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Prehistoria del gotán

¿El tango La Morocha se escribió en Rosario?

Los compositores de la época no sabían de partituras y le encargaban la tarea a José Luis Roncallo, un músico magistral que en 1903 estrenó El Choclo en Buenos Aires y luego desembarcó en Rosario donde vivió medio siglo. La ciudad conserva manuscritos y un anticuario abre su casa para mostrarlos


“Para mí, las notas musicales son esos negritos que quieren saltar el alambrado”, decía el Polaco Goyeneche, uno de los cantores más expresivos que dio el tango. Mucho antes, en sus orígenes prostibularios, tampoco recurrían a la escritura los músicos que compusieron tangos fundacionales como El Choclo o La Morocha, hoy convertidos en clásicos. Vivía en Rosario un mago: el pianista que transformaba esas melodías en partituras. En la ciudad aún se conservan algunos de esos manuscritos invaluables. Varios de ellos forman parte de los objetos que atesora en su casa Javier Loguzzo, restaurador, anticuario y bailarín de tango.

“Esta es la primera partitura del tango La Morocha. Fue escrita de puño y letra por José Luis Roncallo”, dice Javier mientras sostiene la pieza de papel que hace más de un siglo inmortalizó la melodía de Enrique Saborido, compuesta la misma madrugada de 1905 en que Ángel Villoldo le puso letra.

“Roncallo era uno de los pocos que sabía escribir música. Vino a Rosario como arreglador de un elenco de zarzuelas (en 1904) y no se fue más. Trabajó en el Teatro Casino y dirigió una orquesta de mujeres en el Hotel Savoy. Todo el tiempo recibía músicos que venían de Buenos Aires a Rosario para que les escribiera partituras. Se lo pidieron muchísimos en esa época”, cuenta Javier desde su casa de barrio Belgrano.

Mientras expone unas 30 piezas desordenadas sobre la mesa del living, entre las que figura la partitura manuscrita de La Marcha de San Lorenzo, confiesa que dudó en comprarlas porque a primera vista le habían parecido una montaña de papeles sin ningún atractivo particular.

Recuerda que hace un lustro, un colega le pasó el dato y así llegó “a una pensión de mala muerte en el barrio República de la Sexta” de la que casi se va con las manos vacías.

“La persona que me las vendió dijo que pertenecían a una muestra itinerante, el Museo de la Partitura, con el que recorrían distintas localidades. Pero eso nunca lo pude confirmar”, reconoce Javier Loguzzo que se define como “anticuario de alma” en contraposición a “comerciantes mercachifles que compran y venden cualquier cosa. El anticuario hace un trabajo de investigación, de análisis de la pieza que adquiere y luego va a vender”, aclara.

 

Por eso a primera vista las partituras no le despertaron interés. “Había algunas muy lindas y pintorescas y otras que no me decían nada. También revistas sobre la historia del tango, publicaciones sobre sus orígenes y varios manuscritos originales en bastante mal estado, rotos o de tangos intrascendentes”, agrega.

“Varias estaban pegadas a un cartón porque se ve que las colgaban en la pared, otras plastificadas o en bolsitas. Pero yo ya tenía parvas de esas partituras. Hasta que vi una que me llamó la atención porque la tenía atrás de un vidrio oscuro y enmarcada”, recuerda.

“Ahí el tipo me explicó que esa era la primera partitura del tango La Morocha y cuando le pregunté cómo lo sabía me dijo que se las había dado un músico del teatro Casino. Así conocí la historia de José Luis Roncallo”.

Javier Loguzzo y la partitura original de La Morocha.

 

Escribir, hacer historia

A su afán de comprar antigüedades desde niño, Javier le puso ritmo y con los años se convirtió en bailarín de tango. Por eso sus colegas anticuarios le pasan la posta: “Todo lo que es referente al tango cae en mis mano”, dice y vuelve a la vida de Roncallo.

“Era uno de los pocos que sabía escribir música en esa época. Muchos tocaban de oído, sin partitura, de memoria”, agrega en relación a que gracias a sus profundos conocimientos musicales Roncallo podía, con solo escuchar, transcribir esas canciones al pentagrama.

Otro dato relevante en la vida de Roncallo –que reseña del historiador Juan Silbido– es que fue ahijado y discípulo de Santo Discépolo, padre de Enrique y Armando, y que adquirió conocimientos musicales de joven cuando ayudaba a su padre, socio de la firma Rinaldi-Roncallo, a fabricar pianos de manija, pianolas y organitos. Dejó tangos memorables de su autoría como El purrete, No crea rubio, El rosarino y La cuerda floja, entre otros.

“Escribía y también corregía”, señala Loguzzo para mostrar anotaciones manuscritas de Roncallo en las versiones que precedieron a las partituras más tarde comercializadas por imprentas. “Eran las primeras pruebas de las partituras que después se mandaban a Buenos Aires para editar e imprimir”, señala.

“No se cuántos originales quedan, pero estoy seguro que estos manuscritos son incunables y extremadamente primitivos”, afirma Loguzzo tras señalar que otros tantos son conservados en la sede porteña de la Academia Nacional del Tango.

El Choclo y La Morocha

Pero Roncallo ya había escrito la historia grande del tango antes de su desembarco en Rosario, en 1904. Distintos investigadores coinciden en que el pianista fue quien estrenó, junto a su orquesta, nada menos que el tango El Choclo, el 3 de noviembre de 1903, en el coqueto restorán porteño El Americano. Para lograrlo apeló a su picardía, ya que debió decirle al dueño que iba a tocar una danza criolla, en vez de un tango. El éxito fue total.

También le atribuyen, previo a estrenar El Choco ante la alta sociedad porteña, haber sido el primero que volcó al pentagrama sus notas musicales, obra del olvidado violinista negro Casimiro Alcorta que se estima compuso en 1898, y a la que más tarde le agregaron letra en cuatro ocasiones: el primero fue Villoldo, luego un texto prostibulario anónimo, una tercera escrita por Carlos Marambio Catán y la última, en 1947, por Enrique Santos Discépolo.

Del origen del tango La Morocha hay más precisiones y, como no podía ser de otra manera, está inspirado en una mujer. Según las apreciaciones de Javier Loguzzo, si el primero en pasarlo a partitura fue Roncallo, ese acto se consagró en Rosario.

Su compositor, el uruguayo Enrique Saborido, cuenta en una entrevista que una noche de 1905 lo desafiaron a que escriba un tango para que cante una bailarina que lo tenía encandilado. Esa misma madrugada se sentó al piano y no solo creó la melodía, sino que fue hasta la casa de su amigo Ángel Villoldo para que le ponga letra. A las diez de la mañana se presentaron juntos en la casa de la musa, la uruguaya Lola Candales, que lo ensayó, memorizó y estrenó esa misma noche. Lo tuvo que repetir ocho veces a pedido del público.

La Morocha no solo fue el primer gran éxito del tango canción sino uno de los primeros en grabarse. Pero por sobre todas las cosas fue el primer tango exportado a Europa en formato de partitura.

Ya sabemos que La Morocha no era rosarina. Pero las notas musicales inspiradas en ella, esas negritas que querían saltar el alambrado –parafraseando al Polaco– fueron inmortalizadas en esta ciudad.

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