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El estigma del “patito feo”

Hans Christian Andersen escribió en 1845 “El patito feo”. Pocas historias han logrado crear la imagen de la orfandad con tanta épica y animar a varias generaciones sucesivas de seres “extraños” a resistir hasta encontrar a los suyos


María Beatriz Gentile *

 

Hans Christian Andersen escribió en 1845 “El patito feo”. Pocas historias han logrado crear la imagen de la orfandad con tanta épica y animar a varias generaciones sucesivas de seres “extraños” a resistir hasta encontrar a los suyos.

El patito feo vive un exilio. No tiene, no encuentra, sentido de pertenencia. Sus características lo hacen inaceptable para los demás porque no se asemeja a ellos. Su plumaje es más oscuro y su tamaño sobresale; puede nadar pero es torpe y cuando grazna el sonido es tan grave que asusta. Atacado por sus hermanos, rechazado por su mamá pata y desterrado por la burla y la furia de la comunidad comenzará a vagar de un lado a otro a la espera de que alguien lo asile. Y al buscar en los lugares equivocados aceptación y afecto pondrá en riesgo su propia existencia.

Quien realizó, hace tiempo, una extraordinaria lectura de esta historia en clave de cultura patriarcal fue la narradora y analista Clarisa Pinkola Estés. Toda mujer-niña es desterrada por las mismas razones que el patito, porque no encaja en una comunidad que espera de ella la imagen y conducta elaborada por los deseos de los otros.

Lo que sucedió en estos últimos días con la denuncia de la actriz Thelma Fardin –que en una gira de la obra precisamente llamada ‘Patito Feo’ fue víctima de una violación– remite a todo esto. Pero además complejiza la cuestión al tocar un tema-tabú que las sociedades siguen considerando erráticamente, como es la agresión sexual.

Así también se observa en Chile, donde la iniciativa de rebautizar el aeropuerto internacional con el nombre del escritor Pablo Neruda, fue cuestionada por organizaciones sociales y feministas al considerar la confesión que el poeta hiciera sobre la violación de una joven en Ceilán (actualmente Sri Lanka) en 1929, cuando era diplomático en aquel país. En su autobiografía “Confieso que he vivido” Neruda escribió: “Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré a la cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. (…) El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

Si en el vecino país la reacción fue demonizar a quienes denuncian esto y proponen el nombre de Gabriela Mistral –también premio Nobel de Literatura– para dicho aeropuerto, en Argentina, a pesar de la enorme repercusión y apoyo que ha obtenido la joven actriz, también ha comenzado la campaña de desprestigio y fabulación mediática.

Como en el cuento, el coro acusador de la granja sostiene que a un genio de las letras se le puede perdonar todo y que quien debe demostrar no haber hecho nada para merecer semejante violencia es la víctima y no el criminal.

El esfuerzo que el Movimiento de Mujeres viene haciendo por desmantelar los dispositivos de dominación y discriminación vigentes encuentra en este punto una resistencia atávica. Cultural, social y mediáticamente es la “honestidad” de la víctima el requisito que se exige para considerar un acto como agresión sexual, cuando en realidad todo acto sexual sin el consentimiento de las partes involucradas es por definición una violación.

El bien jurídicamente protegido es el de la libertad sexual y no la virginidad, ni la honestidad, ni cualquier otro.

A diferencia de otros cuentos, en “El patito feo” lo fortuito y el azar intervienen poco. No hay hadas madrinas, ni varitas mágicas, ni dones especiales. La magia sólo ocurrirá cuando el patito desafíe el aislamiento y la condena y experimente su propio ser, para poder luego verse en otros semejantes y descubrirse, ya no pato sino cisne.

Por eso es que no hay patitos feos, siempre se fue cisne. Se trata de no perderse en el deseo ajeno, encontrarse con los propios, desplegar las alas y levantar vuelo.

 

(*) Historiadora, ex delegada de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue. [email protected]

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