Cultura

En el Teatro El Círculo

Diálogo como una obra efímera donde se juega otro porvenir

El artista Roberto Jacoby fue entrevistado por el escritor Cristian Alarcón en el marco del ciclo de Pensamiento Contemporáneo organizado en el Foyer del Teatro El Círculo, en sociedad con gestora cultural Lila Siegrist


En el Foyer del Teatro El Círculo de Rosario y en el marco del ciclo de entrevistas públicas “Pensamiento contemporáneo, ejercicio vociferante”, coordinado por el periodista y escritor Cristian Alarcón y gestado en sociedad con gestora cultural Lila Siegrist, el viernes último participó como invitado Roberto Jacoby, un notable referente del arte contemporáneo argentino que cuenta con una trayectoria y con una obra por demás de singulares. Este ciclo, al decir de sus organizadores, se plantea como “un espacio de reflexión e intercambio en torno a la práctica artística, las voces autorales, los procesos creativos. Una exploración de los criterios de asociación, de los modos de producción, de los procesos de lectura, escritura y los métodos de trabajo”.

En este caso, el cuarto de estos encuentros, Alarcón dialogó con Jacoby, cuya obra atraviesa paradigmáticas experiencias como la del Instituto Di Tella y Tucumán Arde, los proyectos Venus y Bola de Nieve, la colaboración con el grupo de rock Virus (escribió decenas de sus letras); retrospectivas como la del Museo Nacional de Arte Reina Sofía realizada en 2011, su trabajo con el psicoanalista Oscar Masotta, su amistad con Ricardo Piglia, y entre otras cosas, la retrospectiva que actualmente se lleva a cabo en el Museo Macro de Rosario, titulada “Traidores los días que huyeron”.

Alarcón y Jacoby, dentro de este marco, llevaron adelante un diálogo distendido y cálido que suponía, desde el comienzo y como en la mayoría de estos casos, la dificultad de abordar los fundamentos de una obra artística sin desviarlos en provecho de una ampulosidad vacía y jerarquizante tan propia de ciertos discursos estéticos actuales.

Fiesta colectiva

Los discursos sobre la creación artística no pueden, más allá de su larga tradición, escapar del todo a una cierta contradicción. Tal contradicción se arraiga en el hecho de que, en general, la obra artística comporta una lucha constante contra las sobredeterminaciones del lenguaje y contra las lógicas dominadoras de la significación. El “obrar” de la obra artística se dispersa y se disemina desde poéticas que se resisten a ser ocupadas por un significado totalizador, por clasificaciones domesticadoras.  ¿Cómo hablar entonces de ellas sin traicionarlas? ¿Cómo no caer en un discurso capcioso que se posicione por sobre la obra para apropiarse de ella y revestirla con los oropeles de conceptos hipostasiados? La estrategia desplegada por Alarcón y Jacoby para abordar los fundamentos de la obra de este último, fue, en cierta medida, un rodeo a través de desvíos y circunvalaciones, un recorrido trazado en una topografía cuyas coordenadas se establecían desde el “chisme” amigable, la complicidad, la anécdota biográfica, y la memoria compartida. El intercambio verbal, así planteado, eludiendo las solemnidades de los grandes conceptos y las tácticas estéticas jerarquizantes, se fue acercando a la construcción de un marco de referencia para entender la obra abordada. Así, aquel rodeo se vio asediado de forma constante por una profundidad antidogmática. Alarcón y Jacoby dialogaron con la levedad casi festiva de una tertulia, recusando las exhortaciones de los grandes postulados y de las justificaciones insostenibles, y eludiendo incluso, la tentación de investir al arte con las vestimentas aristocráticas del genio creativo. No se trataba de exponer los fundamentos de una obra, sino por el contrario, de encontrarlos casi al azar, como si pudiesen manifestarse en el ejercicio de un encuentro amistoso, en la práctica de un diálogo en el que, casi como por accidente, se fue iluminando el sustento de un proyecto artístico cuyo horizonte es el hacer en comunidad.

Experiencia vital

El intercambio fue disparado por Alarcón proponiendo, en cierto modo aunque no del todo cronológicamente estricto, un recorrido biográfico que fuese capaz de dar cuenta de la concepción artística de Jacoby. Se optó por no explicar discursivamente los fundamentos de la obra, sino en cambio dejar que surjan desde la perspectiva de la experiencia vital. Así, primero, y a raíz de algunos archivos sacados a la luz en la actual muestra del Macro, emergió el Jacoby “pibe”, que a los 15 años pintaba de “modo académico” bajo la vigilancia dura de una maestro estricto, pero que a la vez esperaba afanosamente la salida semanal de la revista de historietas Hora Cero. Después pasaron el Instituto Di Tella y la experiencia colectiva de Tucumán Arde, pensada ahora por Jacoby, desde una perspectiva histórica, como una “construcción mitológica importante”, casi, se diría, un “mito fundante”. De allí a la concepción de la desmaterialización del arte, el rechazo del “resto objetual” supuesto por el objeto artístico. El objeto “pesa”, y lo hace en varios sentidos (“pesa”, incluso, sopesarlo desde una actualidad que no se corresponde totalmente con los antiguos deseos situados). Es por allí que el artista comienza a pensar la obra como un hecho situacional, un acontecimiento, algo que ocurre en un momento y en un lugar determinados, y que “no sobrevive al momento en el que fue realizada, sólo sobrevive el relato”. El arte, para Jacoby, se convierte en acontecimiento, escalada pasajera en un proceso abierto, interrogación de los modos de gestionar eventos en los que se ponga en juego el horizonte comunitario. Contra la visión negativa de la destrucción de los lazos sociales, Jacoby propone posibilitar desde el acontecimiento artístico la gestión de un espacio común. De una fiesta, incluso.

Tecnología de la amistad

Cristian Alarcón marcó de cerca a Jacoby, preguntando y comentando, construyendo una proximidad que desbordaba al dúo para desplegarse sobre el público. Complicidad hecha de anécdotas, de recuerdos y bromas. Por allí desfilaron las figuras admiradas de Oscar Masotta, de Ricardo Piglia y de Federico Moura, quien se llevó una parte importante del diálogo, dibujando en él y para él la silueta de un rockstar que según lo dicho supo permanecer por fuera de las bochornosas exigencias del estrellato rockero. También se dio el momento de pensar el estatuto de los nuevos medios, desde aquel “Primer Manifiesto del Arte y los Medios” realizado junto a Eduardo Costa y Raúl Escari en 1966. Desde aquel momento no dejó de pensar en el uso de las tecnologías (Proyecto Venus, Bola de Nieve), pero no desde una perspectiva demonizadora, sino indagando en otras prácticas que desmantelen la lógica dominadora del mercado. Pensar, desde otros usos, una “tecnología de la amistad”. La alegría de la fiesta, el trabajo colectivo, algo del fundamento de su obra se iluminaba en estos destellos que fueron construyendo una especie de marco categorial, y eso desde el diálogo simple, leve pero sólido, hecho de brillantes desvíos y retornos.

Otro porvenir

El diálogo mantenido por Alarcón y Jacoby, de algún modo, constituyó un complemento preciso de la muestra que actualmente se lleva a cabo en el Macro. Entre ambos, entre aquellos restos y deshechos sacados del archivo y esta conversación, se constituyó un entremedio que se puede pensar como el punto central de la obra de Jacoby: ese entender el arte como proceso abierto a lo contingente, a lo posible de un encuentro. Arte “situacional”, hecho del acontecimiento, del aquí y ahora que exhorta por un gesto singular, colectivo y festivo, y más allá de toda intención de trascendencia. Arte situacional que se instituye en la pura experiencia de lo posible, de la otra y del otro posibles para actuar en comunidad. Por esto ese diálogo mantenido entre Alarcón y Jacoby, del cual sólo quedarán relatos, puede entenderse como una de esas obras efímeras realizadas en conjunto, en un aquí y ahora en el que se juega la posibilidad de otro porvenir.

El video de la presentación

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