Ciudad

Historia de vida

El rosarino que hace 40 años vende frutas y verduras en una Estanciera modelo 60

Daniel Prestifilippi recorre las calles de la ciudad arriba de una camioneta Baqueano. Es uno de los pocos sobrevivientes que quedan haciendo este tipo de trabajo ambulante. “Muchos clientes antes llevaban dos kilos de frutas. Hoy solo me compran dos unidades”, contó


“Hay papa, zanahoria, pimiento, lechuga, mandarina, naranja, manzana, banana, pera”. Con esa frase, Daniel Prestifilippi recorre las calles de Rosario desde hace 40 años arriba de una Estanciera Baqueano modelo 1960. La última palabra de cada oración suena con una remarcación en la “a” final. El hombre es uno de los pocos sobrevivientes de este tipo de venta ambulante en la ciudad. Nunca se dedicó a otra cosa. No quiere. Esto es su vida, dice.

Daniel tiene 59 años. El comercio ambulante lo heredó de su padre que se dedicaba a la venta de pescados. No disimula su admiración por él. “Eran otras épocas y lo transportaba en un carro. Empecé a los 12 años vendiendo al galope en la zona de Parque Casas”, cuenta.

Su Baqueano modelo ´60 está tapizada con angelitos, ositos, una estampita de San Cayetano y otra del Gauchito Gil. También tiene un elefante que sostiene cinco pesos de la trompa –porque, según los entendidos, trae suerte–, cintas rojas colgadas del espejo retrovisor, un pequeño palo para corroborar si las cubiertas están en condiciones y un equipo amplificador con un micrófono que anuncia su llegada, como exigían los viejos tiempos.

Daniel recuerda que compró la baqueano a 450 pesos. Es un vehículo que lo lleva a todos lados, pero a veces “lo agarra de hijo”. En ese caso, no abandona el asfalto: sale a vender igual con su bicicleta. Nunca se toma el día.

El recorrido

Todos los días, a las 8.30, se para en Ricardo Núñez y Álvarez Thomas. Zigzaguea por la zona. Luego sigue por Gutiérrez, Iturraspe, Circunvalación hasta el puente Rosario – Victoria. Más tarde retorna a la zona de los pescadores.

Al final de su recorrido sube por la Gallo y la cruza: allí lo esperan otros clientes. Algunos son fieles, como “Ana María, Haydée, Graciela, Sergio, María Elena, Silvia y Cristina”, que le compran todos los días. “Una vez estaba atendiendo a una clienta. Me compró y entró a su casa. A los pocos minutos salió el esposo y me preguntó «¿Vos qué tenés con mi mujer? Porque si no venís no compra en otro lado». Recién ahí me reí, cuando dijo eso último”, recordó Daniel.

En la parte trasera de su baqueano tiene una pequeña escalera atada a una soga en la que sube y baja para atender a sus clientes. En su recorrido por el barrio La Florida siempre aparece algún cliente nuevo. Los de siempre, a veces, lo llaman por teléfono o le mandan un mensaje anticipándole su pedido.

Daniel cuenta que no hace mucho un kilo de papas costaba 10 pesos. Hoy las vende a 25. “Compran pocas frutas. Antes llevaban dos kilos de banana, de manzana o de mandarina. Ahora llevan dos de cada una. O un kilo de una sola fruta”, dijo, en referencia a la crisis por la que atraviesa el país.

Los precios varían día a día. Los pimientos verdes los vende a 10 pesos cada uno, a $40 está el kilo de manzana y los zapallitos, a 20. “El mercado de productores es para ir a pelear los precios. Antes iba todos los días. Hoy sólo dos veces por semana”, contó.

Una de las costumbres de Daniel es tener la plata bien acomodada, con los billetes de menor a mayor. “Algunos te pagan con 100 pesos y después te dicen que te dieron 500. Por eso tengo ese hábito. Así se los demuestro”, aseguró.

Cerca de las 15 Daniel termina su día de trabajo. Acomoda las verduras, los cajones, las bolsas con las que entrega su mercadería. Es prolijo. Separa lo que ya no sirve. Y la balanza. Antes usaba una electrónica, pero ya la abandonó porque se descalibra con los movimientos.

Aunque no la necesita. Sabe de memoria cuántas manzanas completan el kilo. Cuando termina, va al surtidor para poner todo a punto y así empezar otro día. El olor a verduras sobrevuela el ambiente. Daniel dice que va a trabajar hasta que su cuerpo se lo permita. Y asegura que sin “su nave”, que no va a más de 45 kilómetros por hora, se siente un “croto”.

Se despide. Sube a la Baqueano modelo ´60 y el motor ruge otra vez. Avanza a paso de hombre mientras su voz vuelve a escucharse amplificada y va perdiendo volumen al irse.

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