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Retrato de una muerte anunciada

El brutal asesinato de Pier Paolo Pasolini: un enigma que cumple 45 años

En 1975, el escritor, poeta y cineasta, uno de los artistas más destacados del siglo XX, fue muerto a golpes en un vertedero de Ostia, Italia. Los posibles motivos van desde los políticos hasta los relacionados con sus prácticas sexuales pero hasta hoy es imposible dilucidarlos


Cada tanto surge una instantánea de Pier Paolo Pasolini; puede tratarse de una foto suya o de algún fotograma de uno de sus films; o de un texto, de un fragmento o un poema, y en todas las ocasiones algo sacude con una fuerza intensa y deslumbrante.

Cuando se lo ve retratado sus ojos oscuros arman una mirada indagadora, como si se preguntara por lo que tiene enfrente, o por la realidad que lo circunda, en la que cada vez estaba más inmerso pese a sus intenciones, en los últimos años, de alejarse a pensar y escribir en soledad, práctica que apenas había iniciado antes de su trágica muerte, ocurrida hace 45 años, un noviembre de 1975.

Además de un magnífico cineasta –no hay títulos flojos en su filmografía– Pasolini fue un creador y un intelectual incómodo para su época, sobre todo en los años de una Italia sacudida por los operativos de las Brigadas Rojas, el asesinato de empresarios acaudalados, las mafias extendiendo sus tentáculos sobre el poder político y judicial, un país revuelto donde el capital, como en un campo de maniobras, iba tornándose neoliberal en su afán de optimizar la exclusión social.

Un carácter radicalizado como artista y hombre público

Dos de sus películas, El Decamerón (1971) y Saló o los 120 días de Sodoma (1975) sacudieron a organizaciones de derecha y a la misma iglesia, que se afanaron en buscar su prohibición tocando sus resortes en la clase política.

Nada pudieron hacer puesto que el alto nivel artístico de ambas dejaba sin crédito cualquier condena moral. Aunque en cada uno de los estrenos se aprovechó para cargar las tintas en su director, sobre todo en su vida privada: al mote de católico-marxista se agregaban el de homosexual –elección que el realizador nunca ocultó–, pederasta y pornógrafo.

Pero en realidad lo que causaba escozor en una sociedad atravesada por prejuicios de todo orden, era su carácter radicalizado como artista y como hombre público.

La vitalidad de Pasolini lo convirtió en un creador prolífico, incentivado por desmenuzar las causas de los desequilibrios sociales y las injusticias para que quede al desnudo la avaricia y la ambición del poder establecido y su pasmosa concentración de capital.

La forma que Pasolini naturalizó para enfrentar la moral pacata de su tiempo fue mostrarse cómo era, riguroso en su devenir artístico pero también en sus planteos ideológicos y políticos.

Y si a él lo que le gustaba eran los muchachos, lo tenía sin cuidado lo que dijeran; no era algo que hubiera de impedir su militancia artística y el respeto que se le profesaba en no pocos ámbitos por su extrema lucidez en su modo de mirar el mundo.

Pasolini hizo de todo: la narrativa y la poesía, la pintura y el cine, nada quedó fuera de su avidez por plasmar emoción y evidencia a través de una contundente postura ética.

 

“Mamma mía”, un ascendente medular

Pasolini nació en Bolonia, cuna de izquierdistas en el mapa italiano. Era el hijo mayor de un oficial fascista, alcohólico y colérico que maltrataba a su mujer.

Este cuadro fue bastante determinante para el Pasolini niño y apenas terminaba la primaria cuando ya había llenado un cuaderno de poesías con destacado esmero.

Algo de la situación que vivía su madre bajo la violencia de su padre chispeaba en esas páginas primerizas. Y, también más tarde, cuando le dio el papel de la madre de Cristo a su propia madre en El Evangelio según San Mateo o cuando en su primer libro de poemas, llamado Poesía a Casarsa (1942), despliega una intensa antipatía por su padre, incluso a partir de su escritura en dialecto friulano, despreciado por su progenitor.

Su hermano menor, que era miembro de la resistencia, sería fusilado por fascistas poco antes que termine la Segunda Guerra, lo que hizo más estrecha aún la relación de Pasolini con su madre.

Puede decirse que el futuro realizador no la tuvo fácil. De entrada nomás, siendo profesor de lengua, en 1949, fue denunciado por carabineros que habían revistado en las filas fascistas y muy camaleónicos ahora ejercían en las fuerzas de la república.

La condena pública que Pasolini había hecho del régimen musoliniano la pagó con una denuncia judicial por corrupción de menores pero la demanda no prosperó por falta de víctimas y testigos.

Claro que ese escarnio fue suficiente para que no pudiera volver a su tarea docente y, lo que más lo sacudiría, tampoco a integrar cualquier órgano del Partido Comunista Italiano, del que era miembro, y que terminó expulsándolo.

Poco tiempo después se muda a Roma junto a su madre y se sumerge de lleno en la literatura. Dos novelas publicadas el mismo año le permiten un enorme reconocimiento en los cenáculos literarios aunque él no se sintió demasiado contenido allí.

Cuando se publicaron Chicos del arroyo y Una vida violenta (1955), Pasolini apuntó: “Me siento mucho más cómodo con mis amigos de la calle, las chicas que deben vender sus cuerpos para vivir y los chicos que deben robar algo para llevar comida a un montón de hermanos, que con algunos de esos señores que escriben y creen que todo el tiempo están hablando de cosas importantes y sólo dicen banalidades, a esos la vida les pasa por un costado”.

Ese otro mundo que comenzaba a abrazar, el de los suburbios, cuya vibración después haría sentir en la portentosa Accattone (1961), es el que definitivamente sentiría como propio y al que no abandonaría, tanto que su brutal asesinato ocurriría en un descampado de la playa de Ostia, un reducto de jóvenes marginales y adictos a pocos kilómetros de Roma

Los marginados, una motivación permanente

Esa Italia que había literalmente renacido de sus cenizas y ahora profundizaba su accionar excluyente y condenaba a las clases populares a los márgenes impactaron cada vez más en Pasolini y todas sus películas –“Solo como director que siento que puedo decir todo”, confió una vez– lo reflejaron.

Desde El Evangelio según San Mateo, donde hizo convivir en armonía el marxismo y el cristianismo, sus dos credos ideológicos, pasando por su versión de Edipo (1967) y Medea (1969) o la muy sexual Trilogía de la Existencia: la mencionada El Decamerón (1971), Los cuentos de Canterbury (1972) y Las mil y una noches (1973), hasta su lacerante y controvertida Saló…, donde actualiza su mirada sobre las derechas europeas, que comenzaban a reverdecer allí donde nadie se les opusiera.

En Petróleo (1992), su novela póstuma e inacabada narra la vida de un hombre envuelto en un aura erótica que sublima hasta límites insospechables.

Descuellan en sus páginas experiencias homosexuales y hasta una ritual y espectacular orgía del protagonista con jóvenes proletarios, justamente en un descampado como en el que unos meses después el autor sería golpeado hasta la muerte.

De esa novela además se dijo que en las páginas que faltaban para terminarla, Pasolini describiría un polémico hecho de homicidio ocurrido en 1962 en el que fue víctima el rico y poderoso industrial Enrico Mattei –que luego Francesco Rosi llevaría al cine en El caso Mattei– y en el que estarían vinculados personalidades de la política y la alta sociedad del momento.

Antes de terminarla entonces, un frío día de principios de noviembre de 1975, el cuerpo de Pier Paolo Pasolini fue encontrado casi desfigurado a golpes en un sucio vertedero a metros de una playa de Ostia.

Poco después sería apresado un adolescente y pequeño traficante de drogas de 17 años llamado Pino Pelosi. En primera instancia el joven confesó el crimen y alegó que había sido en defensa propia luego que el cineasta y escritor intentara violarlo.

Aunque algunas de las circunstancias contadas por Pelosi son contradictorias, terminó siendo condenado. Treinta años después, en 2005, el mismo Pelosi declaró públicamente su inocencia y culpó a otras tres personas a las que vio cometer el crimen mientras gritaban “maricón, piojoso comunista, venimos a cobrarnos tu osadía”.

El actor y amigo de Pasolini Sergio Citti declararía que esos últimos días, Pasolini estaba siendo chantajeado porque quería recuperar unos rollos de película de Saló…, que no fueron incluidos en la edición final.

Lo cierto es que a 45 años del nefasto crimen del que fue víctima, no se conocen las causas de esa terrible muerte temprana de un artista inconmensurable, capaz de dar cuenta con afinada estética de las miserias del poder cualquiera fuese su impronta. Justamente esto último aparece como un motivo harto probable para que esa voz que señalaba las bestialidades del sistema, sea silenciada.

 

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