Economía

Panorama económico

Del Congreso de Tucumán de 1816 hasta nuestros días: por una Independencia de verdad

Cuando se firmó el Acta, el país ya se encontraba aplicando un modelo económico que lo sometía comercial y financieramente a Gran Bretaña. Se trataba de un esquema de libre comercio que internamente le servía sólo a los comerciantes y contrabandistas porteños, y a su elite gobernante


Esteban Guida

Fundación Pueblos del Sur (*)

Especial para El Ciudadano

Cuando el 9 de julio de 1816 se declaró en Tucumán la Independencia de Argentina, el país ya se encontraba aplicando un modelo económico que lo sometía comercial y financieramente a Gran Bretaña. Se trataba de un esquema de libre comercio que internamente le servía sólo a los comerciantes y contrabandistas porteños, y a su elite gobernante también; sin embargo, mientras unos pocos se enriquecían, miles de argentinos, habitantes del interior (santafesinos muchos de ellos) quedaban sin trabajo, sumidos en la pobreza y la marginación.

¿De qué sirve una Declaración de Independencia si en la práctica las personas no pueden decidir sobre su trabajo, su tierra, sus recursos y hasta su propia vida? ¿Para qué sirve una independencia política si en rigor de verdad intereses foráneos deciden sobre la riqueza de la Patria y su propio destino?

Hasta principios del siglo XIX, en buena parte de lo que hoy es Argentina se habían desarrollado actividades productivas e industriales de toda índole. El desarrollo económico y el pleno empleo eran una característica de los poblados que se habían especializado en la fabricación de productos según sus ventajas comparativas y la necesidad del momento: la industria textil, ampliamente diseminada, con foco en Tucumán y Córdoba, donde también se desarrolló la cría de mulas y elementos de transporte; la cría de ganado vacuno en la Banda Oriental, Santa Fe y Buenos Aires; la producción de vinos y frutas frescas en Mendoza; la yerba mate en Paraguay y Misiones, también tabaco, azúcar, algodón en el norte, entre otros productos de consumo masivo y necesarios para la vida.

Esto había sido posible gracias al denominado “monopolio” español que rigió hasta fines del siglo XVIII, que más bien fue la aplicación de un proteccionismo extremo de hecho por parte de España, en el que ninguna otra nación europea podría comerciar directamente con la América española. Hasta ese entonces, la actividad principal en Buenos Aires era el contrabando de productos que llegaban por el Río de la Plata, lo cual la dejaba económicamente retrasada respecto del interior, donde el desarrollo económico y social se dio por la dinámica propia de la producción y el trabajo para satisfacer las necesidades locales con lo que había y se podía intercambiar con los otros pueblos iberoamericanos.

Pocos hablan del bienestar económico que vivían los pueblos del interior hasta que, luego del Reglamento de Libre Comercio, dictado por Carlos III en 1778, el librecambio se comenzó a imponer en estas tierras. Ratificado en el acuerdo de libre comercio con Gran Bretaña, el 26 de mayo de 1810 (sí, un día después de la Revolución de Mayo), el modelo comenzó a hacer estragos en la incipiente industria del interior que, aunque retrasada, aportaba trabajo y bienestar a la gran mayoría de los habitantes.

Los valientes argentinos que lucharon como pudieron por ser libres de verdad no se dejaron seducir con los productos más baratos y de mejor calidad que provenían de Inglaterra (industrialmente más desarrollada y decidida a quedarse con el mercado iberoamericano), puesto que ellos traían consigo el desempleo, la pobreza y la pérdida de libertad.

Es cierto que nuestros verdaderos héroes patrios combatieron por una verdadera independencia política y económica que le permitiera al pueblo argentino vivir con justicia y dignidad, pero esas luchas no pudieron contra el efectivo poder de la diplomacia y el soborno de que utilizó Gran Bretaña para hacer de estas tierras una colonia inglesa más.

La triste historia de dependencia económica de la Argentina es algo que muchos desconocen y que, de hecho, se omite prácticamente en todos los niveles de la enseñanza pública y privada del país. Llamativamente, los dirigentes que hacen discursos en este día y ocupan los estrados para celebrar nuestras fechas patrias tampoco hacen referencia a esta realidad que vivió y vive el país. Porque, ¿de qué Independencia podemos hablar si hay millones de personas sin trabajo, sin alimento y sin posibilidades de decidir acerca de su futuro y el de su familia? ¿De qué libertad podemos jactarnos si la economía de nuestros país está dispuesta para que extraños se queden con el trabajo y la riqueza de nuestra Patria, esa que nos puede permitir vivir dignamente, en comunidad?

Pero también estaríamos ocultando la verdad histórica si no mencionáramos que el 9 de julio de 1947 los argentinos, conducidos por el presidente constitucional Juan Domingo Perón, declaramos nuestra verdadera independencia económica; una que nos permitió decidir sobre nuestros recursos y apropiarnos de nuestras riquezas, logrando desarrollo económico, industrial, con pleno empleo y justicia social.

Esta Declaración de Independencia Económica no fue meramente formal sino que estuvo antecedida por una política interna y externa que lograba cortar los vínculos de dominación, y encauzar al país en un proyecto soberano sobre bases culturales y filosóficas propias; es decir, que fue una libertad genuina, no afectada por ideas foráneas y engañosas de un progreso ilusorio y banal que sólo trae pobreza material y espiritual.

Un año antes de esta declaración, el gobierno de Perón ya afirmaba explícita y formalmente en su Plan Quinquenal: “Aspiramos a una liberación absoluta de todo colonialismo económico, que rescate al país de la dependencia de las finanzas foráneas. Sin bases económicas no puede haber bienestar social: es necesario crear esas bases económicas. Para ello es menester ir ya estableciendo el mejor ciclo económico dentro de la Nación, y a eso también tiende nuestro Plan. Debemos producir el doble y a eso multiplicarlo por cuatro, mediante una buena industrialización –es decir, enriqueciendo la producción por la industria–, distribuir equitativamente esa riqueza y aumentar el estándar de vida de nuestras poblaciones”

Tristemente, este proyecto libertador se frustró violentamente por la traición, el odio y el interés de unas minorías que nos entregaron nuevamente al servicio de los poderes foráneos, dejándonos sólo la formalidad de una independencia que no es.

Pero esta situación es resistida por un pueblo que sabe que puede y debe ser verdaderamente libre, y espera, esperanzado, a su Conductor para iniciar nuevamente el camino de la liberación.

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