Observatorio, Series tevé

“Better Call Saul”

El violento proceso de “los nadies”

“Better Call Saul”, spin off de “Breaking Bad”, muestra las vicisitudes de un personaje tan carismático como ingenuo y corrupto.


Better Call Saul acaba de regresar con su cuarta temporada, de la que pudieron verse, hasta la fecha, tres capítulos. Si bien es algo más que sabido por todo aficionado a las series, esta propuesta es un spin off de la brillante, arrasadora y ya convertida en objeto de culto, Breaking Bad. Esta serie retoma a uno de los personajes más carismáticos que habitaban el abigarrado universo de su brillante antecesora, Saul Goodman, el gracioso abogado, tan corrupto como ingenuo, que queda preso en la vorágine imparable del ascenso y la caída de Walter White/Heisenberg en el mundo del narcotráfico.

Pero aquí se aborda al abogado algunos años antes del estallido, cuando aún se hace llamar por su nombre verdadero, Jimmy McGill, y donde lleva una vida distinta a la que trajinará tiempo después, cuando se vea arrastrado en una portentosa caída libre hacia el abismo de la ambición desatada por un mundo escandaloso. Es decir, partiendo de un modelo similar al de Breaking Bad, Better Call Saul promete desde el inicio narrar la transformación del pueril Jimmy McGill en el disoluto Saul Goodman (como aquella lo hacía del insulso Walter White en el despiadado Heisenberg).

Y lo hace con firmeza, paso a paso, con una atenta lentitud, con una profunda sensibilidad, con un detallismo y una delicadeza que configuran, apenas comenzado el relato, una marca distintiva que le otorga a la serie un brillo propio más allá de aquella pesada sombra que lo acecha de modo constante. El peligro, claro está desde el inicio, es el influjo de esa amenaza, es la acechanza de aquel otro modelo legitimado por el éxito. El peligro es que, mientras Jimmy McGill se acerca a Walter White,  Breaking Bad termine por devorar a Better Call Saul, del mismo modo en que Heisenberg hará tarde o temprano, como ya es sabido, con Goodman.

Combate insostenible

Lo más destacable de Better Call Saul es, sin dudas, la singularidad lograda en su puesta en forma. Sobre todo por su radical alejamiento de la serie que le dio origen, pero alejamiento que, al conservar ciertos ejes atmosféricos y temáticos, la ubica a una distancia adecuada en la cual se advierten sin embargo los rasgos característicos de aquel universo tan minuciosamente construido con anterioridad. Aquí, a diferencia de lo que sucedía en la violenta odisea de Walter White, el proceso de transformación del personaje es lento, y el relato, antes que al vértigo, se aboca a la exposición sosegada del detalle en apariencia intrascendente, de  las minucias del cotidiano, de los devenires ordinarios, de las pequeñas miserias que hablan entre susurros de un mundo que se cae a pedazos y que todo lo arrastra a su paso, sin contemplaciones ni atenuantes. La estructura planteada para eso no es ya la de la caída libre, sino la de la suspensión. No se trata de una ceguera atroz fraguada en el vértigo del precipitarse hacia el vacío, sino al contrario, de una persistencia obstinada y vana por no dejarse arrastrar, de un combate insostenible con el mundo circundante y con todo lo que él envilece al simple contacto. Se trata entonces de un movimiento lento pero implacable en el que todas las contradicciones personales van siendo asimiladas por lo peor de un mundo cuyas marcas distintivas son el empuje de la ambición, la codicia y el ansia de reconocimiento. Allí, en ese entorno contemporáneo en el que la posibilidad de lo propio se disuelve en el despliegue de lo siempre impropio de la ambición, Jimmy McGill juega sus cartas una y otra vez, obteniendo siempre la peor jugada, intentando en vano resistir y buscando apenas, entre la ingenuidad y la canallada, el simple reconocimiento fraternal de su hermano, el exitoso e implacable Chuck McGill.

Tan astuto como imbécil

¿Quién es entonces Saul Goodman? ¿Quién era antes de serlo? ¿Quién es este Jimmy McGill que dará paso al taimado Goodman? Jimmy es un abogado inepto y de poca monta que vive a la sombra de su hermano, el abogado más reputado de la región. Jimmy es, en cierta medida, como un niño arrojado a un mundo en el que se mueve a tropezones. Jimmy es un manojo tenso de contradicciones irresolubles, una voluntad férrea en discordia consigo misma que se manifiesta en cada acción. Jimmy es tan astuto como imbécil. Tan sensible como despiadado. Tan generoso como avaro. Tan frío como vulnerable. En su ostensible inmadurez se juega permanentemente esa lucha interna que siempre se resuelve de la peor manera, tomando irremediablemente la peor decisión, y arrastrando a su paso a quienes lo rodean hacia la desgracia. Jimmy es una suerte de tragedia anunciada que avanza con lentitud entre torpezas y engaños, abriéndose paso desde el fracaso hacia otra cosa que no se anuncia jamás sino como otro fracaso cada vez mayor y dañino para todos. Sus contrapartes actuantes son dos: su hermano Chuck, el abogado exitoso cuyo histórico desprecio convierten a Jimmy en una sombra errante, un alma perdida que busca infructuosamente un rastro de reconocimiento fraternal, pero que sólo encuentra más desprecio y que provoca, a pesar suyo pero de acuerdo a sus miserables acciones, más distancia y resentimiento. Por otro lado está Kim, su pareja, también abogada. Kim es otro de los personajes maravillosamente delineados e interpretados en Better Call Saul. Kim es firme, lucida y centrada, contraparte absoluta de Jimmy, pero que carga con esa contradicción supuesta en el hecho de seguir a su lado, manteniéndose impecablemente erguida en medio del tembladeral de estupideces y canalladas perpetradas continuamente por su pareja. Kim, así, podría ser quien finalmente rescate a Jimmy de su inmadurez y sus desavenencias, pero lo más probable, por lo visto en el lento despliegue del drama y por lo que ya se sabe acerca del devenir de McGill en Goodman, es que  finalmente se convierta en otra víctima de las desgracias que provoca a su paso.

Una amenaza

Si bien la línea narrativa de los acontecimientos que rodean a Jimmy McGill es el centro del relato, hay otra que se desarrolla en forma paralela, manteniendo puntos de contacto, pero acercándose cada vez más a lo que se presume será la transformación definitiva de McGill en Goodman. Es la vida de Mike Ermenhaut, otro de los personajes clave de Breaking Bad, el matón envejecido, tan implacable como amoroso, capaz de realizar cualquier trabajo sucio con el único fin de asegurar el futuro de su nieta. A veces matón frío, a veces abuelo ocupado tiernamente con su nieta, Mike es otro nudo de ese mundo atroz en el que el amor y el cariño no son sino  un engranaje más de la maquinaria criminal del capitalismo. De esta línea participan también varios personajes de Breaking Bad ligados al narcotráfico, y es, evidentemente, la línea que amenaza en sus intrigas con imponer sobre la atmósfera suspendida de Better Call Saul el ritmo enloquecido de la caída en espiral de su antecesora. Allí, finalmente, tal vez radique el peligro que amenaza a esta serie: ser devorada por una fórmula a la que viene escapando con brillantez, el peligro de que la locura avasallante de Breaking Bad se imponga finalmente sobre la tierna y amarga mesura de Better Call Saul.

Desplazados como desechos

En los tres capítulos que lleva esta cuarta temporada, Better Call Saul mantiene su atmósfera en el amargo tono sosegado del detalle y de las minucias, navegando con su sutileza ya habitual entre la comedia amarga, el drama familiar, y el cine negro. La delicadeza en la exposición de las complejas contradicciones de los personajes y de sus actos cotidianos, teñidos siempre de humor y de amargura, se elevan ya como el sello inconfundible de un despliegue narrativo tan virtuoso y sensible como irónico y virulento.

Finalmente, la historia de Jimmy MacGill/Saul Goodman, tan distante y tan cercana a la de Walter White/Heisenberg, y más allá de pertenecer al mismo universo, giran a diferentes velocidades y distancias en torno al mismo eje: los violentos procesos autoidentificatorios de los “nadies” o los “muchos”, esos desplazados como desechos por la maquinaria implacable de la ambición y la codicia promovida por el capitalismo.

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