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El indeleble golpe psíquico que ocasionan las catástrofes

Psicólogas especializadas en situaciones de emergencias y desastres analizan cómo se hace para seguir adelante.


¿Qué es una catástrofe? ¿Cómo afecta a las personas involucradas, directa o indirectamente? ¿Qué papel cumplen los equipos de psicólogos frente a estas situaciones, muchas veces inesperadas? ¿Cómo se preparan? ¿Cuáles son las herramientas con las que cuenta la psicología para ayudar a las personas que sufren la denominada neurosis pos-traumática? Lo más probable, es que uno nunca se haga estas preguntas. Sin embargo, es interesante pensar en una época tan mediatizada, donde todos ven en vivo y en directo –y durante días– las catástrofes que pasan en el mundo, en el propio país y hasta en la propia ciudad, qué es lo que sucede detrás de las tragedias.

Para la psicóloga Claudia Gómez Prieto, coordinadora del Programa de Salud Mental en Emergencias y Desastres de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA), los desastres son “eventos imprevistos, súbitos, de gran magnitud, que generan daños a los bienes y medios de vida de una comunidad, producen gran cantidad de damnificados que requieren atención médica afectando la movilización de recursos extraordinarios”.

En efecto, y desde la perspectiva de otra profesional, la psicóloga rosarina Adriana Tarrab, una catástrofe destruye la familiaridad con el lugar cotidiano. “Hay un antes y después del suceso, y depende de cada uno –y de los recursos con que cuenta– para que estos hechos sean más o menos traumáticos”.

Hay dos tipos de catástrofes: las provocadas por la acción u omisión del hombre (atentados, guerras) y las que son producto de fenómenos naturales, que escapan a su control (tsunamis, terremotos, huracanes). “Ambas tienen un rasgo en común: el sinsentido, aunque estos fenómenos sean previsibles y cíclicos. Las catástrofes afectan al individuo y a su entorno básico que son las redes de sostén”, señaló Tarrab.

En las personas que se ven afectadas por estos hechos, las catástrofes tienen un efecto traumático: dejan marcas en la psiquis ya que ésta no ha podido metabolizar lo que ha recibido. Las respuestas tienen que ver con miedos, pesadillas, pensamientos obsesivos y la ansiedad. “Estos perduran a través del tiempo y requieren de una tramitación a través de la palabra, de la posibilidad de un encuentro terapéutico que le ayude a construir recursos, sino los tiene, para poder seguir teniendo una merecida calidad de vida”, destacó la experta en el complejo tema.

Estos traumas pueden llamarse también “disruptivos”: “Son actos que irrumpen en forma violenta, instantánea, sorpresiva e impredecible. En el caso de los atentados, por ejemplo, tienen un alto contenido amenazador con un importante valor simbólico, las personas sienten que aunque nada pasa todo puede pasar. Hay un estado de alerta constante”, continuó la profesional.

Ningún caso de neurosis pos-traumática puede generalizarse, todo depende de la capacidad de “resiliencia, de seguir para adelante a pesar de las adversidades”, de cada persona. “Y esa capacidad tiene que ver con el haber tenido o no una estructura familiar, un sostén y eso muestra cómo te ayudan a seguir adelante”, añadió en esa línea Tarrab.

Visto eso, ¿con qué herramientas cuenta la psicología para ayudar a la población damnificada por una catástrofe? “El principal desafío que tenemos los psicólogos es salir de la comodidad del consultorio, de nuestro propio territorio, y atender las necesidades de la gente in situ. No es desde la insensibilidad o anestesia que debemos situarnos sino poder referir la propia experiencia en la que estamos atravesados para seguir viviendo y transmitir la pulsión de vida y la esperanza a pesar de todo”, señaló Tarrab.

Por su parte, en su texto denominado “Salud Mental en situaciones de desastre. Efectos psicológicos en los equipos intervinientes”, Claudia Gómez Prieto explica que, en la atención de Salud Mental en desastres, “se deben tomar en cuenta una gran variedad de problemas de alto contenido social (violencia intrafamiliar, dificultades habitacionales, pérdida de empleo, actos vandálicos, etcétera); problemas derivados de estas situaciones que muchas veces son atendidos en gran proporción por personal no especializado (empleados administrativos, funcionarios, agentes comunitarios, voluntarios) y que se constituyen en el primer contacto con la población, y son los primeros en brindar ayuda psicológica”.

En ese sentido, la rosarina Adriana Tarrab concluyó: “Es necesario que haya programas de intervención para evitar una segunda catástrofe. Para eso está el voluntarismo, que interfiere con la ayuda organizada y eficaz. Los psicólogos no deberíamos ser indiferentes a los acontecimientos dramáticos que ocurren a nuestro alrededor. Debemos ayudar a preservar la subjetividad del hombre en un mundo cada día más amenazante. Integrar la realidad social y la psíquica, preservando la singularidad de cada uno, parece una tarea imposible. Pero separarlas también lo es, y no sin efectos devastadores. La realidad social atraviesa las paredes de nuestros consultorios”.

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