Espectáculos

En el lugar inasible de la espera

Con “El destino de los huesos”, la actriz rosarina Andrea Fiorino, de vasta trayectoria, redimensiona su conocido talento para el humor, poniéndole el cuerpo a un personaje complejo y dramático surgido de la pluma de la escritora Virginia Ducler.


EL DESTINO DE LOS HUESOS

Dramaturgia: Virginia Ducler,
Andrea Fiorino
Coordinación general: Federico García
Actúa: Andrea Fiorino
Sala: La Manzana, San Juan 1950,
sábados a las 21.30

Los huesos se convierten en polvo, en nada. La traza de su destino es siempre la misma: previsible y, finalmente, impalpable. Una mujer perdida reposa y se distancia en el tiempo mientras escucha las campanadas de la iglesia que indican el ocaso del día. Y ella está allí: hay signos vitales (todos lo ven), pero la realidad pareciera disecarse porque está sola y espera algo que, al parecer, nunca pasará. Es así como la abulia, la apatía, la anhedonia, el aislamiento, rasgos propios de un estado depresivo, y una serie de dolencias, trastocan un improbable (imposible) estado de bienestar. Polimedicada y fóbica, su realidad se vuelve irreal, ensoñada, aparente, casi nula.
Como una perfecta conjunción dramática (o ensayo tautológico) entre las entrañables vicisitudes de La mujer sentada de Copi, y la extrañeza y el dolor demoledor de 4.48 Psicosis de la malograda dramaturga inglesa Sarah Kane, El destino de los huesos, texto escrito con singular ingenio por la rosarina Virginia Ducler (los teatristas locales deberán prestar atención a su obra), es un espectáculo agridulce, que transita por el borde de lo siniestro pero que elige quedarse con el estado de desasosiego al que remite cada palabra dicha del mismo modo que las mínimas acciones que transita el personaje.
Lo más importante es que con El destino de los huesos volvió al ruedo la talentosa actriz local Andrea Fiorino, pero esta vez se corrió de ese lugar de “comodidad” que supone para muchos el humor para arriesgarse al abismo de un unipersonal cerrado, de cuarta pared, en el que desmenuza una hora (todas las horas) en la vida de una mujer que, desde el desgano y la desazón, pareciera intentar encontrar en la espera el sentido de la vida que ha perdido hace tiempo.
Son las siete de la tarde y un día más, entre minutos y segundos que se esfuman, se apresta a partir. Ella, aterrada pero resignada, mira el techo, se pierde de vista en ese tiempo vivido a puertas cerradas. Espera, desde hace años, que algo pase. Parece no poder mirar al mundo de otro modo que no sea desde el lugar inasible de la espera. “La semana pasada ya pasó, pero el día de hoy no termina más”, dice con resignación y dolor poniendo en jaque su propia lógica para entender lo inexplicable del paso del tiempo.
Definido por la actriz como un “drama cómico”, el espectáculo desanda, merced al conocido talento de Fiorino, los avatares de una mujer encerrada en su propio ostracismo y dolor, poética a través de la cual logra llevar al espectador desde su conocido mundo vinculado al humor (y cierto absurdo), a un territorio que, deliberadamente, se vuelve dramático y atormentado, más allá de que cierta convención y confianza depositada en ella de parte del público por muchos años hacen que se espere con ansias ese momento en el que el relato habilita la distensión y la risa (también la compasión), situaciones breves que en la puesta se encuentran sabiamente dosificadas.
Desde lo eminentemente teatral, Fiorino potencia el texto de Ducler (la actriz también tuvo sus intervenciones a nivel dramatúrgico) apelando a una compleja dificultad en el habla propia de los estados polimedicados, ajustando cada acción mínima, cada movimiento, en un diálogo constante con el relato, valiéndose de unos pocos objetos (cajas con medicamentos, un paraguas) y distanciándose de su conocida Vis cómica y del despliegue al que suelen apelar sus habituales personajes, para trabajar lo pequeño, lo acotado, e incluso lo diminuto e imperceptible.
Aterrada por un afuera que, como destellos, se filtra a través de un oportuno universo sonoro y con una mínima puesta de luces y apagones que aportan a cada una de las instancias del relato, la actriz logra lo que pocos: distanciarse de todos los espacios o lugares conocidos y transitados en escena, para abismarse al territorio de lo trágico que, como se sabe, puede volverse lo cotidiano.
Más sola que al comienzo, luego de una hora, la mujer en cuestión entiende de destinos trazados, de soledades irremediables, de confesiones imposibles, impregnada de una serie de metáforas que adquieren relevancia a instancias del potente relato. Marchita como la hoja de lechuga que su tortuga Marta no llegará a comer, luego de “repasar” los despojos de sus últimas horas en el tarro de basura, se vuelve a acomodar en su sillón mientras recuerda las palabras de su madre. El conmovedor epílogo, como en un absurdo, bien podría ser, una y mil veces, el principio eterno.

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