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El estigma de la Magnasco

Por: Santiago Baraldi

La Escuela Industrial Nº 288 Osvaldo Magnasco, de Zeballos y Ovidio Lagos, carga con una pesada herencia: haber sido un centro clandestino de detención en la última dictadura militar. En el verano del 78, dieciséis personas sufrieron tormentos en una de sus aulas. El estigma sigue aún y provoca escalofríos ver un Ford Falcón, de aquella época, con el que los alumnos de hoy arman y desarman su motor como parte de los trabajos prácticos. “En aquellos años, traían vehículos descompuestos y los alumnos no tenían idea que estaba reparando autos que servían para secuestrar, hay ex docentes que saben mucho pero no quieren hablar, ellos ya no están, pero desde la nueva dirección ahora hablamos de lo que fue la Magnasco”, señala la profesora de lengua Sonia Valladares. Los docentes reciben a El Ciudadano en su salón de reunión y en medio de la charla, señalan la pequeña puerta que está tapada por un pesado ropero: “por ahí ingresaban a los detenidos”, agrega la docente sobre el dato que fuera confirmado por el represor Pascual Guerrieri reconoció el lugar en noviembre del 2009.

Néstor Bertotti fue el director de la Magnasco y desde las organismos de derechos humanos aseguran que participó en secuestros, torturas y fusilamientos y perteneció a personal civil de inteligencia. Según testimonios de ex docentes Bertotti coleccionaba armas y era “muy común verlo limpiar sus pistolas en su escritorio, era una manera de amedrentar, era muy ordenado y educado, tenía dos caras”, agrega Valladares y relata: “Los alumnos de aquellos años desconocían totalmente lo que pasaba acá. Los chicos en los talleres maquillaban autos, se cambiaban motores… los talleres de la Magnasco fueron un engranaje más del sistema, pero los chicos no lo sabían. Hubo gente de la escuela que fue partícipe y que sabía perfectamente lo que estaba pasando, el tema es que nadie quiere hablar… Nunca logramos institucionalmente que haya una reunión con ex docentes y nos cuenten”.

“Ah, ustedes son de la Magnasco”

La profesora de Lengua eligió, para conmemorar el 24 de marzo, leer con los alumnos textos de autores prohibidos y discutir por qué no estaban en las bibliotecas y qué ocurrió con sus vidas: “Pero también pasó que cuando hablamos de las Madres de Plaza de Mayo uno de los alumnos dijo: «Esas viejas vendidas» y discutimos por qué cree eso. Así como tenemos libertad los maestros para trabajar la fecha, los chicos también hacen sus cuestionamientos. Pero también, a los chicos, cuando salen de la escuela, les jode que les digan: «Ah,  ustedes son de la Magnasco, donde torturaban». Uno de los chicos contestó molesto: «Sí, los otros días encontramos un hueso…». Fue irreverente, pero están cansados de que los identifiquen por algo que ellos no tuvieron nada que ver.”

El profesor de historia Vicente Dalonso, encargado del acto en el establecimiento, agregó: “Ahora tenemos libertad para que cada docente toque el tema, la fecha está instituida en el calendario escolar y desde el ministerio nos dan los materiales; si no querés hablar del tema es una manera de marcar una posición. Hay chicos con inquietudes porque en su casa hablan del tema o ya tienen una formación y preguntan qué pasó acá, a otros chicos no les importa y hay chicos que les molesta que permanentemente se hable de la escuela, porque nosotros somos otros, la Magnasco es otra y no somos responsables de ese pasado”. 

“Enseñar que nos afectó a todos”

Debido al gran ausentismo por la lluvia de ayer, el acto se pasó para el miércoles que viene. Dalonso apunta que le gusta hablar con los alumnos “sobre cómo y por qué llegamos a ese 24 de marzo. Para el acto, que armaron los propios alumnos después de discutir los materiales que nos llegaron del ministerio, hay interés, se condena el pasado pero el tema de la inseguridad que hoy está en boga lo comparan con aquella época, como que había más seguridad. Lo que encaramos para el acto es que los testimonios no sean exactamente de gente desaparecida o torturada, sino demostrar que la dictadura afectó a toda la sociedad. Tenemos relatos de chicos, que les pasó algo a su familia, ahora, en democracia, y que no estaban vinculados a la participación política directamente. Los chicos prepararon dos relatos donde, por ejemplo, el abuelo de uno de ellos, sindicalista, fue detenido por participar en una empresa recuperada; el otro gira en torno a una familia que asistía a un velatorio y fue detenida porque a la Policía les parecían caras sospechosas. La idea es ver lo que han sido las dictaduras en nuestro país y cómo afectó a toda la sociedad; en los actos tratamos que no sean tan ortodoxos, queremos que los chicos reciban la información que no sea sesgada. Trabajamos sobre el miedo, porque es el que después termina justificando cualquier cosa y eso termina siendo un buen disparador para hablar con los alumnos y discutir”.

Marcela Parola, también docente de Lengua, señala que “hubo un tiempo en que en la escuela había gente trabajando que había participado por acción o por omisión de aquel momento. La línea del establecimiento era no tocar el tema. En su momento la escuela recibió mucha agresión con pintadas, pancartas, afiches, incluso nos llegaron a tapiar el ingreso. Recuerdo que propuse hacer un trabajo institucional y blanquear el tema, asumirlo, pero a la dirección anterior no le pareció correcto; ahora cambió. Incluso estamos con el proyecto de hacer un mural para tener memoria y no repetir errores pasados, pero muchas veces la saturación de información empacha y produce un efecto contrario en los chicos”, finalizó la docente.

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