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Encontrar a Juan: Un desafío para la intervención judicial

Muchos Juanes, despeluchados, sucios, sonrientes, cabizbajos, prepotentes, gordos, petisos, flacuchos, morenos, rubios de ojos saltones o hundidos de dormir en cualquier lado, de trasnochar, de tomar, de fumar, de enredarse en peleas ajenas, de hacerse el grande para que no lo maltraten tanto


Arte El Ciudadano

Silvana Martino Licenciada en Trabajo Social

Cintia llega temprano a su trabajo, por más que se proponga tomarse más tiempo llega a la puerta del tribunal 25 minutos antes del horario permitido de ingreso. Al atravesar la puerta de ese monumental edificio, Cintia se dispone a comenzar una vez más el mismo ritual, aunque sabe, reconoce y espera que cada día esas repeticiones se interrumpan con las miles de historias singulares que aguardan calladas y guardadas en los expedientes que llegaran a su equipo.

Al abrir la puerta la puerta de su oficina, Cintia sabe dónde mirar, donde encontrarlas, amontonadas, apiladas sin orden alguno. Esas pilas de expedientes son los que ya pasaron por una mesa de entrada (inventada, recreada) del Equipo Único de Trabajo Social. Allí no se tiene la formalidad de otras oficinas o “juzgados”, pero es Claudia quien recibe estos montoncitos de historias resumidas en papel, los cargas en un Excel, armado artesanalmente y luego los distribuye a cada equipo según la dirección donde se debe realizar la medida ordenada por su S.S.

Allí están, gordos, flacos, hojeados, con caratulas de cartón, o de plástico, pero ella elige pasar de largo, primero enciende la computadora, pone la pava (eléctrica), carga los termos y los mates, disfrutando de ese rato de silencio (aunque a lo lejos se escuchan las voces de quienes van ingresado al tribunal, y la voz de la máquina que registra y confirma sus entradas).

Ahora sí, busca la pila de expedientes, lee sus caratulas, intenta encontrarles un orden, por domicilios, por tema, por prioridad. Pero estos, por los cuales Cintia siente una curiosidad inquietante no entran en ninguna de estas clasificaciones, son los más gordos, desordenados, sin tiempos de urgencias, sin dirección precisa y casi sin nombres. Estos que Cintia separa y se los reserva por que le urge su lectura, son los relatos de intervenciones que esconden historias judicializadas de niñes que por alguna razón el estado decidió irrumpir, desarmar o revisar. En el poder Judicial a estos recontos de intervenciones se les llama “control de legalidad”.

Estas situaciones no comienzan en el poder judicial, sino que empiezan en el ámbito del poder ejecutivo, en alguna instancia, equipo o institución que evalúa que la situación que atraviesan algunes niñes debe ser “intervenida” de manera excepcional por el Estado. Ese proceso es contado, documentado y demostrado en un expediente judicial. Pareciera que ese afán por demostrar, sobre todo, cierta legalidad, es que se pierde el orden, la secuencia, la razón de dicha documentación. Repeticiones de fotocopias de entrevistas, de denuncias policiales, de DNI, dibujos de niñes, prohibiciones de acercamiento, certificados escolares y de salud, sin una cronología, un hilo que permita comprender quienes son, y que le sucede y sucedió a ese grupo familiar y a esos niñes.

Sin embargo, entre esas fotocopias y esos documentos tan formales, están esos pedacitos de relatos, deshilachados, deshilvanados, que aguardan silenciosos, calladitos que otros tomen una decisión sobre su destino. Se necesita un trabajo de excavación, de arqueología, que permita ir dándole sentido a cada retazo o pieza hallada en ese berenjenal de decisiones y palabras de otros, que pueda ir desempolvando aquello que no le pertenece al relato de les niñes, distinguiendo cual es la pieza que en realidad se esconde detrás de tanta sedimentación, de tantas capas de intervención. Es necesario que a su vez, ese pedacito de palabra no se la saque de su contexto, no se la extraiga y enajene de esa historia que le da identidad, hay que preservar esos vínculos.

Si bien Cintia siente una curiosidad inquieta por estos expedientes también le duelen, la entristecen.

Entre esos tomos, expedientes gordos, está Juan. El la espera, calladito, con una paciencia infinita, escondido, para contar una vez más su historia.

Juan es el niño que parado junto a su mamá, descalzo, en el umbral de su casa en el barrio Las Flores, en la última calle del último barrio de Rosario. Aquel que hace un tiempo, al verlo, Cintia le preguntó cómo estás. Y luego de un silencio interminable y doloroso, Juan no contesto, sólo miro fijo. O Juan, el que vive con su abuela en el asentamiento “La Cariñosa”, abuela que no es su abuela, pero es como si lo fuera, porque es de algunos de sus hermanitos. Ese que vive en una casilla de madera, con agregados de chapa y que los mismos vecinos esconden frente a la posibilidad de que se entere su mamá y los venga a buscar.
Este Juan solo cuenta con un puñado de hermanos, un plan que cobra su abuela por todos, ni siquiera la asignación por hijos, y un par de zapatillas que le regalaron en la escuela.

Juan, el más chiquitos de un montón de hermanitos, el que vive en el hogar, y que no entiende por qué no ve más a su mamá, ni porque solo ve a una de sus hermanitas, la que está en otro hogar, pero en otro pueblo, tan lejos que no llegaría nunca si quisiera ir solito.

Juan, ese flaquito, el que aparenta menos edad que la que tiene, el que se electrocutó con un cable en las vías del ferrocarril, porque se le ocurrió jugar descalzo mientras llovía, mientras escapaba de las palizas de su tío que llego borracho a su casa. Ese Juan es el que espera en el Hospital de Niños a que alguien lo vaya a buscar,

Juan, el que contó una y mil veces lo que pasaba en su casa mientras su mama dormía, un poco inventada, un poco exagerada, de acuerdo a las ganas de contar eso y otras cosas más que prefería callarlas porque le dolía cada vez que las recordaba.

Muchos Juanes, despeluchados, sucios, sonrientes, cabizbajos, prepotentes, gordos, petisos, flacuchos, morenos, rubios de ojos saltones o hundidos de dormir en cualquier lado, de trasnochar, de tomar, de fumar, de enredarse en peleas ajenas, de hacerse el grande para que no lo maltraten tanto.

Esos Juanes, el Juan, con el que Cintia hoy se propone tener una cita o salir a buscarlo entre esas hojas que forman la historia judicial de su vida.

El expediente en el poder judicial es lo que la historia clínica es para un hospital, o el legajo para la Dirección de niñez. El expediente judicial es la sumatoria de textos de diferentes actores de la misma institución como de otras, algunas pruebas u otra documentación que respalda lo dicho, decisiones tomadas, fotos de alguien. Es el compendio de intervenciones (u omisiones) estatales principalmente sobre una familia o un sujeto particular.

Algunos llevan la tapa de plástico blando distinguiéndose de aquellos que entraron hace tiempo y que llevan tapas de cartón amarilla, ajado de tantas manos y ojos que a diario los tocan, los agarran, lo manosean. Todo ellos llevan una misma caratula, una misma tapa. Los de cartón la tienen pegada o despegada con el uso y los de plástico las llevan dentro, detrás de un plástico transparente, preservándolo de algún modo de las marcas, anotaciones, mugre y rotura. Esta tapa, igual en todas, lleva dibujada en el centro, arriba de todo, grande, el estandarte o insignia del poder judicial. Pareciera ser un gran escudo sostenido o contenido por una balanza que cuelga de ambos lados. Las balanzas están equilibradas, pero vacías, como si es más bien la mano de un alguien superior que las sostiene y las regula, sin que se tenga en cuenta lo que contiene. Sin embargo muchas veces y diariamente, éstas están llenas de situaciones injustas, de riesgo, de pobreza, de omisión, de pocas palabras y mucha teoría, y otras veces está llena solo una de ellas, con plata, poder, intereses, pujas que nadie entiende o solo ellos saben. Como así tampoco el escudo que encerrado por las balanzas no dice nada, o dice mucho para algunos o protege a algunos. Estos que servían en épocas remotas para no solo defenderse sino demostrar la pertenencia a una familia o grupo y de alguna manera diferenciaba, distinguía, pero donde no todos entraban o quedaban bajo el amparo de ese escudo. Entre estos podían estar los rivales, poderosos o más débiles pero con ansias de desplegar batalla para conseguir eso tan codiciado, pero muchos otros los que no poseían escudos, no contaban más que con sus cuerpos para defenderse.

Ambos iconos, la balanza y el escudo están en el centro, gobernando desde allá arriba la caratula y la historia que allí dentro se contará.

A Juan ese escudo no lo protege. Juan no tiene más escudo que la casilla de chapa de su abuela, el par de zapatillas y el abrazo de vez en cuando de alguien, pero que no le alcanza para protegerlo de las golpizas o de los gritos a media noche que lo hacen despertar sobresaltado siempre con miedo que cosas horribles sucedan. Pero si tiene mucho para poner en esa balanza, miedos, soledades, ganas, piedritas, lágrimas y algunos caramelos.

En esa misma caratula hay muy poco de Juan, quizás solo el nombre y su apellido que ya ni recuerda, porque muchas veces soñó con tener distintos apellidos, el del novio de la madre, o el del abuelo, o el de la maestra.

Debajo de su nombre y apellido, en el centro y grande, está escrito su diagnóstico o su condena, medida excepcional, control de legalidad, protección de persona, reintegro de menor, aunque no sabe bien de que se tratan todas esas palabras lo único que entiende es que lo sacaron del calvario donde vivía y lo llevaron a quizás otro calvario menos pesado.

Hay otros nombres en la caratula, que no por menos importantes se encuentran debajo, estos son de aquellos que tienen la autoridad para decidir, y la obligación de cuidar, de pensar, de convocar para que de los miles de modos que imponen la situación de vulnerabilidad intente revertirse.

A Cintia, todos estos datos, nombres, diagnósticos, jueces, secretarias, juzgados, sirven como antesala para ya anticiparse al cómo, quienes, lo modos, más autoritarios o más desinteresados, dibujan los contornos de lo posible o de lo imposible.

A pesar de conocer de antemano todo esto, quiere encontrar en cada expediente algo distinto, sorprenderse, como el encontrar a Juan.

Pero pasan las hojas, una tras otra, se suceden casi por inercia: la primera amarilla con pocos datos singulares, fotocopias desordenadas cronológicamente de distintas intervenciones de la Dirección de Niñez, denuncias policiales, distintos informes de profesionales de instituciones locales que alguna vez hablaron o conocieron a Juan, a su familia, a su barrio, a su escuela, otra vez denuncias, las mismas solo que repetidas sin ningún sentido, partidas de nacimiento,  entrevistas sueltas con algunas transcripciones de los dichos de la madre de Juan, de Juan o de otros familiares que fueron pasando como posibles salvadores o refugios de la situación que éste atravesaba, pero la voz de Juan se escucha despacito, es solo un susurro entre tantas palabras de otros, o escritas por otros; intimidaciones a la Dirección de Niñez para que diga algo sobre Juan, más intimaciones a la Dirección, mas y más, pero solo se escucha un largo silencio, ya nadie habla, ya no hay nada nuevo que contar porque ya ni susurra Juan en el expediente. Juan está en otra parte.

Cintia cierra ese expediente cansada de tantas intervenciones, de tantos pedidos y reclamos de uno y de tantos silencios y dilataciones de todos.

Solo le queda una pregunta, incomoda: ¿Dónde encontrar a Juan?

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