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El Castagnino+Macro exhibe un siglo de arte argentino

La muestra “100 Años en la Colección Castagnino+Macro” quedó inaugurada el viernes en un museo que late con dos corazones: el primero en Pellegrini y Oroño, y el restante en Oroño y el río


Gentiliza foto: Guillermo Turin Bootello para Secretaria de Cultura de Rosario.

 

Rosario ya ofrece la oportunidad de sumergirse en un siglo de arte a partir de la muestra 100 Años en la Colección Castagnino+Macro que quedó inaugurada el viernes en el Castagnino de Pellegrini y Oroño, y el Macro de Oroño y el río. La exposición reúne cientos de obras que forman parte del patrimonio de la ciudad y sirven para relatar la historia del arte argentino en la colección de este museo con dos sedes, uno de los centros culturales más importantes del país referido al arte. 100 Años en la Colección Castagnino+Macro quizá sea la mejor muestra del sentir de un museo que late con dos corazones.

De las más de cuatro mil obras que integran la colección del museo, unas 450 se exhiben aquí organizadas a partir de un planteamiento temático e histórico de tres ejes específicos: un escenario histórico que se inicia con la creación de la Comisión Municipal de Bellas Artes de Rosario en 1917 hasta 1968, cuando se desarrollan importantes acontecimientos artísticos como El Ciclo de Arte Experimental y Tucumán Arde. Un segundo aspecto desde esos años hasta fines del siglo XX, donde se recogen las evidencias transicionales que dieron formato a las nuevas propuestas contemporáneas. Y un tercer momento que aborda los últimos años y comienza con los acontecimientos políticos y sociales del 2001, con la caída del gobierno de De la Rúa y la última gran crisis argentina que la producción artística contemporánea leyó como un “fin de mundo”.

Los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo estimularon una intensa reflexión sobre la Nación y por tanto, sobre el arte que la expresaba. Reflexiones y búsquedas que involucraron a los más diversos creadores y que siguieron estando más allá de esa coyuntura. Así surgió una amplia galería de imágenes de escenas nativas, y en paralelo, una indagación sobre el paisaje interior del país.

Castagnino: planta baja

En “Un pasado expuesto: Caminos del arte entre 1918 y 1968”, curado por Adriana Armando y Guillermo Fantoni, el primero de los tres ejes, lo religioso convive con lo popular. “Los asuntos de mis cuadros no obedecen a una ideología doctrinaria, sino a que están en mi ambiente porque vivo entre el pueblo y soy del pueblo”, escribió el pintor Gustavo Cochet y se puede leer en uno de los muros del Castagnino. Esa impronta está puesta de manifiesto en el planteo curatorial de este eje donde lo social se expresa a través de famosas obras del propio pintor y escritor argentino pero también desde célebres trabajos de Leónidas Gambartes, Antonio Chiavetti, Antonio Berni y Benito Quinquela Martín, entre muchos otros.

Las visiones de Europa también están puestas de manifiesto porque marcaron a muchos artistas argentinos y latinoamericanos que asimilaron “las nuevas experiencias culturales” y contribuyeron a la elaboración de la cultura modernista y de vanguardia, y a lo que luego se denominó “modernismo estético”.

El trabajo y los movimientos de protesta suman su mirada para ponerse de manifiesto en esta muestra y dialogar con otras temáticas que bien podrían motivar una exposición exclusiva por su riqueza y horizontes. Así hay lugar para ahondar en el misticismo, los modos de representación donde seres vivos se aproximan a autómatas (evidente en la obra de Raquel Forner, “Ritmo”, de 1934), y la representación de paisajes, etnias, geografías y culturas de Argentina a partir de obras de Juan Grela, Mele Bruniard y Juan Pablo Renzi, entre otros.

Las formas y la no representación también son un factor que exploran Armando y Fantoni en este nivel a través de cuadros de Marta Minujín (“Pintura”, 1943), Alberto Greco (“Vivo Dito” de la serie de acciones de señalamiento de 1969) y Clorindo Testa y Julio Le Parc, entre otros. La cara trágica de la modernización y sus contrastes de políticas restrictivas se evidencia en los grabados de Antonio Berni de la serie “Juanito Laguna” de 1962. “El artista está obligado a vivir con los ojos abiertos y en ese momento (década del 30) la dictadura, la desocupación, la miseria, las huelgas, las luchas obreras, el hambre, las ollas populares crean una tremenda realidad que rompían los ojos”, escribió el propio Berni. Su personaje, Juanito, era un niño con sueños que vivía en una villa y dormía en un basural. Tan vigente.

Las obras de la serie “Juanito Laguna” se pueden ver en el último capítulo del primer eje en un diálogo más que interesante que los curadores plantean con el Grupo de Vanguardia Rosario y la antesala a Tucumán Arde con que abrirá el segundo eje temático.

Castagnino: primer piso

“Derrames temporales de una colección: Itinerarios para volver a pensar el arte contemporáneo” es el título que los curadores Nancy Rojas y Roberto Echen eligen para retratar un momento del arte que se comprende entre finales de los 60 y comienzo del nuevo milenio.

Dividido en seis escenas, este capítulo de la muestra se propone pensar la historia de la contemporaneidad del arte “según se experimentó, se ejerció y estalló en Rosario, es decir la historia de una caída”, escribieron los curadores. Y más adelante, destacaron que el parámetro “es el tránsito hacia el cambio de milenio”.

La primera escena pone en pantalla el tema de la deconstrucción de los géneros, “sostenido desde un modelo de familia heterosexual”, se indica, para dar lugar al pensamiento queer, el transgénero y las sexualidades puestas en foco para, desde allí, cuestionar relaciones de poder. La obra “La historia de amor más bella, más grande y más heroica de todos los tiempos”, de Mauro Guzmán, recibe en una sala donde aparece con más fuerza, a contramano del eje anterior, la mirada y producción de mujeres. Así convive con Guzmán y Roberto Jacoby (con la serie de obras “Yo tengo SIDA”), entre otras y otros, las obras de Cristina Schiavi, Margarita Paksa y Elisabeth Sánchez.

Rojas y Echen reflexionan a lo largo de toda la muestra sobre lo político ya que, sostienen, “atraviesa a las producciones artísticas en general”. Así, en la exposición, hay espacio para los Artistas Plásticos Asociados, un colectivo que se proyectó en la escena a partir de la necesidad de agremiarse para operar sobre las políticas culturales de Rosario.
Y luego llega “Solapamiento”, una de las escenas de este eje que pone el acento en las discontinuidades, los cambios y las rupturas en el campo del arte, sobre todo mirando a los 80 y 90, donde se pueden observar producciones de Benito Laren y la paradigmática “Caja azul” de Marcelo Pombo, entre otras.

A pocos metros de allí, en otra sala, Cucaño dice presente junto a Tucumán Arde. El grupo de arte experimental rosarino tiene su lugar en un museo a partir de un conjunto de registro de acciones realizadas entre 1979 y 1982. La experiencia museística hubiera sido impensada tanto para el colectivo local como para lo que se conoció como Tucumán Arde porque, ambos, eran fenómenos de la calle. También aparecerá Rozarte.

En el trayecto al nuevo milenio, los “Derrames temporales de una colección” despedirán con “Arte sin disciplina”, un conjunto de obras donde las fronteras difusas del arte implican una apertura para aceptar la presencia de otros órdenes más allá del de la pintura. Ana Gallardo mostrará sus “Sábanas de amigos”, Claudia Fontes el “Entreacto” y Marina De Caro la “Tricot”. Las obras ponen como eje el Salón Nacional de Rosario de 1995 curado por Fernando Farina, que salió a pensar qué se colecciona en un museo y abrió las puertas al Macro y a preguntas fundamentales referidas a la conservación.

Macro: tercer eje

El trayecto temporal podría concluir con “El fin del mundo comenzó en 2001: Exageración poética o determinismo histórico” en el Macro. Clarisa Appendino y Carlos Herrera tomaron como eje de trabajo el 2001. “Bienvenidos al fin del mundo” se oyó decir a uno de los responsables de la muestra en el recorrido ofrecido a la prensa el jueves 9 de mayo: toda una frase para ser enunciada a poco de conocerse la vuelta del FMI al país.

La propuesta de este eje invita a pensar una década potente de la colección relacionada con momentos críticos o de crisis en un espacio-tiempo que se inicia en 2001. Aquellos planteos que se hacía Farina a finales de los 90 tal vez se vuelven a hacer presentes acá para analizar y abrir el debate a algo de la fragilidad sobre qué implica conservar arte contemporáneo en relación con su materialidad.

A través de artistas tan variados y potentes como Adrián Villar Rojas, Daniel García, Florencia Caterina, Gastón Miranda, León Ferrari, Leopoldo Estol, Liliana Maresca, Marcelo Pombo, Nicola Costantino y Román Vitali, entre otros, se abre acá el horizonte a pensar y plasmar sensibilidades estéticas diversas. Algo que, como los propios curadores definieron, “expone un síntoma que se va mostrando”, una atmosfera que piensa las distintas formas de sensibilidad artística de las últimas dos décadas.

Para agendar

“100 años en la Colección Castagnino+Macro” se podrá visitar de martes a domingo, de 11 a 19, con recorridos guiados todos los días a las 17. Lunes cerrado.

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