Opiniones

Historia de ayer, economía de hoy

El Día de la Soberanía Nacional no está solamente para ser feriado

El 20 de noviembre de 1845 sobre las aguas del Paraná frente a la Vuelta de Obligado se libró una batalla épica: no había chance alguna de victoria contra las cañoneras de Inglaterra y Francia, las máximas potencias navales de la época mundo, pero se sembró un hito para la resistencia de los pueblos


Esteban Guida

Fundación Pueblos del Sur (*)

Especial para El Ciudadano

El 20 de noviembre los argentinos celebramos el Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración de la Batalla de la Vuelta de Obligado, que sucedió en el año 1845 sobre el río Paraná, en las cercanías de la ciudad de San Pedro.
A propósito de la habitual falta de conocimiento acerca de nuestra propia historia, el día se conmemoró con un feriado nacional sin actos oficiales destacados ni compromiso de la dirigencia por recordar aquellos sucesos. Esto es lamentable, porque nunca haremos de la Argentina un país digno de vivir para todos sus habitantes si primero no logramos ser una Nación verdaderamente soberana.
De todas formas, en los medios de comunicación y ámbitos de debate se ha puesto el énfasis en el hecho heroico de una batalla que doblegó la fuerza de las dos potencias marítimas y militares más importantes de aquella época, como lo eran Francia y Gran Bretaña. Pero llamativamente no se ha omitido el debido énfasis en el hecho económico subyacente a ese conflicto y a todos los que se generaron desde 1810 en vista de los poderes en pugna a partir del ocaso del poder español.
En la disputa se encontraban, por un lado, Gran Bretaña y Francia, que ya venían introduciendo sus manufacturas a través del puerto de Buenos Aires, pero querían aumentar su influencia económica ingresando río adentro sin restricciones para vender sus productos en los mercados de la Mesopotamia. Pero por el otro se ubicaba un pueblo que venía desarrollando una incipiente industria nacional, y que veía en la introducción de bienes foráneos una verdadera amenaza a su desarrollo. Si entraban productos con mayor tecnología y a menor costo, peligraban las fuentes de trabajo y las chances de sostener la producción local de manufacturas. Pero esto no era solamente un juego de intereses sectoriales, puesto que el libre cambio impedía el proceso de industrialización, aspecto imprescindible para alcanzar un mayor grado de desarrollo y una cuota adicional de poder respecto a otros países.
Esta contradicción de intereses nacionales y foráneos (bien representados localmente por una élite gubernamental entreguista y connivente) había entrado en serio conflicto en el año 1835, cuando Juan Manuel de Rosas dictó la ley de Aduanas, que imponía aranceles a los productos extranjeros en clara atención al interés de las provincias que estaban desarrollando una protoindustria, y enfrentando la orientación aperturista y librecambista que se había dado desde 1825 por manos de los gobiernos locales alineados con los negocios e intereses británicos.
Esta medida, como ocurría en otras partes del mundo donde se implementaba, permitió que las industrias del interior (textiles, curtiembres, viñedos, manufacturas, etcétera) pudieran desarrollarse y producir bienes a mayor escala y calidad, hecho que ponía en jaque la posibilidad de expansión comercial de la corona británica, que se encontraba en pleno auge imperial.
Fue el obstáculo que el gobierno de Rosas impuso a los negocios de las potencias imperialistas lo que generó el conflicto que derivó en la batalla de la Vuelta de Obligado; fue la necesidad de defender la soberanía nacional lo que motivó una heroica defensa, a pesar de las remotas chances de vencer.
Si hubo una resistencia nacional y popular a la “libre navegación de los ríos” que pretendían las naciones extranjeras, no sólo era por la voluntad soberana de vencer sino también por la necesidad de enfrentar la amenaza de un modelo excluyente que sólo beneficiaba a unos pocos comerciantes portuarios. En la práctica eso implicaba sostener las medidas que venía aplicando Rosas en defensa de los intereses económicos de las provincias.
El dilema proteccionismo o libre cambio fue, en esencia, el motivo de aquella épica batalla, que si bien significó una derrota para el ejército rosista al mando de Lucio Mansilla, derivó en un arreglo diplomático en favor de la Argentina, que ganó respeto y honor a nivel mundial.
A pesar del paso del tiempo, la disputa que motivó aquella épica batalla sigue siendo el trasfondo de la lucha que desarrollan los pueblos de todo el mundo para vivir con dignidad material y espiritual, resistiendo como pueden a la opresión económica, ideológica y cultural que imponen los poderosos en su juego de predominio.
La importancia de recordar esta faceta del hecho histórico radica en que esta contradicción sigue presente en la actualidad. Frente a lo que esgrimen el libre cambio como medio para alcanzar crecimiento económico (acumulación de unos pocos), se opone una idea de desarrollo local en la que priman los intereses nacionales, la generación de trabajo y la creación de valor. Está claro que la industria cambió y que el contexto es otro; pero lo que resulta innegable es que no hay chances de lograr desarrollo económico y social con justicia y equidad si no hay decisión soberana sobre la administración de los recursos, la tecnología y la producción, y la distribución de riqueza.
El Día de la Soberanía Nacional no está sólo para ser feriado, sino para saber y recordar que nuestro pueblo quiso, supo y pudo enfrentar los intereses imperiales para hacer valer su decisión de ser una patria justa, libre y soberana, aunque eso a muchos no les haya gustado.

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