Economía

Números que duelen

¿Cuántos pobres se necesitan para hacer un rico?

La prosperidad económica desde los ochenta ha aumentado, pero el bienestar de la mayoría no, al menos así se expresa en las encuestas mundiales


Alejandro Marcó del Pont / Agencia Timón

La pregunta con la que abre este texto es un tanto complicada. Responderla no es lineal como fue el caso de otro artículo, “Las dimensiones del infierno”. En ese momento equiparé el mundo y sus pobres con el averno, por lo que las dimensiones se limitaban a la tierra. Un poco más complejo le resultó a Galileo, debo reconocer, cuando la Iglesia le solicitó las magnitudes del inframundo para precisar cuántos demonios podía albergar.

La solución es compleja, decía, porque más allá de la estrechez de los datos hay que tomarlos con gran cautela. Por ejemplo, si lo restringimos a las personas que viven con menos de un U$S 1 por día habría 1.000 millones de pobres en el mundo; con menos de U$S 2, unas 2.800 millones y con menos de U$S 2.5, sería pobre la mitad de la población mundial, 3.700 millones. Así que, acompañando el último dato, necesitaríamos 1.687.853 personas sentenciadas a la miseria para producir un rico en el mundo. Para entrar en la lista de 2208 multimillonarios de Forbes es necesarios tener al menos U$S 1.000 millones.

Pero no todos los países son homogéneos en su producción de opulencia. Consideremos a Brasil. El gigante sudamericano tiene 41 multimillonarios (con unos U$S 175 MM) y gracias a las gestiones del gobierno golpista de M. Temer, los pobres rondan los 52 millones, el 25.4% de su población. Es decir, que para generar un rico en Brasil necesitan condenar a la pobreza a 1.238.095 personas.

Si el caso fuera la Argentina, que según Forbes tiene 9 multimillonarios (U$S 15.6 MM), las cifras difundidas por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) nos dicen que hay 13.2 millones de personas en condición de pobreza, el 33.6% de la población. Estos números nos llevan a constatar que el índice productor de opulencia (IPO) es de 1.466.666 personas, relación que, intuitivamente, nos conduce a pensar que la distribución del ingreso en la Argentina es más conveniente que en Brasil, porque se necesitan sacrificar más personas a la miseria para crear un rico (¿o somos menos productivos?).

Unos 600 millones de jóvenes en el mundo actualmente no trabajan, no estudian ni participa en ningún programa de formación.  De los mil millones de jóvenes que entrarán en el mercado laboral en la próxima década, se prevé que sólo 40 por ciento logrará encontrar un empleo disponible. Pero, extrañamente, 218 millones de niños de 5 a 17 años están ocupados en la producción económica mundial, en África uno de cada cinco, en América uno de cada diecinueve. Aparentemente el problema necesita otro abordaje.

Si vemos los datos de Forbes acerca del crecimiento de multimillonarios a los largo de los últimos dieciocho años notaremos que la mayor aceleración se encuentra después del colapso económico del 2008. Y sorprende el reparto sectorial del incremento de riqueza. Por ejemplo, en Brasil, de los 41 multimillonarios que tiene 11 guardan relación con las finanzas (U$S 57.6MM). Es decir, que en la distribución de riqueza casi el 40% de los ricos de Brasil son banqueros o cerveceros (productores de cerveza U$S 56.6MM).

Al parecer el contrato social de la posguerra se rompió, “se sabía que unos, los más favorecidos, se quedarían con la parte más grande de la torta, pero a cambio los otros, la mayoría, tendrían trabajo asegurado, cobrarían salarios crecientes, estarían protegidos frente a la adversidad y la debilidad, e irían poco a poco hacia arriba en la escala social. Un porcentaje de esa mayoría, incluso, traspasaría la frontera social imaginaria y llegaría a formar parte de los de arriba: la clase media ascendente”.

La prosperidad económica desde los ochenta ha aumentado, pero el bienestar de la mayoría no, al menos así se expresa en las encuestas mundiales.

La ruptura del contrato social generó mayor desigualdad, se fracturó el pacto generacional, lo que se dio en llamar la curva del Gran Gatsby, que explica que las oportunidades de los descendientes de una persona dependen mucho más de la situación socio­económica de sus antecesores que del esfuerzo personal propio. Y la democracia es instrumental, es buena si me soluciona los problemas, cualquiera de estas realidades no fueron siempre así.

Tenemos una gran capacidad para innovar los nombres de lo que no podemos modificar, o refinarla, como el insumo pobreza para generar un rico. La pobreza es multidimensional, está ligada con la salud, la educación, las condiciones de vida (gas, luz, agua potable, cloacas, transporte, etc), según la definición del Índice Multidimensional de Pobreza del PNUD, que contiene, a su vez, la desigualdad del ingreso, indicador que ha dejado pasmado al mundo por su concentración durante los últimos 10 años.

De igual modo, no nos olvidamos que hemos innovado, ya que según el Banco Mundial la pobreza extrema se mide con U$S 1.90 por día, otra cifra por encima de esta produciría pobres, pero menos extremos. Lo cierto es que si tomáramos este dato para Argentina, y para un integrante de la canasta básica alimentaria (CBA), daría unos U$S 2.20 por día, los datos serían ostensiblemente mayores a los BM.

Es cierto que ante el crecimiento de la población mundial, la pobreza ha disminuido, pero también es cierto que vivimos peor. En el año 2005, la ONG Oxfam en su informe anual, y dando cuenta de la gravedad de la desigualdad mundial, anunciaba que el 1% de los más ricos del planeta se quedaba con el 48% de la riqueza mundial. Vaticinaba con profunda preocupación predicciones siniestras donde en el año 2016 el 1% de los ricos se almacenarían el 50% de la riqueza y el 2019 podrían llegar a la impensable cifra de 54%. Las peores profecías se quedaron cortas, en el 2017 el 1% de los más ricos se apoderó del 82% de la riqueza mundial.

No crean que es el peor de los datos, la mitad de la población mundial, 3.700 millones de personas, no se benefició en nada, “0”, de la riqueza generada. Desde el 2010 las ganancias de los ricos aumentaron a una tasa del 13%, mientras que los sueldos lo hacen al 2%. Sólo en el 2017 la riqueza de los multimillonarios se incrementó en U$S 762.000 millones, cifra que sería suficiente para terminar seis veces con la pobreza extrema.

Sólo ocho personas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre del mundo, 3.700 millones; la relación aquí sería 462.500.000 de miserables para generar un rico. No es sólo la diferencia desmedida de la riqueza lo que ha provocado esta perpetua degradación, sino el empobrecimiento colectivo, ciudades arruinadas, pueblos abnegados, escuelas destruidas, hospitales destrozados, desempleo juvenil, fracaso colectivo de la voluntad, y todo es austeridad, ahorro, abstinencia, privación debido ¿a qué? Desde mucho antes convivimos con la sobriedad y lo único que generamos fue una mayor tasa de crecimiento de la riqueza para los más ricos.

Toleramos sumisamente aumentos de los combustibles, de los servicios, aceptamos tener una mala salud, una pésima educación, que se interrumpa la movilidad intergeneracional, la depresión, el alcoholismo, el juego, la falta de futuro. Y en el mismo rumbo, admiramos a los ricos, naturalizamos la desigualdad. “Esta disposición a admirar, y casi a idolatrar, a los ricos y poderosos, y a despreciar o, como mínimo, ignorar a las personas pobres y de condición humilde [… ] [es] la principal y más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales” (Adam Smith; Teoría de los Sentimientos Morales).

Nos hemos vuelto insensibles a los costes humanos de políticas sociales en apariencia racionales. Ser receptor de asistencia pública, tanto en forma de ayuda para los hijos, bolsas de alimento, seguro de desempleo, o de cualquier otro tipo se transformó en una marca de Caín: un signo de fracaso personal, la muestra de que, de alguna forma, esa persona se había escurrido por las grietas de la sociedad. Se equiparan a políticas de caridad del siglo XIX que, durante 150 años, la humanidad trató de abolir por degradantes y hoy estamos en el mismo punto.

Devolver el orgullo y la autoestima a los perdedores de la sociedad fue una plataforma central de las reformas sociales que marcaron el progreso del siglo XX. Hoy las hemos perdido por poco. No importa la cantidad de pobres para crear un rico, importa que estamos llenos de pobres con lentes de opulencia.

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