros viales por cantidad de habitantes del planeta.

 

Fútbol, Fútbol, Fútbol

Desde el 1° de junio de 1978 los testimonios coinciden: Rosario, como el país, se tenía de celeste y blanco. En la superficie, mientras en las catacumbas las operaciones no cesaban. Y en el exterior, argentinos exiliados y expulsados no coincidían entre sí ni con activistas europeos. En Francia, país que había sido ocupado en la Segunda Guerra Mundial, se asimiló automáticamente a la dictadura militar con el nazismo, y al Mundial con los Juegos Olímpicos de Alemania en 1936. También así lo vieron fuerzas políticas y sindicales de países nórdicos. Y la conclusión fue clara: “Boycott”.

Para muchas organizaciones, en cambio, era la denuncia el camino y había que ir a la Argentina. Tras el episodio de México, la guerrilla peronista de Montoneros, fuertemente blindada en el exilio y diezmada en el país sintetizó: “Argentina campeón, Videla al paredón”.  Las canchas no se hicieron eco.

Según la información oficial, al segundo encuentro del Mundial que se jugó en Rosario, el martes 6 de junio, habían asistido 9.624 personas. Y para el de México y Polonia llegaron a 22.651, el 10 de junio de 1978.

Cuando se supo que la Argentina jugaría en Rosario los tres partidos de la decisiva segunda fase la ciudad se colmó de expectativas: la marea humana nunca bajaría de los 37 mil espectadores. “Las entradas se vendían en el Banco Provincial y había colas y colas”, recuerda Abaca. Y también que esa “algarabía” estaba permitida, “discretamente controlada”, desde cerca.

“Yo vi dos de los tres partidos que jugó acá. El 2 a 0 con Polonia y el 0 a 0 con Brasil. La cancha estaba repleta. Para el partido con Brasil era a las siete de la tarde, yo fui con mi viejo y con mi tío y a las tres, tres y cuarto, cuando llegamos, ya era imposible casi entrar. Un delirio”, recuerda Nelso Raschia, que entonces era estudiante de periodismo y hoy es perodista distinguido de la ciudad por el Concejo Municipal.

Tuvo una inmejorable práctica entonces: con periodistas de medio mundo desfilando por los hoteles rosarinos, pudo hablar con muchos enviados: “En el Riviera, por ejemplo, estaban los de Televisa, de México”.

Raschia reduerda que en ese momento la dictadura, para muchos, parecía no existir. “Después empezó a hablarse, en julio, después de las vacaciones, aquella famosa versión de que debajo de la cancha de Central había cadáveres enterrados…”.

Argentina ganó a Polonia su primer partido de la segunda fase el 14 de junio. Fue la consagración del Matador: en los pies de Mario Kempes, que había vestido la camiseta de Central, estuvieron los dos goles y en una de sus manos la atajada monumental que evitó el empate de Polonia cuando estaba 1 a 0 abajo. Dicen que se cumplió por triplicado la cábala: peleado con la red en la primera fase, Menotti lo había perseguido para que se afeitara el bigote, que ya no volvería a lucir. Y la pena máxima del fútbol, por entonces, no contemplaba la expulsión: Kempes siguió en cancha y Ubaldo Fillol terminó de consagrarse atajando el penal.

El festejo recorrió las calles de la ciudad. “Yo me vine caminando desde Arroyito hasta Moreno y San Juan, donde vivía. Paré en el bar del cruce Alberdi, que todavía sigue estando, a tomar algo porque estaba muerto de sed. Y en ningún momento vi militares. Había policías, pero como en cualquier partido”, recuerda Raschia.

Cuatro días después, la Selección no podía doblegar a Brasil. Ni viceversa, en un partido trabado en el que no cabía un alfiler en la cancha. Todo pasaba al 21 de junio, en el tercer y último partido en Rosario. Aquel miércoles se había programado en Mendoza el cruce de Brasil y Polonia a las 16.45. Dos horas y media después arrancaba Argentina-Perú y se sabía que, para llegar a la final, tenía que ganar por cuatro goles de diferencia. Desde entonces nunca dejó de hablarse de las sospechas de aquel 6 a 0, y de la sugestiva visita del dictador Jorge Rafael Videla a los vestuarios de los dos rivales. Killer no tiene “ninguna duda” de que se trató de un mérito futbolístico y de la fuerza de la localía. Media ciudad salió a la calle a celebrar. Lejos del centro, en los barrios, la espontánea cita era en los bordes de las avenidas. Los menos salieron en auto rumbo al Monumento: “No se podía entrar, era una marea”, rememora Raschia.

 

A la final

Futbolísticamente, periodistas deportivos coinciden en que la Argentina fue superior a Holanda en el  3-1 aquel 25 de junio de 1978 que le dio a la Selección su primera copa, el Mundial argentino, el de las sombras para unos, el de la vergüenza para otros, el indudable para los fanáticos del fútbol y para los que lo vieron con ojos infantiles, que hoy orillan o sobrepasan por poco los 50, a los que la edad los había dejado a salvo de la tragedia nacional.

El Mundial dio oxígeno a la dictadura según concluyen muchos investigadores, periodistas, analistas. Pero también abrió las fronteras del país, a expresiones de solidaridad. Por miles se repartieron fixtures en Europa en distintos idiomas que eran un calco de los oficiales, sólo que tenían un pliegue más y se pedía a quienes viajaban a la Argentina que los “olvidaran” en una mesa de bar, en un banco de plaza, en cualquier iglesia. En ellos se denunciaba las atrocidades cometidas y que seguía cometiendo un gobierno elegido por nadie, y se actualizaba la macabra contabilidad en 15 mil desaparecidos, 10 mil presos políticos y 4 mil muertos, que el escritor y periodista Rodolfo Walsh había trazado un año y diez meses antes, hasta el momento de su propio asesinato, en su Carta Abierta a la Junta Militar.

No fueron pocos los periodistas, e incluso jugadores, entre ellos algunos de la selección de Suecia, que fueron a ver y se comunicaron con las Madres de Plaza de Mayo.

No fue la única puerta crítica. Amparada acaso por la prensa internacional presente, en aquel junio de fútbol aparecía el primer número de la revista Humor que tenía en su tapa una caricatura de copiosa melena y largas orejas: era Menotti de Hoz, personificando al mismo tiempo al técnico que sería recordado por salir campeón y el superministro de Economía de entonces, José Alfredo Martínez de Hoz, que también sería recordado, pero por otras cosas y en forma menos amable en la clase trabajadora.

A los trabajadores ya desde el vamos la dictadura les había arrebatado derechos: en abril de 1976, a sólo un mes del golpe de Estado, se impuso la modificación fundante de la ley de Contrato de Trabajo– (20744). Con sólo siete artículos, el decreto-ley 21297 echaba a pique 25 de los 301 artículos de la norma anterior, de 1974, que consagraban la mayor parte del andamiaje de protección y defensa. Y, en simultáneo, con otras dos normas se había suprimido el derecho de huelga y la autonomía de las entidades sindicales. Pero el golpe propagandístico que representó el Mundial había distado de ser suficiente: la celebración también gestó una movilización masiva que difícilmente pudiera desactivarse a capricho. Antes de que terminara el año del Mundial un duro comunicado de dirigentes de una CGT intervenida y fraccionada en dos reclamaba la inmediata libertad para todos los presos políticos y gremiales, y embestía contra las sucesivas caídas del poder adquisitivo del salario anteponiendo un modelo de independencia económica diferente al de garantizar la radicación de trasnacionales en la Argentina para producir para el mercado mundial a bajo costo. Y diez meses y dos días después de alzar la copa, el 27 de abril de 1979,  la dictadura enfrentaba su primer paro nacional. Lo había impulsado la Comisión  de los 25, que después sería la CGT Brasil, y había comenzado a tallar fuerte un obrero cervecero que había cumplido los 40 el año del golpe: Saúl Ubaldini.

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