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Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan

El regreso de la contracultura como mensaje político actual

La candidatura de Dylan venía siendo promovida desde hace casi dos décadas, pero que haya sido elegido justamente este año no fue obra del azar.


John Lennon, después de su separación de los Beatles, cantó en “God” que “no creía en Zimmerman” (por el apellido real de Bob Dylan), pero la Academia sueca restituyó aquella fe perdida. Con la concesión del Nobel de Literatura al autor de “The Times They Are A Changin’”, la habitualmente cuestionada institución nórdica provocó ayer un revuelo público que no lograba desde los tiempos en que sus elecciones se inclinaban hacia Jean Paul Sartre (que lo rechazó) o los emblemáticos antisoviéticos Boris Pasternak o Aleksandr Solzhenitsyn. La Academia volvió a hacer política.

Bob Dylan fue un símbolo contracultural de los 60 y, aunque medio siglo después se haya convertido en cultura plena, sería inocente no advertir que, en el crítico mundo de hoy, la reactualización de su nombre que significa el Nobel lleva un mensaje implícito. En tal sentido, no puede dejarse de lado que en el lapso que va entre el anuncio de ayer y la entrega efectiva del Nobel, el próximo 10 de diciembre en Estocolmo, los Estados Unidos elegirán nuevo presidente, y que uno de los candidatos representa casi todo lo contrario de lo que Dylan significó en la cultura norteamericana y mundial. Y que ayer Barack Obama, después de felicitarlo por teléfono, lo consideró en su cuenta de Twitter “uno de mis compositores favoritos”, y colgó 75 de sus canciones a través de Spotify. La candidatura de Dylan venía siendo promovida desde hace casi dos décadas, pero que haya sido elegido justamente este año no fue obra del azar.

Más allá de la política, los suecos provocaron un escándalo doble, ya que su decisión dividió las aguas en el universo literario y artístico. Hubo quienes consideraron que con la cantidad de postergados que quedan año tras año en las gateras (y aquí, según gustos, pueden anotarse Philip Roth, Milan Kundera, Haruki Murakami, etc.), el Nobel a un cantautor era excesivo. Este argumento puede rebatirse doblemente: primero, porque no es malo recordar que, en la antigüedad, poesía y música no se concebían por separado, de manera que este premio vendría a restaurar un divorcio de siglos (y nadie cuestionaría el Nobel a un poeta), y segundo, porque el Nobel de Literatura suele sobreestimarse demasiado. No es un premio científicamente otorgado, ni siquiera “académicamente” discernido (pese al nombre que lleva la más que centenaria institución). Ni siquiera lo votan 6.000 personas, como el Oscar, sino una docena de individuos a los que, con más razón, no les queda más escapatoria que la arbitrariedad ante los muchos lobbies y sus propios gustos. Debates complementarios, como aquel que planteaba ayer que si de cantautores se trataba, más justo habría sido dárselo al canadiense Leonard Cohen, era tan atendible como opinable, pero mucho más razonable que el cuestionamiento liso y llano al hecho de que esta vez el ganador haya sido cantante y poeta a la vez en lugar de escritor a tiempo completo.

¿El reconocimiento fue tardío? ¿Las imágenes de la casi adolescente Joan Baez cantando “Blowin’ In The Wind” hoy se ven en blanco y negro en Youtube como cualquier documental de mediados del siglo pasado? Desde luego, pero nunca el Nobel premia a un escritor de estricta actualidad, con las pocas excepciones de aquellos casos de mayor urgencia política, como el citado Solzhenitsyn en 1970.

Dylan, que debutó también tardíamente en la Argentina (el primer recital fue una gloriosa jornada en el estadio Obras, en agosto de 1991; regresó en 1998, junto a Los Rolling Stones en River, y diez años después en Vélez y en Rosario como parte de su Never Ending Tour), representó para más de una generación una figura de referencia, y sus canciones, reversionadas en inglés y en otras lenguas por la más amplia variedad de intérpretes, desde Marlene Dietrich hasta Pearl Jam, son parte inseparable de un pasado común. Por eso mismo, para muchos de quienes fueron jóvenes en los 60 y los 70, el Nobel de ayer significó, más que cualquier otro, un Nobel propio, un Nobel de recuerdos personales, el reconocimiento a una época y al mismo tiempo su colofón y clausura: la llegada de esa juventud al Panteón.

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