Mi Mundial

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Diego, Cani y los penales de Goyco


La historia es conocida. Argentina había llegado a la semifinal del Mundial 90 después de haberle ganado con mucha suerte a Brasil (cómo olvidar los tiros de ellos en los palos y lo que gritamos el gol de Caniggia tras la maradoneana jugada de Diego) y sufrimiento a Yugoslavia (por penales). Antes, el azar también jugó de nuestro lado en la fase de grupos, donde pasamos ganando un solo partido.

El 3 julio llegaba el partido con Italia. Yo tenía 9 años. Recuerdo que los 90 minutos los vimos en familia en el comedor de casa en mi querido Guatimozín, provincia de Córdoba, como siempre.

El cotejo fue chato, con pocas llegadas, muy disputado. Ellos arrancaron ganando con el gol del célebre Toto Schillaci. Nosotros empatamos en el segundo tiempo con la peinada del Cani, tras el centro del Vasco Olarticoechea. Otra vez había que sufrir, se venían los penales.

Pero la angustia pudo más que la cábala. Con Yugoslavia había visto la definición firme frente al tele. Con Italia ya no tuve tanto coraje.

Cuando estaban por arrancar los penales decidí ir a sentarme a la vereda. Estaba solo, mirando el piso. La tensión era terrible. Y así fue que empezó la sucesión de gritos de gol (cuando pateábamos nosotros) y silencios (cuando la metían ellos). Yo no quería saber nada.

Empecé a darme cuenta que la cosa venía favorable cuando oí dos estallidos seguidos. Fueron por el gol de Olarticoechea (el tercer penal argentino) y la ataja de Goyco a Donadoni. Después vino el tiro suave de Diego. Y otra vez nuestro arquero volvió a lucirse, esta vez ante Serena.

Llegó el festejo, los abrazos cruzados, la alegría. Y la caravana de autos que al instante ya circulaba por el pueblo.
Mi padre me contó alguna vez que me llevó a ver varios de los partidos de Argentina en el Mundial 86 al bar de mi club, el Atlético Gutimozín.

Contó que los vimos juntos, yo sentado en su rodilla. Mi memoria -seguramente por la edad de aquel entonces- no llega hasta allí, pese a que nos trajimos la copa. Para mí los Mundiales -y el sufrimiento- arrancaron en el 90.

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