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El impacto del Russiagate para Trump y Putin

Con la memoria fresca de la Guerra Fría y los recientes choques de posiciones en Medio Oriente, la sospecha de que Putin y el gobierno del Kremlin podrían haber intervenido en las elecciones cala profundamente los sentimientos nacionalistas norteamericanos.


A menos de un año de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca reina la polémica a los ojos del mundo. Al momento de la campaña presidencial, su estilo de liderazgo, sumado al contenido político de sus propuestas, generaron vaivenes en la política internacional: temas como la inmigración, el comercio internacional o la selección de alianzas estratégicas en los distintos escenarios regionales causaron un fuerte impacto a nivel global. Luego, al convertirse en Presidente, siguió fiel a su estilo en el tratamiento de temas altamente sensibles como la Guerra de Siria o la carrera de misiles con Corea del Norte.

En los últimos meses un nuevo escándalo se desató a partir del despido del Director del FBI, James Comey. Se conoció una investigación sobre posibles conexiones de la Federación Rusa con la administración Trump, que llamaron el Russiagate.

El inicio de este escándalo se puede remitir a febrero último, cuando el General Michael Flynn, ex asesor de la Casa Blanca en Seguridad, decidió renunciar ante el descubrimiento de intercambios de información doméstica entre asesores de Trump y Sergei Kislyak, embajador ruso en Washington. Asimismo, informes de Inteligencia de los Estados Unidos en enero ya sacaban a la luz el apoyo que Vladimir Putin y el gobierno del Kremlin dieron a Donald Trump por medio de una campaña de desprestigio hacia su adversaria, Hillary Clinton (posible hackeo del correo personal de la ex Secretaria de Estado).

Por lo cual esta dimisión se efectuó en consonancia con una fuerte presión del Congreso estadounidense y la opinión pública hacia el nuevo presidente, demandando explicaciones ante la acusación de una injerencia rusa en los asuntos internos de Estados Unidos.

En este escenario, el FBI emprendió una investigación para profundizar estos informes, y tras una evidente sugerencia del presidente para que Comey abandone dicha investigación, Trump decidió cesar al ex director de su cargo.

La presión del Congreso no tardó en resurgir, solicitando al FBI las grabaciones y memorandos entre el Presidente y el ex director, obteniendo el apoyo de varias agencias de gobiernos autónomos e incluso del propio Comité de Justicia nacional.

En la contracara, Trump sostiene que se trata de una “cacería de brujas” por parte del establishment político que apoyó a Hillary y los medios de comunicación, que intentan tergiversar la información para denostar su liderazgo.

Recientemente Paul Manafort, ex asesor de campaña de Trump, se entregó a las autoridades federales en el marco de nuevos descubrimientos en la causa. Similar camino ya había encontrado el esposo de su hija Ivanka, Jared Kushner, lo que implica directamente al círculo cercano de Trump en los encuentros con autoridades políticas y económicas rusas. Ya no se trata sólo de una sospecha, ahora se busca conocer el contenido de las reuniones y la información intercambiada.

Desde el Kremlin, Putin, apoyando a Trump, ofreció publicar la transcripción de la reunión en la Casa Blanca con Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores ruso, para disipar cualquier rumor inconsistente sobre este tema.

Sin embargo, el cese de Kislyak en la Embajada en Washington, tras 10 años en el cargo, aviva las especulaciones acerca de las conexiones.

El sucesor, Anatoly Antonov, proviene de la línea dura de la política exterior rusa: como ex viceministro de Defensa, fue uno de los principales actores responsables de la posición rusa en el conflicto en Ucrania, accionar que le costó una creciente tensión en el vecindario cercano y llevó a que la Unión Europea y la administración Obama decidieran establecer sanciones comerciales.

Sin duda la conexión entre Trump y Putin despierta crecientes resistencias en ambos escenarios domésticos: con la memoria fresca de la Guerra Fría y los recientes choques de posiciones en Medio Oriente, la sospecha de que Putin y el gobierno del Kremlin podrían haber intervenido en las elecciones cala profundamente los sentimientos nacionalistas norteamericanos.

Asimismo, la agencia Buzzfeed develó recientemente que el núcleo de la investigación estaba principalmente en una serie de transferencias de dinero por parte de empresas financieras ad hoc, entre 2012 y 2013, aparentemente relacionadas a la emergencia de la crisis en Ucrania de 2014 y el apoyo al ex Presidente ucraniano Viktor Yanukovich.

Si esto fuese comprobado, es altamente posible que la posición de la Unión Europea, en cuanto al accionar ruso en Ucrania, sea más intransigente, lo que comprometería la influencia directa y liderazgo de Rusia en los países post-soviéticos, sobre todo en cuanto a los lineamientos de política exterior y defensa.

En la última cumbre entre ambos mandatarios, en julio pasado, los temas principales fueron Siria y Ucrania.

En relación a la situación en Damasco, se acordó una tregua en el suroeste del país, que le permitió en los últimos meses al presidente Al Asad ganar posiciones sobre los territorios ocupados por el Isis. Este, quizás, fue uno de los puntos de negociación más deseados por Rusia, aliado clave del oficialismo sirio para mantenerse en el poder.

Por otro lado, en cuanto al conflicto en Kiev, los Jefes de Estado acordaron establecer un canal bilateral para la resolución de la problemática en el este del país.

Otro posible triunfo ruso, ya que al centrarse en la intervención de Estados Unidos como mediador (vale decir, un Estados Unidos más laxo en esta cuestión que en la era Obama), relegaría la posición de Alemania y Francia, quienes forman parte del Cuarteto de Normandía, conformado conjuntamente con Rusia y Ucrania para la solución pacífica de la contienda, y caracterizado por una posición más intolerante hacia el unilateralismo ruso en el tratamiento de esta cuestión.

Un ejemplo de ello fue la determinación de sanciones luego de la anexión rusa de Crimea, región que conformaba el espacio territorial ucraniano.

Un tema inconcluso en la relación bilateral es Irán. En el reciente viaje de Putin a Teherán, se acordó con el mandatario iraní, Al Jamenei, intensificar las relaciones bilaterales en cuanto a temas comerciales-financieros, así como con la crisis en Medio Oriente.

Esto es un punto de discordia con Estados Unidos, que decidió abandonar una política conciliadora con Irán y apostar a una campaña dura contra el programa nuclear iraní, llegando a catalogarlo como “estado canalla”. El esquema de alianzas diametralmente opuesto en Medio Oriente, con Estados Unidos y Arabia Saudita por un lado, y Rusia e Irán por el otro, podría convertirse en un foco de conflicto indirecto entre ambas potencias.

Los próximos meses serán trascendentales en dos vías: por un lado, el desarrollo de la causa puede (o no) comprometer a Trump, lo que pone en consideración un posible proceso de impeachment y una decreciente imagen en la opinión pública internacional.

Por otro lado, se determinará el margen de maniobra que Putin tendrá en el vecindario cercano, sobre todo en el devenir de la guerra civil en Ucrania así como el accionar que Estados Unidos y la Unión Europea tienen en el vecindario ruso cercano, considerando la pertenencia de los Estados Bálticos y países de Europa del Este, como Polonia o Hungría, en la Otan y la consideración de posibles nuevas candidaturas para este esquema de defensa colectiva en el espacio post-soviético.

(*) Licenciada en Relaciones Internacionales (UNR), docente adscripta en la UNR y la UCA

Espacio de colaboración entre este diario y la Escuela de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales para promover la reflexión y opinión de los asuntos globales.