Coronavirus, Política

A paso redoblado

El poder concentrado generó una ola que habrá que surfear en plena pandemia

A través de los medios hegemónicos, y con diferentes estrategias, buscan alcanzar un clima de descontrol en contra del gobierno nacional. Una ex asesora de Patricia Bullrich anticipó el levantamiento policial en la provincia de Buenos Aires


Algo huele mal, pero no en Dinamarca. Todo comenzó con el pálpito del ex presidente Eduardo Duhalde anunciando un golpe de Estado. Algunos lo atribuyeron a una cuestión senil del en otro tiempo hábil declarante, pero para otros no hizo más que una movida calculada: hizo de vocero de un sector que trata de materializar el descontento contra el gobierno nacional con algo más concreto, para lo que ya no alcanzarían las urnas.

La crisis que trajo aparejada la pandemia sirvió como excusa para todo tipo de manifestaciones, que han ido desde los antivacunas, los que aseguran que detrás de todo está Bill Gates, la quema de barbijos, los que se oponen a una reforma judicial que en realidad no es más que un maquillaje.

Son quienes le dan forma a una masa de descontento que de alguna manera algunos dirigentes de Cambiemos intentan representar, aunque ante su falta de representatividad los voceros más duros contra las políticas del peronismo terminan siendo los animadores televisivos y las plumas más caracterizadas de los medios concentrados.

El éxito de la primera etapa de cuarentena le daba un crédito a Alberto Fernández. Había pocos muertos, pocos contagios, y muchos dirigentes y medios comenzaron a agitar en pro de una apertura. Todo se fue abriendo y llegaron los muertos y la saturación del sistema de salud, al menos en los recursos humanos.

Tandil y Mendoza, por ejemplo, quieren desmarcarse de las decisiones nacionales en cuanto a la pandemia y Rodríguez Larreta lanza oleadas de nuevas aperturas con un sistema de salud complicado y una suma de más de mil contagios diarios.

Lejos quedó la foto de los gobernadores y el presidente luchando contra la muerte. La razón es clara: los números daban un nivel de aprobación muy alta a la gestión de Fernández y la oposición comenzó a trabajar, aunque no de la manera más limpia, sobre todo en un contexto donde lo que está en juego es la salud de la población. Y las elecciones de medio término están a la vuelta de la esquina.

En el medio están las marchas, las de aquellos que ven mermar sus ingresos, los que temen cerrar sus negocios y los que temen irse a la quiebra. En ese descontento se apoya el sector que hegemoniza el poder económico.

Cada vez que todo parecía caer, el gobierno de Fernández se levantaba. La vacuna de la Universidad de Oxford se va a fabricar en la Argentina. El ministro de Economía, al que describían como un jugador de Sacachispas, metió dos goles importantes al negociar la deuda con los acreedores extranjeros y también con los bonistas. Pero en la vertiginosa política argentina, las buenas noticias duran poco.

La Cámara de Diputados es el epicentro del descontento. Los opositores no quieren sesionar por plataformas, tampoco hisoparse, pese a que tienen en sus filas a legisladores contagiados. Fueron a la Justicia. Y piden sólo tratar algunos proyectos y no aquellos que les resulten molestos, como el impuesto a las grandes fortunas y la reforma judicial.

Para su estrategia, se sirven de argumentos como los que utilizaron para atacar la expropiación de la empresa Vicentin: la defensa de la propiedad privada. Claro que en el caso de Vicentín y con la retirada del Estado del juego político cientos de productores agropecuarios no van a cobrar sus deudas, al igual que el Banco Nación. Y para la reforma judicial sólo tienen un argumento: es para favorecer a Cristina.

En el medio, a Lázaro Báez le dictaron la prisión domiciliaria después de más de cuatro años tras las rejas. Su intento de dormir en una casa del coqueto country de Pilar se vio frustrado por una marcha no tan espontánea que incluyó rotura de móviles, huevos y agresiones, transmitida en cadena nacional por ese mismo sector que sienta a los Duhalde a decir lo suyo ante las cámaras.

Un ex empleado de la Municipalidad de Pilar fue uno de los que encabezó una protesta que de pacífica tuvo poco. Se trata de Matías Yofe, joven militante de la Coalición Cívica, el partido de Lilita Carrió, que preside la agrupación La Pilarense.

“Hoy hicimos historia en Pilar. Aunque nos quisieron llevar puestos, nos agredieron físicamente, no pudieron”, escribió en sus redes sociales después de los incidentes. Ante el repudio de un sector de la sociedad por la inédita situación, Yofe contestó en redes: “Me hago cargo de todo”.

Y ahora, para agitar cualquier fantasma se sumó un clásico del golpismo latinoamericano de los últimos años: los levantamientos policiales, en este caso en la provincia de Buenos Aires.

“No le creemos a los políticos”, sostiene uno de los dirigentes policiales y asegura que no les dará el aumento que se apresuró en anunciar el gobernador Axel Kicillof. El descontento policial se expande por todo el país, aunque no en todas las provincias hay espacio para las marchas y las protestas.

Una fuerza armada autogobernada, que hace caja sin necesidad de presupuestos oficiales, y descontenta es un problema, el mismo que ni el Estado nacional ni los provinciales han podido resolver desde 1983 a la fecha.

Justo un día después de que la cuenta oficial del Ejército Argentino lanzara un tuit con el recordatorio de dos soldados muertos en 1975, cuando ya se había desatado el operativo represivo del Estado aunque la dictadura aún no hubiese asumido. La conducción de la fuerza atinó después a borrar el posteo con disculpas, pero ya había surtido efecto.

Lo que llama la atención es que una ex asesora del Ministerio de Seguridad que lideraba Patricia Bullrich, Florencia Arietto, sostuvo el domingo que la Policía Bonaerense “está viendo de hacer algún tipo de movilización para pedir mejoras salariales”. Lo anunciaba un día antes de que efectivamente se produjera la manifestación que un sector de la Bonaerense llevó adelante frente a la Casa de Gobierno en La Plata.

El caldo de cultivo de problemas en plena pandemia se replica. Todo parece obedecer a un mismo patrón concentrado de poder económico, que maneja entre las sombras los tiempos, a través de los medios hegemónicos, para lograr el clima de descontrol que se agiganta desde las pantallas de todo tamaño.

La misma concentración que se agravó desde la llegada de la democracia y que ningún gobierno popular pudo, más allá de medidas puntuales, doblegar. Una ola cada vez más alta que parece extenderse no sólo sobre el gobierno, sino sobre las voluntades democráticas, y que también habrá que surfear.

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