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Decisivo paso de Chile hacia un cambio en un terreno todavía pantanoso

El reciente triunfo del "Apruebo" en Chile para cambiar la Constitución elaborada por la dictadura pinochetista, se inició con el levantamiento popular de octubre de 2019. Costó muchas víctimas pero encendió el ánimo para torcer el rumbo de un modelo opresor y es una auspiciosa señal para la región


En un año de estragos a nivel mundial por la pandemia del coronavirus, ahora depositada su mayor incidencia en Latinoamérica, comienzan a soplar algunos vientos de cambios políticos y sociales, tal vez no suficientes para llevarse el covid-19 pero efectivos para augurar otras posibilidades para las mayorías oprimidas, doblemente sufridas por las acciones de gobiernos golpistas o neoliberales cuya consigna no parece ser otra que la que dicta “que se mueran los que se tengan que morir”, sabiendo de antemano cuál será el sector de la población más afectado por ese estigma.

La aplastante derrota del gobierno de facto de Bolivia por el triunfo del MAS fue un formidable alivio para el pueblo de ese país –reprimido hasta la muerte y perseguido– pero también una señal para reagrupar fuerzas en la alicaída escena progresista de la región,  asolada durante los últimos años por gobiernos alineados a la derecha de la pantalla.

Y cuando todavía no se salía de la sorpresa ante el contundente mazazo dado al gobierno de facto de Áñez en Bolivia, la discriminadora y opresora Constitución armada a la medida de sus objetivos por la dictadura de Pinochet acaba de ser borrada por la decisión de una mayoría abrumadora en un Chile que despertó de un extenso y dañino letargo hace poco menos de un año, saturadas sus clases populares por los abusos de poder magnificados durante el actual gobierno de Sebastián Piñera.

Alentador movimiento de piezas en el mapa sudamericano

La opción “Apruebo” para cambiar la Constitución de 1980, protectora de los opulentos y descarnada con los humildes, alcanzó casi el 80% y también se impuso la opción Convención Constitucional con cifras parecidas, que propone la conformación de un equipo para redactarla elegidos por el voto popular e incluye paridad de género y frena la opción que proponía la participación de un 50% de congresales en ejercicio para su elaboración.

El plebiscito fue una verdadera fiesta y la Plaza Italia, escenario de tantas manifestaciones y batallas contra los carabineros se llenó de gente de todo tipo, desde sectores de clase media hasta los originarios mapuches haciendo ondear su bandera, todos unidos en el clamor que rezaba “!El pueblo unido jamás será vencido!”.

Y esto también no deja de ser una alentadora noticia para la región, para rearmar las fuerzas progresistas y democráticas (aceptando que ambas denominaciones están algo devaluadas en el presente por su uso espurio) hacia una correlación más equilibrada que permita disputar distribución de la riqueza.

A la espera de una derrota de Trump en las inminentes elecciones estadounidenses, el movimiento de un par de piezas en el mapa sudamericano ya es auspicioso.

Piñera: perverso e hipócrita

A las informaciones calentitas de algunos acuartelamientos militares en Bolivia, sin que quede claro los principales objetivos si se descuenta que intentarán imponer condiciones para que las fuerzas de seguridad no sean juzgadas por la salvaje represión y el armado de grupos paramilitares para frenar los movimientos populares que salieron a resistir el golpe a Evo, el de Chile será un largo y difícil camino para que esa nueva Constitución se torne una realidad concreta.

Al tiempo que falta para plasmarla, hay que sumar que la gestión de Piñera no abandonará así nomás el barco. Él mismo se encargó de hacerlo saber al subirse al triunfo popular del “Apruebo” y poniendo en evidencia su destreza camaleónica para no soltar ni un ápice del poder.

“Hoy los chilenos y chilenas expresaron libremente su voluntad a través de las urnas, eligiendo una Convención Constituyente, que por primera vez tendrá plena igualdad entre hombres y mujeres, para acordar una Nueva Constitución para Chile”, dijo, en un alarde de hipocresía que lo ubica junto a otros conspicuos acomodaticios de la historia política.

E insistió: “La voz de todos los ciudadanos se ha escuchado con la misma fuerza y cada voto ha tenido el mismo valor. Ha prevalecido la unidad sobre la división y la paz sobre la violencia. Es un triunfo de todos los chilenos”.

Es por lo menos perverso que quien dio la orden de reprimir ya desde las primeras marchas de estudiantes, gremios y trabajadores, que manifestaban justamente contra las políticas de su gobierno, aparezca ahora como el que hubiera propiciado un nuevo cambio de rumbo.

Que quien se mostró imperturbable ante la cantidad de muertos y heridos producto de la brutal represión de sus carabineros y policía militar haga ahora como  que allí no ha pasado nada y se disponga a volver a conducir los destinos de los chilenos avasallados una y otra vez.

Las imágenes de la represión fueron terribles: gases lacrimógenos arrojados a los ojos de los manifestantes dejándolos ciegos; balas de goma disparadas a niños y mujeres; secuestros de militantes populares y ejecución sumaria de algunos; tiros sobre barriadas sin importar quién estuviese adelante.

Todavía están frescas las declaraciones de Piñera cuando el saldo de muertos y reprimidos crecía sin freno: “Nos reuniremos con partidos de gobierno y oposición para explorar y ojalá avanzar sobre un acuerdo social hacia mejores soluciones para los chilenos”.

Como si él y sus políticas neoliberales no fueran el mayor problema de todos con su consolidación del modelo chileno que tanto alabaron Macri y Bolsonaro. Un modelo que concentró cada vez más las riquezas en pocas manos y donde la salud y la educación se hicieron cada vez más prohibitivas.

Apenas bastó un aumento en la tarifa del subte para que todo estallase por los aires; los privilegios ya olían demasiado mal. Piñera fue el autor de una frase que lo pintará eternamente: “El país está en guerra”, dijo, luego que se hicieran públicos por las redes los audios que su esposa intercambiara con “gente de su clase”, donde se mostraba espantada porque deberían “ceder” algo de sus privilegios ante lo que llamó una “invasión extranjera alienígena”, en un modo por lo menos sui generis de referirse a las manifestaciones populares.

Una esperanza y un camino incierto

Se sabe, desde Pinochet en adelante Chile ha sido el país mimado de Estados Unidos; dos son los hechos que el país del Norte considera esenciales para beneficio mutuo.

Uno es el derrocamiento del gobierno socialista de Salvador Allende, orquestado por la misma CIA, que venía operando con el mismo Pinochet, a la sazón Jefe del Ejército del “Chicho”, y otro, el puntual pedido que el ex Secretario de Estado estadounidense, Alexander Haig, hizo al sanguinario dictador para que su país oficiara de base para la flota aérea británica durante la Guerra de Malvinas.

Los republicanos sienten que en Chile está el jardín florido de su patio trasero. Por lo tanto, con semejante retaguardia, no será fácil el camino para amortizar la gran desigualdad social existente, donde los ingresos de los trabajadores no colman las necesidades primarias, las pensiones de los jubilados son casi de hambre, los medicamentos resultan muy caros y la educación de calidad se torna inalcanzable para vastos sectores.

Lo que sigue tras el “Apruebo” del último domingo son las elecciones de quienes integrarán la Convención Constituyente en abril del año próximo y luego su redacción, que tendrá un plazo de nueve meses.

En 2022 un plebiscito ratificatorio dará salida a la nueva Constitución pero seguramente será un proceso enmarcado en un escenario de conflictos y tensiones porque nada indica que algo cambiará durante la gestión de Piñera.

Es probable que la protesta social y las movilizaciones continúen con más fuerza que las que arrancaron bajo los lemas “Con todo ¿sino pa’qué?” o “No fueron 30 pesos, fueron 30 años”.

Y nada menor será cómo se actuará sobre las fuerzas de seguridad para evitar que se repitan los salvajes abusos de los últimos meses. La calle fue decisiva para el comienzo de una gesta que reclama otro Chile pero habrá que ver cuál es el comportamiento de las élites que no quieren ceder poder y que se hartaron de hablar de los éxitos y el desarrollo de un modelo mientras la opresión de las mayorías se hacía más asfixiante durante los mencionados últimos 30 años.

El triunfo del “Apruebo” es un primer paso de mucho peso para la región pero habrá que ver cómo se dan los próximos.

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