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El tono del sentimiento peronista

Dos historiadores analizan cómo la marchita, el escudo y el bombo peronistas influyeron y lo siguen haciendo en la historia y el pueblo argentinos. Sobre esta cuestión, nada menor en la simbología nacional, se explayaron sus autores.


¿Qué es lo que más extrañás viviendo en Nueva York?, le preguntó una chica a su amigo que estaba paseando en el verano rosarino, en la fila para visitar una isla del Paraná. La “marchita”, respondió el muchacho y todos los que estaban cerca de ellos y sin pertenecer al diálogo esbozaron una sonrisa cómplice. ¿Qué significado tiene un canto, un símbolo, un sonido para un grupo humano? En una de sus últimas apariciones como jefe de Gobierno italiano, Silvio Berlusconi fue rechazado por una muchedumbre que cantaba Bella ciao, el tradicional canto de los partisanos. Eso muestra que no sólo en la Argentina se formaron símbolos sensoriales y sentimentales que reunieron de diversos grupos. Hay muchas cuestiones que tienen explicación a partir del sentimiento que generan. Los símbolos que generó el peronismo fueron, tal vez, los más importantes por la cantidad de adoradores y detractores que tuvieron. ¿Qué es mejor, el sonido del bombo o el de una cacerola? ¿Por qué está claro que pertenecen a universos diferentes? Ezequiel Adamovsky y Esteban Buch se dedicaron a explorar el sentimiento peronista en su libro La marchita, el escudo y el bombo. Una historia cultural de los emblemas del peronismo, de Perón a Cristina Kirchner, en el que analizan seriamente cómo esos elementos influyeron y lo siguen haciendo en la historia y el pueblo argentino. Sobre esta cuestión, nada menor en la simbología que marcan derroteros en la historia del país, se explayaron los autores.

—¿Por qué es importante estudiar los símbolos del peronismo?

—Una de las preguntas que siempre evoca el peronismo es la de su perdurabilidad, que a su vez se relaciona con la intensidad emotiva que alcanzó en su momento y todavía  tiene. Los rituales y los emblemas son dos de los elementos que aportan solidez a las identidades colectivas, justamente proveyéndoles de fuerza emocional. Y a la vez son muy reveladores de la cosmovisión de lo que esa identidad pone en juego. Por eso son tan interesantes.

—¿Qué se propone indagar la historia sensorial? ¿No hay riesgo de caer en una pura subjetividad?

—Cada vez está más claro que los sentidos –la vista, el olfato, el gusto, el oído, el tacto– tienen una importancia capital en la vida social que ha sido desatendida por las ciencias humanas. En el caso del sonido, en el libro mostramos, por ejemplo, el lugar protagónico que tuvo el bombo a la hora de construir un vínculo afectivo entre los peronistas. Y, también, en el rechazo que despertó el peronismo entre los antiperonistas. Con la “marcha” pasa otro tanto y, en el plano visual, analizamos cómo pudieron identificarse con el escudo peronista las personas de clases bajas y piel morena. Es toda una dimensión que sólo se capta estudiando lo sensorial, porque no se tematizaba en esos años verbalmente. Usar el registro sensorial tiene riesgos de invitar a visiones excesivamente subjetivistas, pero creo que no más que otros registros.

—¿Por qué fueron creados y qué evolución tuvieron los símbolos principales que investigan ustedes?

—Cada uno tiene su propia historia, con puntos en común. Ninguno fue enteramente inventado por los peronistas (los tres tienen historias previas), pero la marcha y el escudo fueron adoptados tempranamente como emblemas oficiales del peronismo. En su momento, participaron de las iniciativas de Perón para centralizar su movimiento, construyendo adhesión a través de ellos pero también usándolos para desplazar emblemas rivales (por ejemplo los del Partido Laborista, que tenía su propio escudo y había tenido su propia marcha). A lo largo del tiempo, antes y después de la muerte de Perón, diversas facciones del peronismo compitieron entre sí mediante esos emblemas: agregaron estrofas a la marcha, reformularon el diseño del escudo, o sencillamente iniciaron pleitos legales por el derecho al monopolio en el uso. La del bombo es una historia diferente en este escenario: como emblema surgió desde las bases y nunca fue particularmente celebrado por Perón. A su modo, también fue protagonista de las disputas entre facciones del movimiento y entre las bases y sus líderes.

—Ustedes hablan de los símbolos como una forma de “liberación del subconsciente”, y Daniel James evoca a Bourdieu cuando analiza el trato discursivo a los descamisados. James dice, más o menos y parafraseando al sociólogo francés, que cuando un sentimiento encuentra sus palabras hace estragos. En el sentido en que el pueblo halló en el peronismo un discurso que le permitió expresarse, ir a buscar sus derechos, ¿qué podemos decir de los símbolos, qué papel cumplieron para los peronistas del 45, y para los que vinieron después?

—Lo de la “liberación del subconsciente” en verdad aparece en boca de uno de los personajes de los que trata el libro, no es una expresión nuestra. En el libro analizamos el papel cambiante de cada uno de los emblemas a través del tiempo. Lo que está claro es que los peronistas les dieron entonces, y hasta hoy, un lugar de gran importancia como signo visible de la adhesión a una tradición que está siempre cambiando y que, por ello mismo, necesita aferrarse a alguna roca supuestamente sólida como un emblema o un ritual, aunque, como mostramos en el libro, incluso la letra de la marcha, el repique del bombo y el diseño del escudo han cambiado también ellos a través del tiempo.

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