Policiales

Debate oral por narcotráfico

Delfín Zacarías: “Soy un buscavidas”

En el inicio del juicio contra nueve civiles y dos policías, el principal acusado de cocinar 300 kilos de cocaína en un chalé de Funes dijo que el responsable del lugar era el asesinado narcoempresario Luis Medina, y que el procedimiento de los federales fue un vuelto por haberlos denunciado


Foto: Juan José García.

Delfín odia su primer nombre de pila. Lo diría casi al término de la jornada, cuando al fin le dieron la palabra. Antes, a las 9, cuando los fotógrafos registraron su imagen, miró para abajo, como avergonzado, al igual que los otros diez imputados. Pero enseguida retomó su locuacidad habitual, apenas los jueces dieron inicio al proceso oral en los Tribunales federales locales.

Delfín David Zacarías, ex hombre fuerte de la zona norte del cordón industrial, tenía todo para convertirse en una celebridad: cayó cuando cocinaba, dice la acusación, 300 kilos de clorhidrato de cocaína. Pero la cuestión de época lo ubicó como un personaje secundario: en 2013, y de allí en adelante, las primeras planas de los diarios fueron, casi en exclusiva de Los Monos. Zacarías se desligó de la acusación: apuntó al sindicado narcoempresario Luis Medina como quien era el destinatario de los precursores químicos y a la vez dueño de la propiedad donde fue detenido. Y aseveró que la causa en su contra es un vuelto por haber denunciado a la cúpula de Drogas de la Federal de Rosario por extorsión, lo que provocó su relevo.

Zacarías fue detenido en septiembre de 2013 en una casa quinta de Las Achiras al 2500, en la localidad de Funes. Tras un megaoperativo de las fuerzas federales, se incautaron 26 bidones de 20 litros de acetona cada uno –precursor indispensable para transformar la pasta base– junto con 300 kilos, entre la materia prima y el producto terminado. Con Zacarías también están sentados en el banquillo sus hijos Flavia y Joel, su esposa Sandra, la ex nuera Ruth, el encargado de su remisería de Granadero Baigorria, tres civiles bonaerenses y dos policías.

 

Historia de un clan

El juicio está presidido por Ricardo Moisés Vázquez y la Fiscalía de juicio está representada por Federico Reynares Solari. Por la mañana, la jornada de este miércoles se enfocó en la lectura de la requisitoria de elevación a juicio, donde se detalló el inicio de la causa, el material incautado y se especificaron los roles de cada uno de los 11 procesados. Al mediodía, la jornada siguió con la declaración de cada uno de los acusados. La mayoría se abstuvo de declarar, salvo Flavia Zacarías, Hugo Silva y, el más esperado, David Zacarías. Este empresario está sindicado como el líder de una organización familiar y con reducidos contactos muy cercanos dedicada a la fabricación, el fraccionamiento y la venta de estupefacientes.

 

“De parte de Pitu”

Zacarías se sentó ante el tribunal alrededor de las 15. Se describió como un hombre de familia que tuvo una empresa de remises durante más de 10 años –dijo que la fundó en 2000– en Granadero Baigorria. “Tenemos muchos autos y empezamos a hacer también fletes y viajes de corta y media distancia. Un día vino un hombre –al que después describió como el asesinado, en diciembre de 2013, Luis Medina–, para pedir que le consigamos un presupuesto para que después vayamos a Buenos Aires para comprar acetona. Dijo que iba a mudar una pinturería o que iba a abrir una nueva”, fue lo primero que explicó David para agregar que le dio un número de teléfono. “Decí que llamás de parte de Pitu”, explicó que Medina le había dicho, y aclaró que él no es Pitu, como se describe en la acusación.

“Llamé y cuando me avisaron que estaban fui, cargué los bidones y le dije a mi hijo Joel que me pasara a buscar por Circunvalación y Córdoba; así seguía para el centro. Cuando llegamos al lugar, por (calle) Las Achiras, es normal bajar las cosas y el dueño de la casa (al que no identificó) nos dijo que vayamos al otro día temprano a buscar el adelanto. Ese día llegamos con mi mujer y tocamos timbre. El hombre salió enseguida y de repente llegó la Policía”. Así David comenzaba a describir el allanamiento que se realizó el 5 de septiembre de 2013 en la casa de Las Achiras al 2500 de Funes.

Zacarías habló tranquilo, aunque cada tanto se disculpaba por alguna corrección y aducía que estaba nervioso por la situación y por lo que había escuchado en la jornada de la mañana, cuando se leyeron las acusaciones. Insistió en que quería señalar algunas contradicciones: primero contó que con su esposa Sandra Marín estaban en la vereda cuando apareció la Policía Federal y los metió dentro de la casa. “El dueño de la propiedad desapareció en un Audi negro”, sostuvo y dijo que las dos camionetas en las que él y su esposa habían llegado fueron acercadas a la entrada de la casa por el personal policial. “Las revisaron y después las corrieron; más tarde trajeron a un perro y encontraron la droga que estaba sin ningún disimulo en las chatas”, explicó y cuestionó así la cadena de custodia de la droga y de los precursores. Zacarías agregó que desaparecieron una palangana, unos tachos y unos baldes, algunos de ellos con material blanquecino que suponía pasta base. Explicó que apenas entraron vieron a un uniformado de la Federal bajar de la planta alta de la casa con una bolsa negra y pidió en reiteradas oportunidades que aparezcan las filmaciones que tomó uno de los policías. “Necesito esas filmaciones para que me crean que esa es la verdad. Que las chatas estaban afuera, al igual que nosotros”. Además, dijo que la notebook que pertenece a su hijo Joel, que la acusación dice que estaba dentro de la casa, estaba en una de las camionetas.

 

El helicóptero de Berni

Zacarías aseguró que su detención es política y como tiene antecedentes (cumplió una condena por narcotráfico) a nadie le importa. “Llegó el ministro de Seguridad de la Nación, Antonio Berni, en helicóptero y dijo: «Cómo el gobernador Antonio Bonfatti no sabía qué pasaba en este lugar»”. David mostró las fotos a los magistrados para que vean que había un policía con una cámara.

Zacarías también pidió tener careos: el primero con la persona que lo detuvo, de quien dio el apellido, y con el encargado del operativo. Además, insistió en que se llame a declarar a Gastón Belloso, un joven que le contó que fue custodio de la quinta de Las Achiras y que en ese lugar se cambiaba plata. También quiere cruzarse con Hugo Silva, el bonaerense que declaró en una teleconferencia desde Salta y dijo que lo llamó un tal Pitu, que para él era Zacarías, y le pidió presupuesto para comprar 2.000 litros de acetona. Hugo dijo que su tío Alberto y su primo Javier –también en el banquillo– no tienen nada que ver. Que preguntó en dos o tres lugares y uno le dijo que le vendía la acetona y la hizo dejar en el galpón de sus parientes en Buenos Aires, desde donde la buscó Zacarías.

El acusado insistió en que no podía ser el rey de las cocinas de cocaína porque hacía seis años que tenía una obra en construcción en la que había terminado el 40 por ciento, en Granadero Baigorria, y que consistía en cinco canchas de fútbol cinco y una de minibásquet: “Si hubiera sido millonario como dicen no hubiera demorado tanto”.

 

“El ingeniero”, un enigma

Al hombre se le quebró la voz cuando habló de su hija Flavia. Para la acusación la joven de 29 años tenía el rol de administradora y era el enlace no sólo con abogados sino también con “el ingeniero”, un hombre que no fue identificado aún y que, según la Fiscalía, era el encargado de abastecer de paste base a Zacarías.

Zacarías aseguró que, como su hija estaba estudiando para contadora, le dijo que practicara haciendo los mandados para el contador Marcos Garibaldi, de quien sugirió que se enteró que no tenía el título de contador público: “Hacía los mandados. Iba a pagar Ingresos Brutos, hacía las listas de materiales. Pedí muchas veces que llamen al contador pero nunca lo citaron. Como pasó con Belloso, que le tomaron una testimonial y lo mandaron a la casa. Dijo que trabajaba en esa casa a las órdenes de Medina. Esa casa es una mansión, estaba a cargo de una inmobiliaria y la había alquilado. Incluso encontraron los papeles del alquiler. No encontraron una huella de nosotros en toda la casa. Pero no llamaron a nadie más”.

 

Cocineros de aquí y de allá

“No tenemos nada que ver. Dijeron que mi mujer y mi hijo cocinaban. Joel tiene fibrosis quística, mirá si va a cocinar si siente el olor a cloro y se desmaya. Desde chiquito estuvo siempre internado, por eso sólo terminó la primaria”, agregó.

Zacarías hizo un poco de historia de estos cuatro años y medio en los que estuvo detenido. Dijo que en la cárcel de Devoto terminó el secundario y ahora está cursando el CBC para entrar a la Facultad de Derecho de la UBA. “En estos años que estuve en Devoto, el 70 por ciento de la población está detenida por drogas. Conocí a muchos peruanos, colombianos, africanos, bolivianos. Es gente que sabe”, definió Zacarías y dijo que les pidió su opinión.

Añadió que primero les contó los resultados de los análisis de Gendarmería, los cuales –según su declaración– dieron que cada pan de poco más de un kilo tenía un dos o tres por ciento de cocaína pura: “«La cocina de 300 kilos la armás con 22 mil dólares«, me dijeron y aseguraron que con esa cantidad de droga no te la compra nadie. Lo otro era material de corte, azúcar o cafeína”.

La hipótesis que presentó Zacarías para desligarse de la imputación fue que “al dueño lo agarraron, puso plata y lo dejaron ir. Y alguno tenía que caer”, dijo y pidió un careo con el perito químico, porque nunca le contestaron qué nivel de pureza tenía la acetona. “Con la experiencia que adquirí en estos cuatro años que estuve preso con cocineros, gente que sabe, si está cortada con metanol o con agua no se puede cocinar la cocaína”, agregó.

Zacarías habló del Chevrolet Spark que fue el puntapié de la investigación debido a que estaba a nombre de Olga “Tata” Medina, una transera a quien también se le atribuye el búnker de Ghiraldo y Boedo de barrio La Cerámica y también tenía venta al menudeo en Casiano Casas, quien le transfirió el vehículo.

 

El Spark de la Tata Medina

Zacarías dijo que como Joel es joven y trabajaba con él en la remisería le pidió comprar un auto. “No se quiso comprar un Corsa para trabajar como nosotros que somos viejos. Entonces consiguió un Spark. Nadie pregunta de quién fue el auto antes. Tenemos cualquier cantidad de boletos de compra y venta porque los autos que se usan para viajes se destruyen en dos años. Quiero un careo para uno de los jefes del operativo, que fue el que sacó la conclusión que esa mujer me pagó con el auto la droga que le había entregado”, sostuvo.

Otra teoría del motivo de su detención fue que en 2012 hizo una denuncia por extorsión contra los policías de Drogas de la Federal. “Se acercaron a la remisería y, como tengo antecedentes, querían que haga el trabajo de ellos. Que les digamos los búnkers que había, donde la gente iba a comprar y quien vendía. Esa denuncia terminó en el descabezamiento de la Policía y, a quién mandan a hacer la investigación en mi contra: a la misma Policía que denuncié”, reflexionó.

 

“Fue una burla ponerle Flipper”

La segunda vez que se quebró fue cuando volvió a hablar de su hija Flavia. La joven se largó a llorar junto a su madrastra Sandra y su hermanastro Joel. “Soy un buscavidas. Si no no hubiera tenido durante seis años la construcción de cinco canchas de fútbol cinco. Mi hija perdió cinco años de su vida por ayudarme. Porque le pedí que hiciera mandados. A mi hijo que está enfermo lo hicieron cocinero. Nos arruinaron la vida. No pueden salir a la calle. Lo único bueno fue mi hija de tres años”, dijo y en ese momento se quebraron los cuatro.

“Hace cuatro años y medio que estoy preso, quien no me va a condenar. Cuando hablé en el procesamiento delante del juez (por Carlos Vera Barros) le dije: esto es político; póngase los pantalones y llame a ese hombre que trabajaba con Medina. Después me disculpé por haberle hablado así, pero fue la bronca que puede tener un padre, porque es mi familia”, sostuvo David.

También describió un viejo complejo: contó que nadie lo conoce como Delfín y aseguró que “fue una burla ponerle Flipper” a la operación que lo mandó a la cárcel, porque cuando era chico sufrió bullying escolar y, por ello, siempre se presenta con su segundo nombre: David.

 

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