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“En adicciones, la mejor forma de prevenir es dar atención”

Por Antonio Capriotti


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La percepción humana, dicen algunos autores autorizados, no sólo tiene límites sino que se empecina en reproducir imágenes que ya han dejado de ser representativas. Una “nueva” realidad las ha desplazado; sin embargo, la percepción humana porfía tozudamente en aferrarse a ella. En la opinión de Gustavo de Vega, psiquiatra con más de treinta años dedicados a la atención de personas con adicciones, “la clave 2013 para comprender el fenómeno de las adicciones es empezar a entender y aceptar que estamos frente a un «problema de uso de drogas»”; por eso, el facultativo propone desterrar “la imagen que se tiene del adicto como hace treinta años: la persona abandonada, marginada, desechada”.

—¿Qué es lo que ustedes ven todos los días en sus consultorios e instituciones?

—Hoy, después de 30 años, vemos que la mayoría de las personas que consumen drogas, trabajan, tienen familia, son hijos o padres; estudian, van a la facultad, tienen un empleo, son profesionales. Están a cargo de personas y equipos o bienes valiosos; están en una empresa, son docentes, están en un hospital. Casi el 80 por ciento de quienes consumen trabajan; por lo tanto, no se puede tener esa idea de adicto a la vieja usanza. Hay personas, de distintas edades, que consumen drogas alternando períodos de consumo cotidiano con períodos sin consumo.

—¿Existe, entonces, un consumo “social”?

—El llamado consumo social, recreativo, periódico, va dejando huellas en el adicto. Cuando esas huellas se instalan en la adolescencia son profundas e indelebles.

—¿Cuáles son las causas que hace que el efecto sea más nocivo en los adolescentes?

—Cuando se consumen sustancias tóxicas en la adolescencia, la huella que éstas dejan en el cerebro son profundas y, aunque pasen muchos años sin consumo, rápidamente se reactiva el mecanismo de apetencia y compulsión al consumo.

—¿Se sensibilizan. Entendiendo sensibilización con el alcance que ustedes le dan a la palabra tolerancia, se van acostumbrando y necesitando más dosis y más frecuentes?

—Es como que el organismo se acostumbra; y, en la medida que van teniendo más experiencias, pasa lo que con el tabaco: al principio puede ser un poco molesto, da tos e irritación de garganta y catarro pero a poco de ir avanzando en el consumo se minimizan esos efectos para quedar el que proporciona placer. Esto nos informa que el organismo se adaptó.

—¿Y el organismo no da señales de alarma?

—Justamente, con la mezcla de alcohol con drogas el adolescente carece casi por completo de signos de alarma; de sensores, los que por su desarrollo neurobiológico están en pleno proyecto de construcción.

—A esa altura, deberían actuar los sensores en los adultos. ¿Su intervención puede ayudar a poner freno a posibles futuras etapas de consumo desenfrenado?

—Los adultos tenemos las condiciones para responder a las alertas con mucha mayor madurez; y deberíamos ser quienes brindemos un ambiente protector al adolescente. La mejor prevención es la mayor atención. Pero no tan sólo para mirar sus ojos y ver si los tiene colorados, o para hurgar en sus bolsillos en busca de drogas, sino para que estemos atentos a la imposición de pautas y de límites. Existen muchos adolescentes y jóvenes que no asumen prácticamente ninguna responsabilidad.

—¿Qué dicen de esto los chicos que ustedes ven en la consulta?

—Cuando les pregunto a los chicos sobre qué hacen durante el día, la respuesta es que van a la escuela. En el mejor de los casos ponen al día sus carpetas, pero ninguno de ellos tiene la disciplina de sentarse a estudiar. Lo que puede haber en algunos casos es un hábito deportivo. Pero la mayoría de los chicos que consumen algún tipo de drogas no realizan ninguna actividad más o menos sistemática en la casa.

—¿Acaso no tienen su “mundo propio” dentro de la casa?

—Suelo escuchar de algunas madres que “la habitación es de ellos”, “cómo me voy a meter”. Parece que estamos frente a un malentendido porque la habitación del hijo si bien merece toda la privacidad que corresponde, está en la casa de los padres. Es como si se borrara esa diferencia generacional que distribuye roles precisos, los hijos según este modelo de comportamiento están abandonados a su suerte. Y ellos no pueden valorar el esfuerzo que significa que la luz esté a su disposición cada vez que ellos la requieran. Lo mismo pasa con el televisor, con la computadora, etcétera.

—¿Deberíamos asumir que tanto adultos como adolescentes necesitamos desarrollar una educación ocupacional; o educación para la responsabilidad?

—Esto representaría uno de los fuertes pilares en el ámbito familiar; es decir, que el joven pueda ejercitar su responsabilidad, dentro del contexto familiar, en la vida cotidiana y asumiendo responsabilidades acordes a su edad.

—¿Haciéndose cargo de las cosas que debe hacerse cargo?

—Sí, lo que pasa que esto es vivido como si fuera un castigo. Y, para mí, el castigo es que nunca nadie se lo haya planteado. Parece, por momentos, que por ser jóvenes estuvieran condenados a una especie de abandono por parte de los adultos. Sin embargo, los jóvenes, y más en esta época cargada de estímulos, necesitan un filtro que la red vincular de padres y adultos que los rodean, les puedan generar. Una red de contención que haga que el alcohol y las drogas que puedan llegar a ofrecerles alivio tentándolos, no logren engancharlos. Los chicos más vulnerables son aquellos que menos referencias tienen. Son los más expuestos, sin adultos que los ayuden a amortiguar aquellos estímulos.

—¿Falta educación emocional?

—Justamente la actividad dentro del ámbito hogareño asumiendo las responsabilidades propias de cada edad, favorece el “ajuste emocional”. Cumplir con las tareas que les fueron asignadas, más allá de que tenga o no ganas. Cumplir con los horarios establecidos. Esta disciplina los motiva, lo estimula y, al final, la responsabilidad se impone. De chicos no se los ejercita y por eso muchas veces sufren cuando adolescentes porque no han hecho ejercicio emocional suficiente. Y cuando ya como adultos jóvenes, deban tomar decisiones, o tengan que planificar y desarrollar un proyecto; y se les plantean obstáculos, sufren una frustración que no están en condiciones de tolerar.

—Entonces, ¿en los adultos que rodean al chico, recae la responsabilidad de enseñarles a frustrarse?

—Hay una tarea que nos corresponde a los adultos en relación a los más jóvenes, es graduar la postergación, la espera, aceptar la frustración respecto al “todo ya” que ellos traen del mundo mágico y desde la omnipotencia infantil. Debemos dedicarles tiempo, enseñarles a transitar hacia una mediatización que se consolida en la adultez cuando comenzamos a asumir la tolerancia a la espera, la paciencia y la postergación, en función de una planificación. Es función impostergable de los adultos.

—Si ahora intentáramos abrir una puerta hacia mañana, ¿qué podemos llegar a ver?

—Es muy preocupante; la precocidad en el consumo le agrega un condimento alarmante. Creo que el daño de las drogas en el cerebro es evidente; pero en muchísimos casos la vulnerabilidad es previa al consumo. Hace algunos años muchos jóvenes, con esa misma vulnerabilidad, iban sorteando los obstáculos y se acomodaban; hoy, esos mismos jóvenes vulnerables van al encuentro del alcohol y de las sustancias tóxicas que, en un principio, los calman y los hacen sentirse ficticiamente bien. Son el remedio al dolor de no poder soportar las frustraciones. Le tienen miedo al miedo. No quieren sufrir y cuando se toman un par de cervezas comienzan a alejarse del miedo. A veces mamá y papá son capaces de rescatarlos, pero en la gran mayoría de los casos no. Muchas familias no se alcanzan a dar cuenta, escucho todos los días: “Y yo no sé cuál es el olor a la marihuana”; “yo no sé qué hacer con este hijo”; “ya le dije veinte veces que no se drogue más”; “ya le dije muchas veces que no me robe más”. Los adultos, padres y docentes, deberíamos ponernos a trabajar en el desarrollo emocional de los más jóvenes. Ayudarlos a reconocer sus emociones y las de los que tienen al lado. A lo mejor por eso, los chicos que hacen vida de club, tienen más chances.

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