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Opinión

El fracaso de la política: un barquito de papel se lleva un ministro y trae a un policía

Un viejo policía para un ministerio estallado por la muerte. Con cárceles repletas de pobres en situación de hacinamiento que demuestran cómo funciona la Justicia con juicios exprés e investigaciones que si bien logran detenidos, también descalabran un territorio y generan más muerte


Este miércoles juró Rubén Rimoldi al frente de la cartera de Seguridad de la provincia de Santa Fe y con él se instala por primera vez un comisario en ese lugar que la democracia siempre le reservó a un civil. En una ciudad jaqueada por la muerte de hombres, mujeres, niñas y niños en los barrios populares, el ex ministro Jorge Lagna se va después de una serie de pintadas contra emblemáticos espacios de la ciudad que ganaron la prensa nacional y disgustaron al poder político.

Luego de doce años de gestión socialista, el gobierno de Omar Perotti arrancó con la necesidad de reformar la Policía, con leyes que esperan su sanción en la Legislatura que vinieron de la mano de Marcelo Sain, el renunciado ministro al que hoy se investiga por una causa de espionaje y una licitación de armas, pero fue removido de su cargo por su verborragia pública en contra de los propios santafesinos. Qué va a hacer Rimoldi, cuál es la receta mágica que hará que Rosario y Santa Fe dejen tener tasas latinoamericanas de homicidios. No se sabe. Pocas palabras dijo el gobernador.

En épocas de Hermes Binner al frente de la Casa Gris se había anticipado la asunción como número dos del Ministerio del ex subjefe de la Unidad Regional II de Rosario, José Luis Giacometti, pero finalmente el gobernador sólo puso en funciones al abogado santafesino Álvaro Gaviola como ministro, en reemplazo de Daniel Cuenca.

Era 2009 y los problemas de seguridad no eran tan graves. Pero comenzaban a serlo. No estaba claro para qué lado iba la política de seguridad, como salvo escasas excepciones nunca estuvo claro en las últimas décadas. En ese momento, a la idea progresista de tener una política de seguridad democrática con un ministro como el abogado Daniel Cuenca, y una segunda línea de criminólogos y abogados especializados, le siguió Gaviola, que más nada que poco tenía que ver con esa cartera, y el comisario Giacometti finalmente nunca pudo jurar con la amenaza de renuncia de toda aquella segunda línea.

Pero ese tímido intento de la primera mitad del gobierno de Binner pronto se echó por la borda con la gestión Gaviola, que mucho se pareció a un autogobierno de uniformados, y dinamitó cualquier intento de cambio posterior.

De ahí en más nunca se logró consolidar un rumbo que atacara los problemas de seguridad más allá de intentar ordenar la fuerza de seguridad y que dejó que crecieran generaciones de pibes en los barrios sin la presencia del Estado necesaria, esa que incluye y da oportunidades.

Cada vez que la seguridad falla y los homicidios se acumulan viene Gendarmería. Fue una máxima en los últimos años, e incluso vinieron gendarmes como funcionarios de Seguridad. Más allá de calmar en forma transitoria los barrios, quedó a la vista que poner ex uniformados o civiles a cargo de la Policía sin una política clara no trae una solución.

Es difícil comparar los distintos momentos de la seguridad en Rosario que pasó de ser la ciudad que en los 90 ostentaba la menor cantidad de homicidios por habitantes, para una urbe de su tamaño, a la de mayor tasa de asesinatos en tan sólo una década. Cambió la criminalidad, pero también la Policía.

Entre declamaciones de progresismo y falta de resultados, quedó sobre la mesa la el traspié en la conducción política, lo que sólo profundizó una Policía no sólo recaudadora y autogobernada, de la que el poder político no es ajeno, sino también atomizada en su desregulación del delito: ventanillas de peaje cada vez más numerosas que no hacen más que potenciar las muertes en los territorios.

Salvo algunos momentos de Roberto Rosúa al frente de la Seguridad como ministro de Gobierno, los tímidos y breves trayectos del mencionado Cuenca y de Leandro Corti, y también al menos en lo declamativo Marcelo Sain, siempre las hipotéticas soluciones vinieron de la mano de más punitivismo y menos control político sobre la fuerza: más policías, más gendarmes, más fiscales, más cárceles y cero prevención.

Algunas experiencias fueron buenas y no duraron en el tiempo. En épocas de Miguel Lifschitz se intervino en los barrios Grandoli, Municipal y el Fonavi de Lola Mora e Hipócrates en plena era de balaceras y muerte: se pudo calmar el barrio, pero estas políticas no se sostuvieron en el tiempo.

También en la misma época se rescata la experiencia del programa Nueva Oportunidad, un proyecto inclusivo que logró bajar la tasa de homicidios en las zonas más complejas, pero tampoco duró, al menos en su concepción y magnitud. Era una fuerte presencia del Estado en los barrios de una manera distinta de la que se vio antes y se observó después.

Que un policía asuma al frente del Ministerio de Seguridad no es el problema. El problema es que en las últimas décadas perdió la política. Por supuesto que molesta la actitud del flamante ministro cuando estaba en Casilda hace una década e intervino en la tradicional marcha del 24 de Marzo como funcionario de seguridad municipal. Pero el problema es qué cambia. Cuál es la solución. Cómo se hace para que se combata la muerte, ese dolor que desangra los barrios. Ese dolor que no llega a molestar como las pintadas en un barquito y en el frente de la Municipalidad.

Un viejo policía para un ministerio estallado por la muerte. Con cárceles repletas de pobres en situación de hacinamiento que demuestran cómo funciona la Justicia, con juicios exprés e investigaciones que si bien logran hacer número, también descalabran territorios y generan más muerte. No hay una política integral donde se trabaje en forma conjunta como Estado, exigiendo el aporte de la Nación en una problemática que desde hace rato excede el territorio santafesino, conduciendo a la Policía pero también conteniendo a los vecinos y a las vecinas. Un diagnóstico que pueda exceder las declamaciones y los lugares comunes para determinar cómo abordar una situación cada vez más compleja y que sigue mostrando la falta total de rumbo.

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