Espectáculos

Crónica recital

Despierto, al pie de sus palabras

El trovador cubano Silvio Rodríguez se presentó este domingo en el hangar de la ex Rural ante una multitud con un concierto que hizo eje en las mujeres y sus luchas. Con el color de su voz intacto cantó una veintena de temas que en muchos casos habitan desde hace décadas en el imaginario colectivo


Foto: Ana Stutz

La enorme emoción que provocan su voz y su presencia, el compromiso político intacto y la convicción de que morir por defender las ideas aún tiene sentido, transformaron el concierto de Silvio Rodríguez del domingo por la noche en un gran acontecimiento. Los derechos de las mujeres como premisa en su “programa de canciones” y esa necesidad imperiosa que los militantes y simpatizantes del campo popular tienen por estos días de encontrar un espacio de contención y pertenencia, hicieron de las dos horas de concierto y de la veintena de gemas escuchadas una especie de bálsamo en medio de las tormentas que arrecian. Allí, en el corazón del Parque Independencia, poco más de cinco mil personas corearon, aplaudieron, hicieron visibles sus pañuelos verdes, se miraron cómplices, lloraron y hasta entonaron en lo más alto y con fruición la única estrofa del “hit del verano” que esta altura ya no sabe de estaciones.

Silvio, referente inmanente de la Nueva Trova Cubana, que el 29 de noviembre cumplirá 72 años, volvió a Rosario después de siete años, y lo hizo para recordar a través de sus canciones que las luchas son siempre sin cuartel, que la libertad y los derechos se pelean todos los días, y que los más grandes logros son siempre colectivos. No casualmente abrió el concierto con “Yo te quiero libre” y lo cerró, casi dos horas después, ya en los bises, con “Viene la cosa”, acompañado por los extraordinarios Rachid López en guitarra, Maikel Elizarde en el tres, la flautista y clarinetista Niurka González, Oliver Valdés en batería y percusión, Jorge Reyes en contrabajo, Jorge Aragón en piano y Emilio Vega en vibráfono.

Poco a poco, la frialdad del enorme hangar montado hace unos meses en una gran explanada en la ex Rural se fue borrando con el calor de las canciones, en particular con una especie de declaración de principios en favor del colectivo de mujeres, las grandes protagonistas en la platea, frente a un artista que desde los comienzos de su carrera las homenajeó a través de las letras de sus canciones.

“¡Libertad a Milagro Sala!”, se escuchó desde el fondo, y el aplauso no se hizo esperar, tampoco las palmas para acompañar algunos momentos, como la consternación frente a los “proféticos silencios” que el artista sabe dosificar con sabiduría. “Viva Cuba”, volvió poco después de la platea. “Viva Argentina”, retrucó Silvio desde el escenario con esa capacidad única de ir de lo íntimo a lo colectivo que ha marcado todo su recorrido.

Después de la bella apertura, las estrofas recitadas de “Tu soledad me abriga la garganta” dieron paso a la poética “Judith”, la antesala perfecta, entre tantas otras, de la recordada “De la ausencia y de ti”, para luego viajar hacia atrás en el tiempo, exactamente a 1976, cuando en Angola compuso “La Gaviota”, esa que habla del soldado que regresa de la guerra “intacto del frío mortal de la tierra, intacto de flores de horror en su cuarto”.

“Tonada para dos poemas de Rubén Martínez Villena”, poeta cubano referencial de la primera mitad del siglo XX y militante social que murió muy joven, trajo al escenario su poema “La pupila insomne”, revisitado por Silvio en esa canción junto con otros de su autoría.

Un agradecimiento especial y los aplausos de rigor para sus grandes músicos al igual que para todos aquellos, según dijo, “invisibles imprescindibles que hacen posible que estemos aquí”, sirvieron como previa de un segmento en el que las emociones estallaron. Así irrumpieron la breve y bellísima “Jugábamos a Dios”, escrita especialmente para el final de la película Afinidades  de sus amigos y compatriotas Jorge Perugorría y Vladimir Cruz; un viaje a los primeros 80 con “Quien fuera”, para dar paso a “Eva”, otro clásico de fines de los 80, que habla de esa nueva mujer que “no quiere ser para Adán” y que “dejó de ser costilla”, un momento en el que el hangar se tiñó de verde y estallaron los pañuelos por la resignificación que de esa letra se puede hacer hoy frente a las luchas de los colectivos de mujeres, en particular con temas como la despenalización del aborto, la violencia de género y los femicidios.

Como si con todo eso no alcanzara, “El reparador de sueños” devolvió a los viajeros insomnes a la Primavera alfonsinista, “Tonada del albedrío” los volvió a llevar con destino al reciente Segunda cita, “América” recordó a aquella muchacha de barrio con la que todos soñaban, y “Día de agua” y “De pronto la tatagua” dieron paso a la coreada “La Maza”, un himno sin fronteras ni tiempos de estremecedora vigencia.

“Te amare”, “Oleo de una mujer con sombrero”, “El Necio” y “Sueño con serpientes” entrenaron voces y corazones para cantar eufóricos “Ojalá”, otro himno que a más de cuatro décadas de su lanzamiento mantiene viva la llama que este artista enorme encendió en su infancia en su natal San Antonio de los Baños.

El apagón, la espera y los cánticos lo trajeron de regreso al escenario para regalar “Noches sin fin y mar” a sólo guitarra antes del final bien arriba con “Viene la cosa”, esa que “viene por todos lados rescribiendo el pasado”, una afinada metáfora del regreso de la derecha en todo el mundo.

Fue un concierto esperado en el que Silvio, ese hombre que ha conocido de luces y sombras, estuvo una vez más en el escenario con el color de su voz intacto, con la sabiduría de su poética indemne y con un mensaje que no sabe de tiempos ni de fronteras. En medio de aplausos y ovaciones, una multitud emocionada emprendió la partida. Un murmullo se escuchó por largo rato en el parque… era de felicidad.

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