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Eudoro Díaz, símbolo de cultura y educación en Rosario

Por: Ernesto del Gesso

Un pasaje en zona sur, a la altura de San Martín al 3100, rinde homaneja a Díaz.
Un pasaje en zona sur, a la altura de San Martín al 3100, rinde homaneja a Díaz.

Eudoro Díaz fue uno de los grandes hombres de Rosario que llegó muy joven a la ciudad atraído por la pujanza que reinaba en ella, informándose sobre el tema a través de la lectura de diarios, actitud que podría considerarse excepcional para un joven de la época y claro indicativo del horizonte que pretendía. Esperaba encontrar aquí las posibilidades de aprendizaje para poder realizarse como hombre de bien y hacer el bien. No se equivocó del lugar elegido y fue fiel a su ilusión. Actuó en beneficio de la educación, que es hacerlo para los niños, jóvenes y para la sociedad, no sólo de la ciudad, sino del país, y porque no de la humanidad, porque “conocer es amar e ignorar es odiar”. Este lema –válido en cualquier lugar del mundo– que los rosarinos tenemos grabados en las puertas del antiguo acceso a la sala de lectura de la Biblioteca Argentina, fue el tema de la disertación del jurisconsulto, filósofo, educador y político riojano, en ese entonces rector de la Universidad de la Plata, doctor Joaquín V. González, en oportunidad de la inauguración oficial de la biblioteca el 24 de julio de 1912.

La trayectoria de Eudoro Díaz se cumple en Rosario, pero fue rosarino por adopción. Su espíritu visionario y emprendedor le permitió descubrir desde muy joven el futuro de Rosario y las oportunidades que brindaba. Nació en Tucumán el 19 de agosto de 1858, hijo de don Bartolomé Díaz y Catalina Helguera. En su ciudad natal asistió a la escuela primaria desde los seis años hasta 1870 e ingresa a primer año del Colegio Nacional, pero la situación económica de la familia no le permitirá continuar sus estudios y deberá trabajar. Lo hará en un almacén de un tío en Córdoba, pero al estar ubicado en la zona rural no pudo seguir sus estudios como era su proyecto. Estuvo dos años en el lugar y, más maduro pero con apenas dieciséis años, vino a instalarse en Rosario cuando corría el año 1874. Aquí fue dependiente también de un almacén que algunos autores señalan que fue El Ancla, en la esquina de Aduana (hoy Maipú) y San Juan. Comenzó a estudiar en el Colegio Nacional y pronto fue celador. Allí recibió un gran espaldarazo que le dará el presidente Nicolás Avellaneda en su visita a Rosario y al Colegio en noviembre de 1876. Ese día el orador designado no apareció y alguien, que conocía al joven, dijo: que hable Díaz. Tras brillante discurso Avellaneda lo abrazó y adelantó al director, Enrique Corona Martínez, la concesión de una beca para rendir los últimos tres años en un examen que el joven Díaz luego aprobó con sobresaliente. Comenzó su carrera docente compartida con profusa actividad periodística que inició cuando un profesor descubre sus dotes y lo lleva a trabajar a un diario. Desde ese momento pasará a ser una de sus múltiples actividades por largo tiempo y en diferentes diarios de la época, tales como “El Independiente”; “El Mensajero”; “El Municipio” y en Santa Fe fundó “El Autonomista”, título del periódico que lo identificaba con su posición política en la línea de Roca, por la que apoyó la elección de Juárez Celman. Pero el unicato, término aplicado a la política personalista ejercida por este presidente durante su gobierno, y la crisis económica, llevan a la revolución de 1890 que indirectamente afectará a Díaz.

Su vida en el Colegio Nacional continuó como docente, vicedirector y director en 1889, cargo del que después de tres años fue separado desde Santa Fe, en 1891. El colegio reflejaba la crisis general del país y la mala situación del mismo fue motivo para ocultar al político en la separación del director. Pero el pueblo de Rosario lo desagravió y le costeó una escuela particular, clara manifestación del respeto y reconocimiento que la ciudad tenía de él. En el mismo año de su cesantía había creado la Revista Escolar, Pedagógica y Literaria y fundó la Biblioteca Pedagógica, inaugurada el 11 de septiembre de 1891 en homenaje a Sarmiento. En el acto de fundación expuso un inolvidable discurso en el que hacía referencia y tomaba como modelo a la fundación de la Biblioteca de Filadelfia por parte de Benjamín Franklin en base a donación de libros. Esta entidad, luego de varias ubicaciones, hoy lleva su nombre y se mantiene vigente en el edificio de Alem y Gaboto, sede del Ministerio de Educación de la provincia, conocido tradicionalmente por Biblioteca Vigil.

Su actividad fue incesante en pro de la cultura y la enseñanza. Se desempeñó como inspector de escuelas provinciales durante varios años en la Segunda Sección Escolar. Gestionó la creación de un Centro Científico Jurídico, a la vez que creaba una escuela para niños paupérrimos. Fue autor de un libro de texto de Historia y Geografía de América y traductor de “Pedagogía Histórica”, de Russelot. Por otra parte, aquella oración en el colegio ante Avellaneda fue el punto de partida de un gran orador. Fueron brillantes sus discursos en oportunidad de la inauguración del monumento a Garibaldi donado por la colectividad italiana a la ciudad; en el banquete al ministro de Roca Eduardo Wilde y en la despedida a España de Carlos Casado de Alisal.

Su última actividad política la llevó a cabo en el Concejo Deliberante desempeñando positiva gestión en diferentes períodos e incluso como presidente. En oportunidad de la creación del actual Banco Municipal, apoyó la iniciativa del intendente Floduardo Grandoli fundamentando la función del mismo en 1895 como Montepío (conocido popularmente como el banco de empeño), beneficiario de las clases pobres que eran explotadas por usureros. Al año siguiente había sido electo senador provincial, pero no pudo asumir, falleció el 29 de octubre de 1896.

Si evaluamos lo actuado y la temprana edad de su muerte, a los 38 años, tendremos una idea cabal del espíritu progresista de este hombre que tanto hizo por Rosario.

La ciudad lo ha homenajeado dando su nombre a un pasaje del barrio Remedios Escalada de San Martín, antes llamado Calzada, por ser este caballero donante del terreno que ocupa el Hospital Español. El pasaje se caracteriza por ser discontinuo. Nace en avenida San Martín a la altura del 3100, entre Gaboto y Garay, y se proyecta hacia el oeste hasta Sarmiento donde el Hospital Español interrumpe su trayecto. Reaparece en Mitre hasta Entre Ríos, donde vuelve a sufrir nueva interrupción en zona de tierras fiscales de los ex Ferrocarriles, concluyendo en el tramo de Corrientes a Paraguay.

En la calle 5 del cementerio El Salvador, en lote donado por la Municipalidad, una comisión de amigos costeó el busto de bronce de impecable factura, del escultor Luis Fontana, que se yergue sobre un pedestal en un sencillo y sobrio panteón, cercado por una baranda de bronce. Allí se rindieron homenajes en el aniversario de su sepelio. También en 1941, en oportunidad del cincuentenario de la creación de la Biblioteca Pedagógica, acto en que se le dio su nombre. Otros homenajes fueron en 1958, en el centenario del natalicio, y en 1991, en el centenario de la biblioteca.

  (*) Historiador

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