Opiniones

Felinos célebres

El gato, el mejor amo del hombre

A través de la historia y en todo el mundo, numerosas personalidades de las artes, la ciencia y la política prodigaron amor y veneración a los entrañables mininos.


Personalidades de todos los ámbitos amaron a sus gatos. Ilustración: Arte El Ciudadano.

“El día que nací había un gato esperando al otro lado de la puerta”. La cita del inolvidable Gordo Osvaldo Soriano es el disparador de esta columna, que hoy no está dedicada a una efeméride ni a un ser humano. A diferencia de otros sábados, esta vez hablaremos sobre el que tal vez no sea el “mejor amigo” del hombre –título ya otorgado al perro– pero que puede llegar a ser su más fascinante y majestuoso compañero y, por qué no, su mejor amo: el gato.

Tal vez esa fascinación que despiertan los gatos tenga que ver con la sentencia de Marcel Mauss: “El gato es el único animal que ha logrado domesticar al hombre”.

Albert Schweitzer fue incluso más allá: “El hombre tiene dos medios para refugiarse de las miserias de la vida: la música y los gatos”. Y el premio Nobel de la Paz en 1952 sabía de qué hablaba, ya que llevó consigo a su gata Suzi a África, donde fue adorada como una diosa.

A su turno, otro premio Nobel (de Literatura en 1925), George Bernard Shaw, sostuvo: “El hombre es civilizado en la medida que comprende a un gato”.

También Leonardo da Vinci dijo lo suyo sobre los felinos: “El más pequeño gato es una obra maestra”.

 

Mininos célebres

Es que a lo largo de la historia personalidades de las artes, la ciencia y la política prodigaron amor y veneración a los gatos.

La reina Cleopatra sentía adoración por su gata Charmaine. El profeta Mahoma, fundador del Islam, tuvo muchos gatos y su favorito era Muezza. El emperador japonés Ichijo encarceló al dueño de un perro que corrió a su gata Myobu No Omoto, y la emperatriz bizantina Zoe alimentaba al suyo en un plato de oro.

A su turno, Guillermo IX de Aquitania dijo: “La elegancia quiso cuerpo y vida, por eso se transformó en gato”.

El cardenal Richelieu vivía con 14 gatos, uno de los cuales, negro como el carbón, se llamaba Lucifer. Otro, Gaceta, orinaba sobre los invitados que le desagradaban. Píramo y Tisbe dormían con las patitas entrelazadas. Otros felinos del cardenal fueron Serpolet, Sumiso, Ludovico el Cruel y Peluquín. Y eran reverenciados hasta por el rey de Francia.

Famosa también es la frase de Víctor Hugo: “Dios hizo el gato para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre”.

Por su parte, Charles Dickens no salía de su asombro cuando su “gato” William parió una numerosa camada, y tuvo que rebautizarlo como Wilhelmina.

La célebre Florence Nightingale fue enfermera en la Guerra de Crimea con sus gatos Bismarck, Gladstone, Disraeli y Houri. Mientras que la gata favorita de la reina Victoria era una persa llamada White Heather, que la sobrevivió y vivió en el palacio de Buckingham con su sucesor, Eduardo VII.

También en Inglaterra, una de las preocupaciones del primer ministro Winston Churchill era poner a salvo a su gato Jock durante los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial. El gato asistía a las reuniones oficiales, y aunque a Churchill le decían “el bulldog”, escribió: “Los perros nos miran como sus dioses, los caballos como sus iguales, pero los gatos nos miran como sus súbditos”.

También en el Nº 10 de Downing Street, cuando el laborista Harold Wilson fue premier y su gato Nemo era uno más del gabinete, le preguntaron al embajador italiano qué le gustaría ser si volviera a nacer. Con una sonrisa, contestó: “Me gustaría ser gato en Londres”.

 

Larry, the cat

En 2016, uno de los asuntos que preocuparon a los británicos tras el Brexit fue el destino del gato Larry, que es desde 2011 el “ratonero jefe” de la residencia oficial del primer ministro.

La llegada de Theresa May al poder en reemplazo de David Cameron no significó que el animal tuviera que abandonar el que fue su hogar en los últimos años. “Larry es un funcionario público y no pertenece a la familia Cameron, así que se quedará donde está”, tuvo que salir a aclarar en su momento un vocero de la oficina del gabinete británico.

Es que, desde hace casi un siglo, es tradición que un gato solucione los problemas de ratones que sufre el 10 de Downing Street. El cargo va acompañado de un pago de 100 libras al año (120 euros). Además de su sueldo, Larry recibe regalos procedentes de todos los rincones del país. Su perfil oficial publicado en la web de gobierno del Reino Unido explica que fue rescatado del centro de acogida de animales Battersea Dogs & Cats Home. Entre sus funciones se encuentran la de recibir a los invitados y “probar muebles antiguos para la calidad de sus siestas”, mientras que su captura de ratones “se mantiene todavía en fase de planificación táctica”, recuerda la web. El minino hasta tiene su cuenta de Twitter @Number10cat, que a la fecha tiene 162 mil seguidores.

 

Gatos, barras y estrellas

En Estados Unidos la historia con los gatos no fue diferente. El presidente Abraham Lincoln asignó a su gato Tabby la custodia de su hijo Tad, y Theodore Roosevelt conversaba con Tom y Zapatillas. Cuando Tiger, el callejero adoptado por John Calvin Coolidge se perdió, el presidente norteamericano, que andaba con el gato enroscado en el cuello como una bufanda, ofreció una recompensa.

En tanto, a la muerte de Tom Kitten, el gato de John Fitzgerald Kennedy, se publicó en un diario de Washington: “Contrariamente a los humanos en su posición, Kitten no escribió sus memorias ni buscó sacar provecho de su estancia en la Casa Blanca”.

Pero el gato más famoso de la Casa Blanca fue sin dudas el de la familia Clinton: Socks (Calcetines, Medias), que llegó a recibir más de 100.000 cartas de fans al año durante los dos períodos de gobierno del demócrata Bill Clinton.

Precisamente, el Día Internacional del Gato se conmemora cada 20 de febrero desde hace unos años en homenaje al fallecimiento de Socks, la emblemática mascota de la familia Clinton que habitó en la Casa Blanca durante los ocho años de mandato de Bill Clinton y se convirtió en una verdadera celebridad de cuatro patas.

El gato Socks era un minino bicolor (blanco y negro) que nació en marzo de 1989 y fue la única mascota de los Clinton durante los primeros años de la administración demócrata en la Casa Blanca.

Socks fue uno de los pocos gatos en entrar al Salón Oval de la Casa Blanca, dominada mayormente por las mascotas caninas. El gato de los Clinton se hizo famoso por su belleza y por las peleas con el perro Buddy, una vez que la familia presidencial adoptó también a esa otra mascota. Pero la popularidad de Socks fue incomparable y llegó a recibir más de 100.000 cartas de fans al año.

Después de que Bill Clinton dejó la Presidencia y él su esposa Hillary y su hija Chelsea debieron mudarse de la Casa Blanca, Socks residió en casa de su secretaria Betty Currie, debido a las constantes peleas con el perro Buddy.

Su muerte, el 20 de febrero de 2009, causó gran impacto en las redes sociales Facebook y Twitter, y se convirtió en un fenómeno viral. Así nació la idea de conmemorar en esa fecha el Día Internacional del Gato en homenaje al popular Socks. El objetivo: ayudar a estos cariñosos mininos y también alertar sobre su abandono.

Con el paso de los años las redes sociales se apropiaron de esta fecha con la intención de que los felinos tuvieran su propio día.

 

De Mussolini a Neruda

Otros líderes mundiales gateros fueron el dictador italiano Benito Mussolini, el mandamás soviético Josef Stalin y el general héroe de la resistencia y luego presidente francés Charles de Gaulle.

Entre los pintores, se destacaron Pablo Picasso con su gato Claude, Paul Klee con Bimbo, y Salvador Dalí, quien tuvo varios felinos.

A la hora de hablar de músicos amantes de los gatos, la lista es larga y está integrada por los cuatro integrantes de Los Beatles, Freddie Mercury, el premio Nobel de literatura Bob Dylan, Jean Michel Jarre, Frank Zappa, Kurt Cobain, Morrissey, Joaquín Sabina, Joan Baez, Madonna, David Bowie, Michael Jackson y Amy Winehouse, entre muchos otros.

Entre los escritores la lista es interminable: Lope de Vega, Lord Byron, Théophile Gautier, Edgar Allan Poe, Walter Scott, Charles Baudelaire, Rudyard Kipling, Federico García Lorca, T.S. Eliot, Colette, Raymond Chandler, Truman Capote, y Ray Bradbury, son sólo algunos entre muchos.

Herman Hesse adoraba a su gato Lowe. Jean Cocteau escribió: “Si yo prefiero los gatos a los perros es porque no hay gatos policías”. Ernest Hemingway (vivía con cientos de gatos, entre ellos, Colón), Gore Vidal, Patricia Highsmith, Italo Calvino, Stephen King, Juan L. Ortiz, Jorge Luis Borges (con sus gatos Beppo y Odín), Julio Cortázar (con sus gatos Flanelle y Teodoro Adorno), Manuel Mujica Láinez y Haruki Murakami también integran la pléyade de fanáticos de los gatos.

Quizás sea porque, como dijo Aldous Huxley: “Si quieres escribir sobre seres humanos, lo mejor que puedes tener en casa es un gato”.

Mientras que el siempre ácido Mark Twain sostuvo: “Si fuera posible cruzar a un hombre con un gato, mejoraría el hombre, pero se deterioraría el gato”. Y qué decir de la “Oda al gato” del chileno Pablo Neruda: “Oh pequeño/ emperador sin orbe,/ conquistador sin patria,/ mínimo tigre de salón,/ nupcial/ sultán del cielo/ de las tejas eróticas…”.

 

Borges: Beppo y Odín

Dos de los más grandes escritores argentinos del siglo XX, Jorge Luis Borges y Julio Florencio Cortázar, compartieron su pasión por los gatos. El autor de Rayuela tuvo en París dos mascotas que recibieron mimo sin medida: Teodoro Adorno (como el filósofo y sociólogo alemán), macho, y Flanelle (“franela” en francés), hembra.

En Buenos Aires, Borges también amó a dos gatos: Odín y Beppo. El primero era atigrado y se llamaba como el dios principal de la mitología y del paganismo nórdico. Al segundo, totalmente blanco y a la postre más famoso, se lo había regalado una de las mujeres que trabajaba en la casa del autor de Historia universal de la infamia.

La hija de esta señora lo había bautizado Pepo, pero Borges escuchó el nombre y, como llevaba siempre las cosas al molino de la literatura, exclamó, encantado: “¡Ah, Beppo, el gato de Byron!”.

“El gato se llamaba Pepo. Imagínese, un nombre horrible. Entonces yo lo bauticé Beppo, como un personaje de Byron y el gato no se enteró y siguió viviendo”; era la explicación que solía repetir Borges sobre el nombre de su entrañable amigo.

 

Cortázar: Flanelle y Teodoro Adorno

Cuentan sus amigos que cuando no lo veían conectado a una radio en la transmisión de un cotejo de boxeo encontraban a Julio Cortázar amarrado a sus gatos.

El narrador había entablado una especial relación con los mininos desde la niñez. En la casa de Banfield, a las afueras de Buenos Aires, gatos era lo que más había.

Pero en la vida de Cortázar hubo dos mascotas que recibieron mimo sin medida: Teodoro Adorno, macho, y Flanelle, hembra. El primero había recibido el nombre en homenaje al homónimo filósofo marxista y sociólogo alemán. Nacido en 1903 y muerto en 1969, Adorno (el hombre) fue uno de los principales exponentes de la Escuela de Frankfurt, ciudad de donde era oriundo.

Pero de los dos gatos, Flanelle era la consentida. Cortázar la perdía entre sus brazos, adoraba la tersura de su pelaje, como si fuese una franela (en francés, flanelle). Entre Cortázar y Flanelle había fidelidad. Sus compañeras, incluso, llegaron a confesar celos. Cuento alusivo a esta unión es “Orientación de los gatos”, en Queremos tanto a Glenda (1980).

El Gordo Soriano, otro escritor argentino “becado” a París por la última dictadura, solía cuidar de la gata, mientras Cortázar y su tercera pareja y segunda esposa, la canadiense Carol Dunlop, viajaban por Centroamérica, o cuando iban de París a Marsella para el viaje de Los autonautas de la cosmopista (1982). Pero los años vencieron a Flanelle y murió. El Gordo Soriano distinguió en la circunstancia un sino. Poco tiempo después falleció Carol y en su ausencia Cortázar empezó su ocaso.

Para terminar esta columna gatuna –porque mis gatitas Tata y Luna reclaman insistentemente mi atención–, les dejo una frase de autor anónimo que muchos suscribimos (y al escribirla pienso en el reencuentro con nuestra querida e inolvidable Manchitas): “El paraíso jamás será paraíso a no ser que mis gatos estén ahí esperándome”.

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