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El milagroso Gauchito Gil tuvo su festejo en Rosario

En Rivarola y Circunvalación más de mil “promeseros” bailaron, pidieron y agradecieron a su “santo”.

En pleno barrio Godoy, desbordó la alegría por la veneración al “gaucho milagroso”.
En pleno barrio Godoy, desbordó la alegría por la veneración al “gaucho milagroso”.

Daniel Zecca

“A mi hijo lo sacó de la cárcel”, “tenía un cáncer jodido y ya no tiene nada”, “todo lo que pedí me lo concedió”, “la fe es lo que vale”, “yo le pedí trabajo y jamás me quedé sin pique”, “lo que pedís, te da”. Éstas son algunas de las frases más comunes que se escucharon ayer en el Centro Cultural Chamamecero Antonio Gil, de Rivarola y Circunvalación, un gran tinglado que se fue construyendo “de a poco”, según dice su gestora, Patricia, que no para de despachar empanadas, gaseosas y vino durante toda la tarde, preparándose para una noche que, como cada 8 de enero, será muy larga.

Más de veinte mesas en el interior del “santuario”, dispuestas de manera tal para no entorpecer la pista de baile, le dan un marco cálido a la demostración de fe de los devotos. Al fondo, subiendo una escalera, se puede ver la imagen del gaucho, de un metro setenta centímetros de altura, traída desde Mercedes (Corrientes) por Patricia en 2004. Junto a él se observan cintas rojas, velas encendidas, mensajes de agradecimiento, fotos, rosas, pequeñas estatuillas de santos, botellas y rosarios de todos los colores. En la entrada está Leticia. Ella vende velas, llaveros, cintas, pósters, banderas, carpetitas, almohadones. Todo con los colores y la imagen del gaucho. Quien quiera cumplir y haya venido con las manos vacías, seguramente no le faltarán opciones.

Sin duda las tradiciones del culto católico se entrelazan en esta devoción popular, tanto es así que la propia Patricia, la gestora del lugar y la que recibió las primeras muestras de fe allá por 2000 tiene un sueño que no se cansa de repetir a quien quiera escucharla: “Me gustaría que creciera hasta que lo reconozcan como santo, porque hizo muchos milagros. Nosotros ya lo creemos santo, pero la Iglesia todavía no. Quiero que sea uno de los apóstoles de Jesús” se emociona.

“Milagroso” es el remate que suele acompañar toda frase de agradecimiento a este gaucho cumplidor. Milagroso suena fuerte, con peso, con sustancia, cuando muchos labios curtidos por el sufrimiento pronuncian la palabra en derredor de una mesa donde se comparte todo, mientras en el centro bailarines con ojitos cerrados y cachetes pegados parecen volar sobre las baldosas, enamorados entre sí y enamorados del gauchito.

“Alegría” es la otra palabra presente aunque no se nombre. Una alegría que brota de saber que hay alguien, muy “gaucho”, que vela por sus intereses. Por los más chiquitos, como el de Maximina, que se compró el traje rojo del gauchito con la plata que ganó en la quiniela. De los más grandes, como el de Luisa, que ya no tiene rastros de un “cáncer jodido”. “Ellos lo recuerdan vivo –dice Patricia–, alegre, porque era un gaucho divertido, que está entre nosotros, que existe, que está vivo”.

Mientras pequeños milagros se producen sin pompa los grupos chamameceros se suceden unos a otros casi sin pausa. De vez en cuando puede sonar alguna cumbia, pero un “rato nada más”, aclara Patricia, quien además agrega que “muchos son rosarinos que vinieron desde Corrientes, Chaco, Misiones y Entre Ríos, de todas las clases sociales. Acá han venido médicos en autos importados, muy agradecidos con el gauchito y gente sin un peso”.

El rojo es el color que predomina en el lugar, embellecido con murales de Molina Campos en algunas paredes. Muchos tratan de vestirse como un verdadero gaucho, y a algunos se le nota que lo son. Todo en honor a él. Hay de todas las edades. Unos eligen bailar, otros rezar, otros comer, y hasta están los que se cortan el pelo, una de las promesas más extendidas en la devoción a Antonio Mamerto Gil Núñez, tal era su nombre completo.

“Vine a Rosario con el gauchito dentro del bolso. No tenía ni un peso”, dice César, de Goya, Corrientes, para luego aclarar que “ahora logramos tener todo, hasta un auto casi cero kilómetro”.

Cuando se piden razones de la devoción que acompaña a este gaucho correntino con historia parecida al Martín Fierro, más que palabras aparecen ojos agradecidos. Más que discursos asoman signos de consuelo. Tal vez sea suficiente.

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