Ciudad

De lo virtual a lo judicial

Escraches en redes sociales: el efecto bola de nieve

La doctora en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Buenos Aires Margarita Martínez analizó el fenómeno. “Es más válido en la medida en que la persona pueda sostenerlo hasta una instancia judicial”, dijo


El pasado lunes una ex fanática de la banda rosarina Cielo Razzo creó un blog para contar una situación de acoso y violencia que sufrió de parte de los integrantes del grupo. El sitio apareció en internet una semana después de las acusaciones a los miembros de Onda Vaga y al poco tiempo sumó nuevos testimonios de otras chicas que habían pasado por situaciones similares o simplemente daban su apoyo a las que se habían atrevido a contarlo. Dos días después, la productora del Festival Bandera, donde iba a tocar Cielo Razzo, anunció que bajaba la presentación del grupo. El escrache en internet y a través de las redes sociales es un fenómeno reciente, pero cada vez más empleado como método de denuncia por fuera de la Justicia. ¿Cuáles son los límites y las potencialidades del escrache público? ¿Cómo se propaga en las redes? ¿Sirve para generar conciencia o sólo tiene fines punitivistas? La docente e investigadora de la UBA, especialista en nuevas tecnologías y subjetividades contemporáneas, Margarita Martínez, dialogó con El Ciudadano y opinó sobre los escraches.

—¿Cómo funcionan los escraches en redes sociales?

—Cuando comenzaron los análisis del discurso televisivo las disciplinas de la comunicación decían que la televisión hacía juicios condenatorios antes que la Justicia. Algo de lo que sucede en las redes es heredero de ese debate con un plus: si uno desconfía del aparato mediático tiende a no desconfiar del testimonio personal. En Argentina comenzaron con la denuncia contra los represores militares. Al asociarse a una causa justa la sociedad no discutió cuál era el rol de los escraches como dispositivo colectivo de castigo, que busca hacer lo que en teoría la Justicia no hace. Es decir, señalar, como si el fin justificase los medios: si la causa es buena, el escrache es bueno.

—¿Qué tipo de respuesta generan?

—En las redes hay una especie de obligación a responder, opinar y posicionarse de inmediato para no quedar como un blando. La bola de nieve se arma rápido porque las personas se lanzan a opinar sin saber qué pasó. Uno de los riesgos mayores es la desaparición de una distancia temporal que permita una posición crítica. Hay situaciones graves donde hay que actuar de inmediato, pero es la Justicia la encargada. En las redes los que asumen la actuación son colectivos heterogéneos que forman circuitos de nucleamiento novedosos. Resulta paradójico que estas tecnologías prometen que nos protegen de la violencia pero a su modo la ejercen y la perpetúan. En muchos debates en redes las personas se agreden de modo violento. Es una especie de impunidad del decir que arma un caldo de cultivo explosivo en términos sociales.

—¿Cuál es el peligro de difundir una situación que aún no llegó a la Justicia?

—En toda la modernidad hubo panfletos anónimos denunciando gente pero como las redes sociales tienen más alcance y permeabilidad el riesgo es que la persona señalada termine con una condena social aun si pudiera ser exonerada por la Justicia. Al cruzarlo con las cuestiones de género permitieron destapar ollas y generó un efecto muy fuerte y contagioso. Está bien que eso suceda, pero es muy difícil encontrar el equilibrio.

—¿El escrache en redes sociales sirve como método de denuncia?

—No acuerdo con el escrache como metodología, pero es más válido en la medida en que la persona pueda sostenerlo hasta una instancia judicial o administrativa. Un adulto es responsable de lo que dice y si tiene algo que denunciar debe iniciar una investigación real. A veces se dan retracciones, muchas veces por miedo a denunciar en la Justicia. Hay que tener conciencia de lo que significa el escrache público. La palabra de las redes lleva a una inmediatez y a no pensar sobre las consecuencias.

—¿Es más eficaz si es anónimo o si menciona a los implicados?

—Los escraches funcionaron cuando la persona denunciaba con un perfil reconocible y el denunciado estaba señalado con nombre y apellido. Algo de lo anónimo en la denuncia no parece ser eficaz. Algo de la experiencia personal parece valorarse como criterio de verdad. Hay una sobrevaloración del testimonio.

—Muchas veces las víctimas eligen las redes para no repetir lo que les pasó en la Justicia ¿Hasta qué punto el escrache no las expone de una peor forma?

—Si una persona hace una denuncia formal, el aparato judicial o administrativo tiene la obligación de mantener su anonimato. El escrache supone que la persona está dispuesta a develar su identidad. Es una posición subjetiva muy distinta. En las denuncias por violencia de género muchas veces la víctima no quiere decir su nombre pero sí quiere revelar el hecho. Y el resto de la comunidad presiona para que esa identidad se devele. Muchas veces quedan más expuestas.

—¿Cuándo una situación merece el escrache?

—En general son hechos de violencia, de avasallamiento, y que suponen la posibilidad de una reiteración. Si alguien en un espacio cerrado me robó la billetera, quizás no amerita un escrache en redes. Pero si esa persona me vino a acosar es otra cosa. Si es una conducta reiterada donde hay abuso de poder y está enquistado en la estructura de poder es más proclive al escrache. El muro de una red social puede sumar nuevos testimonios. Facilita a las jóvenes que quizás les da un poco de temor el paso judicial y prefieran hacerlo colectivamente para que encuentren voces hermanadas para hacer una acción.

—¿Qué relación tiene el escrache en redes con las jóvenes y la nueva oleada feminista?

—Se da mucho entre los jóvenes, pero lo peligroso de asociarlo a la ola de feminismo es que alguien dijera que hay una actitud pasada de rosca. El escrache funcionó socialmente como condenatorio en sus primeras experiencias y terminó operando como una marca. Empezó a usarse para otras dinámicas, y en relación a los acosos y abusos las redes, ofrecen un canal más veloz para nuclearse que puede ser importante para las menores de 18 años que sienten algún tipo de temor de acercarse a la Justicia. No es algo feminista porque es fenómeno que lo excede y puede ocurrir en otros espacios. Permite visibilizar situaciones que daban pudor. Antes una víctima de acoso, abuso o violencia sentía vergüenza más que la necesidad de señalar al culpable. Hoy se está invirtiendo y cayendo esos tabúes. Me parece positivo que salga a la luz y que nadie tenga miedo de denunciar.

—¿Modifica una conducta o sólo funciona como sanción?

—Sirve para modificar estructuras. Ciertos cosas que no eran una acción agraviante pero que podían estar en el límite de un chiste fuera de lugar están más moderadas. Hay un cuidado mayor sobre qué y cómo se dice, no por temor al escrache sino porque hay una respuesta más inmediata. Falta para que cambien las ideas de base, pero hay una conciencia mayor de que no se puede decir cualquier cosa en cualquier lugar.

—¿Cómo analizas las consecuencias del fenómeno en el rock? ¿Tiene que ver con prácticas de un ambiente que dejaron de naturalizarse?

—El caso de Gustavo Cordera y el impacto inmediato que tuvo con las cancelaciones de recitales es un ejemplo de algo que quizás siga ocurriendo. Prácticas que luego son señaladas como de abuso eran habituales en el ambiente. Hay espacio para que los reclamos tengan cauce legal, pero la condena social es más eficaz y veloz porque determina que le puedan levantar un show a una banda aunque no haya una condena efectiva. La potencia del escrache crece en bandas de rock porque hay un conocimiento social que algunas de esas prácticas pasaban en esos ambientes. Hay un conocimiento acerca del poder del líder sobre sus fans que hace que la reacción social sea más inmediata para suspender un show y no quedar pegados en las acusaciones.

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