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Figura clave

El asesinato de León Trotsky: un crimen que marcó el inicio del fin de la utopía comunista rusa

Se cumplen 80 años del crimen que conmovió a la izquierda revolucionaria mundial y todavía hoy son dudosas las motivaciones que lo hicieron posible. El legado del creador del Ejército Rojo vive en sus ensayos políticos y sigue seduciendo a nuevas generaciones que se identifican con sus postulados


Se cumplen ochenta años del asesinato de León Trostky en México y todavía existen dudas acerca de cómo se orquestó su muerte luego de que (Joseph) Stalin lo acusó de traicionar el espíritu de la Revolución Rusa.

Hubo infinidad de versiones aunque ninguna demasiado coincidente con la oficial de las autoridades mexicanas, que aseguraba que Ramón Mercader era un agente al servicio del Buró político soviético reclutado para acabar con el fundador del Ejército Rojo y uno de los dirigentes que tempranamente objetó las formas en las que se llevaba adelante el proceso revolucionario.

Aún hoy esos archivos no fueron desclasificados y no se sabe bien qué rol cumplía el asesino de Trotsky aunque sí fue vox populi que Stalin aprovechaba todos los resortes del Estado soviético para apartar a sus rivales y erigirse como líder supremo luego de la muerte de Lenin.

Desde que Trotsky comenzara a señalar las contradicciones que se cernían sobre el proceso revolucionario, Stalin lo consideró como uno de sus principales competidores y lo denostó públicamente cada vez que pudo.

Teoría de la revolución permanente

También periodista y ensayista, Trotsky sufrió una suerte de exoneración de sus cargos en el partido luego que organizara algunos mitines sin la anuencia oficial.

Stalin aprovechó esta situación y lo tildó de contrarevolucionario y finalmente incidió para que el partido pidiera su expulsión.

De este modo y sin muchas alternativas, Trotsky partiría hacia el exilio pero esto también sería aprovechado por el “Padrecito” Stalin para declararlo traidor a la causa revolucionaria y mediante una serie de procesos espurios en Moscú se lo condenó a muerte en ausencia.

Para muchos analistas e investigadores, Trotsky fue el alma de la revolución, ya que la creación del llamado Ejército Rojo y la estrategia con la que lo dotó permitió derrotar a los Blancos, los contrarrevolucionarios de entonces apoyados por las potencias de Occidente, entre ellas Estados Unidos, temerosas porque se trataba de un enfrentamiento como no habían imaginado hasta ese momento.

Trotsky siempre tuvo claro que la única forma de sostener los principales lineamientos de la revolución era contar con el apoyo popular, un poder que debía ir siempre desde abajo hacia arriba y eso chocaba frontalmente con el incipiente Politburó, el máximo órgano de gobierno y dirección del Partido Comunista de la Unión Soviética.

Trotsky era el favorito para ocupar el lugar de Lenin pero luego de la muerte del líder revolucionario, en 1924, fue perdiendo paulatinamente el apoyo y su sector fue infiltrado permanentemente bajo directivas de Stalin, ya una figura prominente que no se fijaba en los medios para conseguir sus objetivos.

Trotsky sostenía la idea de una “revolución permanente” como modo de no claudicar en la crítica al proceso revolucionario, en la posibilidad de expandir esa causa e intentar por todos los medios de resistir las tentaciones de la burocracia y el acostumbramiento.

Esta teoría se despliega en su libro Balance y perspectivas donde señala que todo el desarrollo económico internacional está afectado por las leyes del mercado y que una revolución dependía de que se llevasen a cabo revoluciones en otros países para que esa transformación fuera constante.

Controvertido y trágico

Ya antes de partir de la URSS y con su vida amenazada, Trotsky había denunciado que el gobierno estaba convirtiéndose en una dictadura y que iba en contra de los principios revolucionarios que pregonaban y que Stalin sería, por el modo en que se imponía para hacerse con el poder, el “sepulturero de la revolución”.

Si bien reconocen la integridad revolucionaria de Trotsky, algunos historiadores le señalan ciertos renuncios. Entre ellos lo ven como quien convence a Lenin de perseguir a líderes sindicales que pedían cambios en la dirección del proceso revolucionario;  también que está detrás de la sangrienta represión a los marinos de la base de Kronstad, en 1921, quienes pedían una libertad mayor de organización para los trabajadores y un trato más amable con los campesinos.

Pero en la arquitectura con la que Lenin y Trotsky imprimían la dinámica a la revolución nada de eso debía ser permitido puesto que el poder del proletariado debía permanecer intacto.

Sus biógrafos coinciden en que Trotsky fue un personaje tan controvertido como trágico, que vivió apesadumbrado luego de que asesinaran a sus hijos y de sus camaradas más íntimos.

Ya en el exilio mexicano su pesadumbre habría de tornarse fatal porque no había podido hacer salir a sus hijas de la Unión Soviética y en un momento determinado no supo más de ellas.

Para otros investigadores Trotsky logra poner en evidencia el envilecimiento del proceso revolucionario y denuncia algunos de los crímenes más abyectos que se cometían en nombre de esa causa.

Poco antes de su asesinato, el líder revolucionario había dicho que la rusa era una revolución que devora a sus hijos y justifica los peores horrores y que no era sino otra cosa que el final del llamado “hombre nuevo” y de la “patria justa y generosa”.

Aseveraciones del mismo tono que cuando luego de que la Unión Soviética firmara el pacto de no agresión con la Alemania nazi, señaló que lo indignaba que su país fuese aliado del fascismo, lo que en ese momento, 1939, provocó renuncias masivas de comunistas al partido en todo el mundo.

 

Desviaciones del poder absoluto

En una calurosa noche de agosto de 1940, en el barrio de Coyoacán de la capital mexicana, Trotsky sería asesinado por Ramón Mercader, un catalán de origen burgués que recibió entrenamiento en la Unión Soviética para convertirse en un destacado agente del GPU, la temible policía política de Stalin.

Se dijo después que nadie había ordenado el crimen y que sólo se debía buscar la forma de impedir que Trotsky liderara un supuesto complot contra Stalin, y que nada más que el odio de Mercader, un fanático de la causa estalinista, lo había hecho descargar con furia la piolet, la filosa herramienta para montañismo, sobre la cabeza del líder ruso, que moriría un día después.

En estos días, el escritor cubano Leonardo Padura destacó que el asesinato de León Trotsky es producto de la “tremenda necesidad del poder de ocupar todos los espacios posibles”, y que ese crimen marcó “el inicio del camino sin retorno hacia el fin de la utopía comunista rusa”.

Una reflexión oportuna que emparda con ese destino trágico que quisieron ver algunos estudiosos en la figura del líder revolucionario pero también una muestra palpable de las desviaciones de un poder absoluto como el que ejerció Stalin durante su gobierno.

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