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Del mayo de la Campaña del Desierto al mayo proletario: un mismo fusilador

El coronel Ramón Falcón, que en 1909 asesinó anarquistas en Buenos Aires valiéndose del subterfugio de la Ley de Residencia impulsada por el genocida Julio A. Roca, había participado del extermino de aborígenes durante la conquista del desierto comandada por el también dos veces presidente del país


Adrián Moyano / La Tinta

El 1° de mayo de 1879, la Primera División que integraba  Julio Roca partió del Fortín Sandes, 45 kilómetros al sur de Puan. La Campaña al Desierto se había puesto en marcha el 18 de abril anterior, cuando el cuartel general, los cirujanos, científicos, sacerdotes y 80 soldados arrancaron desde Azul.

Nótese a quién homenajeaba el Ejército ya por entonces: Ambrosio Sandes no sólo se cansó de matar a los montoneros que tuvieron la desgracia de caer en sus manos en la década de 1860, sino que en una ocasión incineró sus cadáveres. Fue después de la Batalla de Lomas Blancas (1863), en La Rioja. El sitio donde se consumó tamaña manifestación de odio se conoce como Carbonera de Sandes. Esa derrota marcó el principio del fin para el “Chacho” Peñaloza.

El 2 de mayo, se encontró la columna en Fuerte Argentino (hoy Bahía Blanca) con las tropas que comandaba el teniente coronel Lorenzo Vintter, futuro gobernador de la Patagonia: el Regimiento 5° de Caballería, el Batallón 6° de Línea e “indios amigos”. Al día siguiente, la totalidad de la Primera División retomó su marcha en dirección al sudoeste. Para Roca, era cuestión principal arribar a Choele Choel el 25 de mayo.

La Segunda División, al mando del coronel Nicolás Levalle, recién arrancó tres días después con 467 uniformados, más el Escuadrón Auxiliares del Desierto, al mando del cacique Tripailao. La columna de Levalle acampó primero en Leubucó y luego en Salinas Grandes, antiguos dominios de los grandes loncos rankülche y de Namunkura respectivamente. Epugner había caído prisionero meses antes, mientras que Baigorrita, el hijo de Kalfükura y demás autoridades mapuche buscaban refugio en la cordillera neuquina.

Como la Cuarta División tenía otro itinerario y puntos de partida muy distantes en relación a las demás columnas, al 1° de mayo ya llevaba ocho días de marcha. Esa jornada acampó en Ranquilco, en el norte de Neuquén. Al día siguiente, “próximo al campamento, halláronse varios sepulcros indios (eltun), que fueron investigados por medio de una profunda excavación, resultando de ahí variedad de objetos curiosos que se coleccionan y manifiestan haber vivido en estos campos una tribu numerosa, de cuyas habitaciones existen vestigios”. Incluido el paréntesis, la anotación tiene como autor a Napoleón Uriburu, jefe de la división.

Huelga general y boicot

Diez años después, ya existían en la Argentina numerosas sociedades obreras, en particular, en Buenos Aires, Rosario, La Plata, Córdoba y Bahía Blanca. En 1889, el congreso socialista internacional que se había reunido en París fijó al 1° de mayo como fecha para recordar la huelga general de Chicago de 1886, en cuyo homenaje los trabajadores debían movilizarse mundialmente.

En Buenos Aires, acogieron la idea socialistas de origen alemán y otros militantes italianos. El primer acto se llevó a cabo en 1890, en el así llamado Prado Español, sito en la actual Avenida Quintana, entre Ayacucho y Junín. Desde el vamos, algunos industriales amenazaron con el despido de los obreros que concurrieran, pero igual se dieron cita cerca de 2 mil trabajadores.

Las demandas: jornada de 8 horas para todos los adultos, prohibición del trabajo para los menores de 14 años y jornadas de 6 horas para quienes tuvieran entre 14 y 15 años, más abolición del trabajo nocturno para mujeres y menores de 18 años, entre otras. En 1902, el movimiento obrero conmemoró por separado el 1° de mayo.

La Federación Obrera Argentina, bajo orientación anarquista, consideró que se trataba de “una fecha de duelo y reivindicaciones para las clases trabajadoras” y rechazó adhesiones a partidos políticos, vía que era ensayada por los socialistas. La FOA recomendaba “la huelga general como suprema arma de lucha económica” y reafirmaba “el empleo del boicot y el sabotaje en la contienda contra el capitalismo”, según Diego Abad de Santillán en su Historia Argentina. El 3 de mayo de ese año, Julio Roca y Wenceslao Escalante firmaron el decreto que dio origen formal a San Carlos de Bariloche.

Sin embargo, 1902 no pasó a la historia por la entrada en escena del pequeño pueblo fronterizo, sino por la intensa agitación obrera y la sanción de la Ley de Residencia. Hubo huelgas de los estibadores del puerto San Nicolás, de los obreros azucareros y los portuarios de Rosario, los ferroviarios del ramal Olavarría-Buenos Aires, los pintores de Mar del Plata, los peones del Mercado Central de Frutos, los panaderos de Chivilcoy.

El concepto “criminalización de la protesta” todavía no existía, pero fue el recurso al que echó mano el gobierno de Roca: un juez ordenó el allanamiento del local de la FOA. Como la reacción obrera no se hizo esperar, el Conquistador del Desierto hizo aprobar la que quizá fuera la norma más odiosa de la historia argentina. El trámite parlamentario fue súper veloz y, para noviembre, el Poder Ejecutivo ya podía ordenar la expulsión del territorio nacional de “todo extranjero por crímenes o delitos de derecho común, o de aquellos cuya conducta comprometiera la seguridad nacional o perturbase el orden público”.

Además, “los barrios obreros fueron ocupados militarmente”, reconstruyó Abad de Santillán. Treinta años después de aquella escala en Fortín Sandes, tuvo lugar el 1° de mayo más sangriento. Cuando la columna proletaria de la Fora atravesaba la Plaza Lorea, “fue atacada a tiros por el escuadrón de policía a caballo, dejando un saldo de 8 muertos y más de un centenar de heridos, sin ningún lesionado entre los atacantes.

Era jefe de policía el coronel Ramón L. Falcón, que condenaba toda manifestación anarquista”, apuntó el historiador.

Un tipo consecuente con las matanzas

A mediados de 1875, Ramón Lorenzo Falcón fue designado jefe de una compañía en el 3° de Línea, que formaba parte de la guarnición de Río Cuarto. El comandante de esa frontera era Julio Roca.

“Falcón pasó a liderar a los cazadores del mismo cuerpo, encargados estos de las acciones de extermino del aborigen en la frontera sur de Córdoba entre 1876 y 1877, y en este último (año), en la zona sur de Buenos Aires, Carhué y Fuerte General Belgrano”, afirma Christian Petralito en su libro Ramón L Falcón. Baluarte de la represión nacional. Contrincantes de Falcón fueron los weichafe de Namunkura, Pincén, Juan José Catriel y Antümil hasta que, a mediados de 1877, decidió cambiar de arma y pasó a desempeñarse en la Escuela Naval Militar.

Al iniciarse la Campaña al Desierto, Roca ordenó que la cañonera “Uruguay” y el vapor “El Triunfo” se dirigieran en primera instancia, hacia Carmen de Patagones. La segunda de las embarcaciones debía introducirse por el río Negro para apoyar a las tropas terrestres.

A las órdenes de Martín Guerrico, iba el futuro fusilador de anarquistas. Los marinos tenían las mismas instrucciones que las columnas del Ejército: arribar a Choele Choel el 25 de mayo. Pero como el vaporcito nunca pudo zafar de una encalladura, los marinos tuvieron que hacer su arribo en botes.

Falcón ascendió a mayor por “su desempeño en la faceta naval de la ofensiva contra el pueblo mapuche”. Desde 1906, se desempeñó como jefe de Policía en la ciudad capital. Pocas trayectorias como las suyas sintetizan tan acabadamente cómo y para qué la oligarquía fundó al Estado. Aquel 1° de mayo de 1909, un obrero ruso había asistido atónito a la masacre de sus compañeros.

Cuando seis meses después lanzó la bomba contra el carruaje que transportaba al coronel haciéndolo volar por los aires, Simón Radowitzky ignoraba que también vengaba a los pueblos aborígenes masacrados.

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