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El Papá Noel del Shopping

Director de Arte, publicista, dibujante y escritor, Rodolfo Ochambela es el Papá Noel del Shopping El Portal desde hace tres años. "Los chicos están cada vez más preguntones, hay algunos pedidos desgarradores", dijo.

Por Santiago Baraldi /Fotos: Enrique Galletto  

Papá Noel existe, y en realidad se llama Rodolfo Ochambela. Está sentado en un gran trono, adornado con lucecitas y un inmenso pino detrás. Los chicos lo buscan: esperan ansiosos haciendo cola para sacarse una foto a su lado. Y los padres, apurados con las compras navideñas, hacen la última escala para que sus hijos se sienten sobre sus rodillas unos instantes para el retrato. En un descanso, Papá Noel, recibió en exclusiva a El Ciudadano: “La verdad que me creo esto de Papá Noel. Si no, no lo podría hacer”, confiesa. Con 68 años a cuestas, Ochambela tiene mucho más que un “jo-jo-jo”. Viene de un rico pasado, ligado al arte. Egresado de Bellas Artes, hizo su carrera en Buenos Aires trabajando como dibujante en prestigiosas agencias de publicidad, fue director de arte de la discográfica Emi Odeón y fue el responsable del diseño de tapa de los discos de Fito Páez, Juan Carlos Baglietto, Silvina Garré y de cada artista de la compañía. Trabajó cuatro años en Pol-Ka, también convocado para la dirección de arte y escenografía de las exitosas tiras de Adrián Suar Poliladron, Verdad Consecuencia, Carola Casini, Gasoleros, Vulnerables y Campeones. También incursionó en cine, teatro, “y hasta ópera”. Hace cinco años, haciendo una película en San Luis junto a Andrea del Boca, conoció a su segunda mujer, y junto a ella se radicó definitivamente, en lo que llama: “Mi lugar en el mundo”

— ¿Cómo empezó lo de Papá Noel? 

— En 2004 hacíamos unos micros para tele del Easy que conducía Alberto Martín y yo hacía toda la puesta en el aire. Un día el responsable de la agencia de publicidad, que me vio con mi pelo blanco y barba blanca, me preguntó si no me animaba hacer de Papá Noel en Unicenter. Creí que me estaba cargando, pero la plata era muy buena. Lo hice y me enganché terriblemente. La verdad que está bueno creerme que soy Papá Noel.

— ¿Y cómo llega a Rosario?

— Me contrata una agencia de publicidad de Buenos Aires que le vende mi trabajo al Portal. En 2008, cuando me negué a volver porque ya vivía en San Luis me dijeron de venir a Rosario y me enganché enseguida. Mi primera mujer es rosarina y hacía 25 años que no venía. Y me encantó cómo encontré a la ciudad.

— ¿Tiene algo preparado o cada día es una sorpresa?

— No tengo nada preparado especialmente. Dejo que la relación surja espontáneamente con los chicos, y me sorprenden gratamente

— ¿Cuál es la pregunta más frecuente de los chicos?

—Me hacen cada pregunta… Me meten en un brete, a veces transpiro como loco porque no sé qué decir. Los pibes de ahora son más preguntones. ¿Dónde está el trineo?, Dónde tenés los renos? ¿Cómo haces vos para entregar en una sola noche todos los juguetes en el mundo? Un nene me tiró de la barba y me dijo: “Papá Noel por allá hay un Papá Noel trucho que engaña a los chicos, hacele una magia…”. Y el otro día un nene me dice: “Papá Noel, hacé que Central sea campeón”. Yo le contesté: “No, milagros yo no hago”, y el papá se reía…

— ¿Cómo se hace para poder crear un vínculo de afecto en un ámbito como es un shopping, que está atravesado por lo comercial?

— Me gusta ver lo que pasa alrededor. Al estar sentado horas veo mucho y me gusta después escribir lo que me pasó en el día. Escribo guiones y también dibujo, lo que ocurre acá dentro me dispara historias. Veo al que le sobra la plata y al que hace tremendos esfuerzos para hacer un regalito a su hijo. Tengo una bolsa de caramelos y a esos pibes –yo me doy cuenta cuando los padres son laburantes que llegan cansados al shopping–  les doy más caramelitos o los abrazo más… Sé que está mal, que debería ser con todos igual, pero hay nenes malcriados o caprichosos que uno los ve bien vestidos, que uno sabe que lo tienen todo… Por ahí, está mal, pero les doy más tiempo a los otros nenes. No sé, hago lo que puedo. Tuve muchos años de militancia, tuve momentos en que la pasé mal. Soñaba con cambiar el mundo, ahora me conformo con darle algo bueno en la medida de mis posibilidades. Con un gesto, una palabra podés hacer bien también. Puede sonar como una gilada, pero es lo que siento: que los chicos tengan por un instante a alguien que los respeta.

—Los pibes suelen escribir cartitas pidiendo por algún juguete en particular. ¿Qué hace con esas  cartas?

— La mayoría viene con un papelito y me lo lee, me lo dejan y muchas veces busca la mirada del padre para que haya una complicidad. Pero también me han dejado cartas cerradas, tremendas, donde cuentan cosas dramáticas. Piden trabajo para el padre, o en otra que su mamá se cure porque tiene una enfermedad… Algunas son realmente desgarradoras. Estando en Unicenter, un día recibí una de estas cartas de un chico con tanta tristeza en la cara, que dolía. Cuando la leí no lo podía creer: el padre estaba preso, su mamá trabajaba en un geriátrico y no le pagaban, y su sueño era tener un trencito. A la mañana siguiente recorrí los negocios y me puse a manguear. Conseguí cuatro trenes, varios pan dulce, un montón de cosas. Por la noche me vestí y me fui a Beccar, de dónde era ese chico. Cuando toqué el timbre y dejé el bolso… No te puedo contar cómo lloraba ese chico y esa mamá… Esa carta aún la conservo.

—¿Cuál es el  primer impacto cuando tiene un chico enfrente suyo?

—Los chiquitos vienen, te abrazan y creen. A mi me gusta que crean, eso ayuda. Hago lo posible para que crean. Se cuelgan de la barba para ver si es de verdad, termino con la cara colorada de los tirones. Vienen chicos con algún tipo de retraso, que ya vienen siempre y me abrazan, se quedan unos minutos y me parto en dos mil pedazos, me vuelven a poner energía. Se crea un vínculo mágico con los chicos Down que te abrazan con una ternura y te digo que me gusta creérmela…Me gusta ser Papá Noel. Cuando me levanto tengo las piernas entumecidas, me cuesta caminar los primeros diez metros. Me enganché con este trabajo y lo voy a hacer mientras me dé el cuero. En este trabajo hay un compromiso, más allá de que cuando sean grandes ya no crean, no importa, hay una etapa de la vida en la que sí el chico tiene un recuerdo grato de este personaje, no me gustaría que me recuerden como un forro. 

—¿Cuántos chicos por día ve?

—Acá unos 700 por día. En Unicenter éramos dos y nos turnábamos, había hasta dos horas y media de cola, quedé arruinado. Yo veía y veo que otros Papá Noel a los chicos no les hablan, no los miran, no los tocan, y ése me parecía muy frío muy distante. Yo tengo otro concepto de la cosa, más allá de la fantasía. Me parece que a los chicos les hace bien un poco de fantasía, de ilusión, de creer. Y es algo que nos vendría bien a todos. Entonces los trato como Papá Noel, les doy caramelitos, los converso, los escucho, y por sobre todo, los miro a los ojos. Personalizo el saludo, ¿qué menos que eso puedo hacer?

—Muchas veces el problema son los padres y no los chicos…

—Totalmente. Hay padres insufribles,  no se ubican que hay chicos que no les gusta la imagen de Papá Noel, se asustan, y hay que respetarlos. Una vez me pasó que un papá tenía un nene que no debía tener más de dos años: lloraba como loco y no quería saber nada, no quería la foto. Y el tipo me lo tiró a mí para poder hacer la foto. ¡Sentate ahí, maricón!, le dijo. Y yo lo tuve que ubicar: “No, mire, no es maricón, está asustado. Llevelo”. No se daba cuenta que el chico no quería, que el corazón le latía a mil; al tipo lo único que le interesaba era la foto. Qué foto podía ser de su hijo a los llantos…

— ¿En la familia lo han convocado para ser Papá Noel?

— Tengo cinco hijos, seis nietos y estoy por ser bisabuelo, pero nunca les hice el Papá Noel a ellos. Porque cuando comencé con esto ellos, mis nietos, ya  estaban grandes. En San Luis, en el barrio donde vivo los chicos me dicen: “Ahí va Papá Noel…”. El 25 me recorto el pelo y la barba hasta junio, y de ahí ya no me afeito más para llegar a diciembre con la barba larga…

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