Coronavirus

El mundo post-cuarentena: ¿distopía o realidad aumentada?

Casi llegando a fin de este innoble 2020, no logro escapar de la tentación del balance que nos suele acosar por estas fechas y, en una suerte de incompleto resumen propongo un repaso por estas crónicas semanales, poniendo en relevancia las contradicciones, los intentos, los aciertos y desvaríos


Elisa Bearzotti

Especial para El Ciudadano

Durante 2020 estos escritos fueron acompañando el largo y fluctuante devenir de sucesos ocurridos en torno a la pandemia provocada por el covid-19. Con la humildad y esperanza de una botella arrojada al mar, las “crónicas de cuarentena” pretendieron arropar temores, contener incertidumbres y prestar un oído atento a las rebeldías propias y ajenas. Casi sin querer, se transformaron en un registro fidedigno de experiencias y sentires que se fueron anudando a lo largo del año, proponiendo un relevamiento de noticias locales, nacionales y mundiales, matizadas con las minúsculas anécdotas de la vida cotidiana, esas que construyen nuestra historia personal y le dan sentido a la propia existencia.

Si bien en ocasiones a todos nos pareció estar transitando una especie de limbo temporal –una figura que, utilizando una definición deportiva, podría ser caratulada como “time out” o “tiempo detenido”– lo cierto es que el encierro, las prohibiciones, la imposibilidad de proyectar a futuro generaron una dinámica de autopreservación creativa, donde nadie escatimó recursos para mantenerse en pie, recuperar la alegría, estimular vínculos y reducir daños “hasta que pase el coronavirus”, como aclara mi nieta Margarita, de 4 años, cuando sus deseos resultan irrealizables en el presente.

Ahora, casi llegando a fin de año, no logro escapar de la tentación del balance que nos suele acosar por estas fechas y, en una suerte de incompleto resumen propongo un repaso por algunos de los temas abordados por estas crónicas, poniendo en relevancia no sólo la falta sino también las contradicciones, los intentos, los aciertos y desvaríos del “año en que se detuvo el mundo”.

Desde el inicio y ante las noticias sobre la rápida expansión de la enfermedad, las autoridades de todo el mundo actuaron en un solo sentido: poniendo en marcha un plan de aislamiento. Con mayores o menores resistencias, casi la totalidad de los gobiernos optaron por proponer cuarentenas, toques de queda y establecer prohibiciones para reunirse y circular. Un avasallamiento tan brutal a los derechos civiles, si bien justificado por una situación excepcional, no podía dejar de provocar reacciones igualmente fuertes, dividiendo las aguas entre los defensores de las libertades individuales y quienes sostienen que los derechos colectivos, en estas circunstancias, asumen una importancia mayor.

Ya por abril, citábamos a algunos intelectuales discutiendo sobre la cuestión. Byung-Chul Han, filósofo y ensayista surcoreano que habita en Berlín y es ponderado como uno de los más lúcidos pensadores contemporáneos, encendía la chispa del debate, diciendo que la causa de la rápida reducción de daños que dejó el coronavirus en los países asiáticos era el eficiente control social que impera en ellos a través del big data (o vigilancia digital), siendo esto posible debido a la mentalidad autoritaria que subyace en su tradición cultural (confucionismo).

También Yuval Noah Harari, un filósofo e historiador israelí que no dudó en asegurar que la humanidad “está reescribiendo las reglas del juego”, afirmaba que hoy el planeta se encuentra frente a dos opciones: la “vigilancia totalitaria versus el empoderamiento de los ciudadanos”, y “el aislamiento nacionalista versus la solidaridad global”, dado que los gobiernos y corporaciones tienen a su disposición los instrumentos que podrían inclinar la balanza entre un proyecto de convivencia universal, o su opuesto.

Al menos en Occidente, las reacciones no se hicieron esperar. Algunos gobernantes se negaron de pleno a aceptar condicionamientos que representan sus opuestos ideológicos y, sin hacer caso a las recomendaciones de expertos y científicos, promovieron una suerte de “inmunidad de rebaño” que aún ahora se evidencia lejana e inaccesible. Los líderes de Estados Unidos, Brasil, Chile, Suecia, entre otros, han mostrado a las claras que no estaban dispuestos a renegar de sus principios, aún a costa de la salud de la población.

También en nuestro país aparecieron los grupos de resistencia, y ya para octubre se sucedían los “banderazos” y marchas “anticuarentena” que incorporaban consignas varias a los reclamos sobre el “bozal” impuesto a las libertades individuales: “Por la economía, la salud, la educación y la libertad”. Mientras, por la misma época, los profesionales de la sanidad solicitaban apretar el “botón rojo” para no seguir muriendo mientras cumplían sus tareas de rutina. Un dilema similar enfrentó en España a los líderes del Partido Popular con el Partido Socialista Obrero; en Francia al presidente Emmanuel Macron con una parte de la población que se expresó a través de marchas en las calles de París; y al secretario General de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Ghebreyesus, con uno de sus funcionarios, David Nabarro, quien afirmó que el confinamiento era una herramienta inútil para tratar la pandemia.

En este sentido, hay que decir que la emergencia sanitaria habilitó medidas de intervención social que se sumaron a las ya implementadas en prevención del terrorismo, y el mundo pareció inclinarse hacia modos de biopolítica nunca antes imaginados: control de fronteras, de movimientos, con cuerpos hospitalizados y aislados, encerrados, conectados a máquinas que habilitan una muerte en solitario. Finalmente, el virus también propuso el control del consumo, una suerte de neo-antropofagia capitalista.

Lo cierto es que las aplicaciones que bajamos a nuestros celulares para identificarnos y mostrar los permisos de circulación guardan un mapa de nuestra filiación, lugares visitados y hábitos. Y que una vez incorporadas a nuestras vidas, no vemos razón para descartarlas. De manera que los dispositivos de vigilancia digital, cada vez más sofisticados, han llegado para quedarse. Ojalá que el mundo del futuro no resulte una versión tan descarnada como las imaginadas por Ray Bradbury, Aldous Huxley o George Orwell. Y que las distopías sean sólo un hábil recurso literario para mostrar cuán oscuro, terrorífico y desigual puede volverse el planeta cuando dejamos el poder en manos de líderes innobles. Ojalá que esta vez ganen los buenos y el deseo de “despertar en un mundo agradable” se haga realidad apenas “pase el coronavirus”, como implora Margarita con sus inocentes 4 años.

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