Ciudad, Sociedad

Contar desde la intervención

Cuando se mira y no se ve: la historia de un pibito pequeño llamado R

R pasa sus días en una barriada del sur de Rosario. Lo circunda una historia de vida que a cualquiera le estrujaría el corazón. Existe un gran camino por construir y recorrer. Y la realidad que acontece parece estar ganando por afano la pulseada


Arte El Ciudadano

Licenciada Erica Montelpare | Colegio de Trabajo Social

R es un pibito de 15 años que pasa sus días en una barriada del sur de Rosario. Lo circunda una historia de vida que a cualquiera que la conociese se le estrujaría el corazón de tan sólo oírla, o también estarían aquellxs que acercarían sus libros de quejas. R es un joven de aspecto pequeño corporalmente, de apariencia tranquila, de mirada acongojada, bastante delgado, cuando se lo ve caminar por las calles aparenta menos edad de la que tiene, como si hubiese quedado detenido en algún momento en el que fue un poco más feliz, pelo corto pero crecido que oculta uno de sus ojos, su tez tiene una tonalidad a café con leche mañanero, aroma que no florece en su ámbito cotidiano. ¿Desayunará como lo hacen otrxs pibes? Tal vez no pueda, menos aún si pasa sus noches despierto abrumado por tanto infortunio tratando de conseguir algo que lo mantenga despabilado y lo convide a aplacar un cacho algún sufrimiento.

R no terminó la primaria, lo desvelaron otros sitios por recorrer. Actualmente no existe entre él y las instituciones que habitan el territorio ningún tipo de relación, ni acercamiento.

R no fue bendecido en esta vida; se encuentra sumido en un ámbito de consumo problemático. Lo acompañan la nafta, las pastillas, la cocaína, el poxi y, además, la delincuencia.

R llegó a este mundo producto de una relación que tuvo su madre, quien padece una enfermedad mental severa que la hace andar por andar, arriesgando su vida de manera constante. Poco o casi nada puedo hacer con su maternidad. Ella no pudo, no puede y no podrá. Su padre es una incógnita.

Alguna vez, no hace mucho, R. se llevó del Centro de Salud (sin avisar) algunos elementos que luego uno de ellos fue devuelto. Y así es como se retoma la situación de R., la cual hacía un tiempo se encontraba invisibilizada. Y aparecen las preguntas sobre qué hacer, cómo intervenir, con quiénes. “Ya se hizo todo lo que se pudo”, dicen los que más años tienen en el efector y conocen la historia familiar. Pero R. con tan sólo 15 años sigue ahí expuesto a riesgos constantes, que se extienden a otras personas.

R está al cuidado de su abuela, por una medida excepcional establecida por la Dirección Provincial de Niñez, Familia y Adolescencia. La abuela tiene otrxs cuantxs nietxs viviendo con ella, algunxs de estxs junto a su mamá o papá. Es una familia numerosa, viviendo en las peores condiciones.

Aquel día que R se llevó los elementos del centro de salud, fue la abuela quien recuperó uno de ellos y se encargó de devolverlo. Sostenía que R estaba “imparable” y que no lo quería más es su casa.

Párrafo aparte merece la historia de esta abuela, que no cabe en los parámetros del imaginario social de una “abuelita dulce y tierna”, pero hoy no se habla de ella. Tal vez en otra ocasión.

La mayoría de las personas adultas y no tanto que viven junto a R consumen, se dedican al narcomenudeo y la delincuencia. Pareciera un paraje difícil para nacer y permanecer.

R forma parte de la historia clínica (HC) familiar más abultada del centro de salud. Al hojearla pueden encontrarse historias y situaciones relacionadas con la violencia, enfermedades, desescolarización, adicciones, sufrimientos, muerte, cada una de esas personas podrían ser protagonistas de historias estremecedoras.

Al llegar a R aparecen pocos controles de salud, en su mayoría de cuando era pequeño. Su HC está colmada de reuniones y más reuniones con distintas instituciones y direcciones. Se aprecia la presencia de un acompañante terapéutico que parece haber estado junto a R en uno de sus momentos de mayor estabilidad. Por esos tiempos había retomado la escuela, hacía actividad física. Acompañado y alojado parece que pudo hacer algo distinto de lo que se encontraba haciendo. Hasta que un buen día este acompañante fue víctima de una situación de peligro y no pudo continuar ejerciendo su actividad. Y nuevamente el constante riesgo, los abusos, las tentaciones fueron moneda corriente en la vida de R.

Ante tan cruda realidad que asoma por la vida de R y se hace extensiva en las periferias, los equipos interdisciplinarios anclados en el territorio, más precisamente los centros de salud, aparecen sosteniendo un trabajo altamente dificultoso. Desde hace meses se reclama por mayor cantidad de recursos humanos sin los cuales es imposible abordar situaciones como las de R. La vulneración de derechos se vuelve moneda corriente en la población, a la vez que también se observan equipos desmantelados, arrasados, diezmados y fundamentalmente agotados por el achicamiento de recursos humanos, muchos de estos en condiciones laborales y salariales precarias.

Para abordar la situación de R y tantas otras hay que comenzar por restablecer lazos territoriales e intersectoriales infinitamente necesarios para las intervenciones y para la conformación de relaciones de trabajo afectuosas que saquen un poco de angustia y carga a las mochilas que portan los equipos de salud. Sumar también el acompañamiento de los diferentes niveles de gestión en dar respuestas adecuadas a lo solicitado por los trabajadores. Existe un gran camino por construir y recorrer. Y la realidad que acontece parece estar ganando por afano la pulseada.

La pandemia no es un tema aislado en el armado territorial. Llegó de manera abrupta e inesperada y desarmó el trabajo institucional e interinstitucional que los equipos de salud venían realizando con lo que había y de la mejor manera. Se vieron absorbidos y abrumados ante lo inesperado. Pero a la vez la pandemia no ha sido un monstruo implacable que destruyó lo abordado en los centros de salud, parece que se avizoraba una tenue y persistente soledad en la que quedaban los trabajadores a pesar de sus insistentes reclamos.

Si no fuese por el deseo que moviliza, las injusticias que estremecen, los dolores ajenos que preocupan, las desigualdades que se hacen carne, el pensar que hay otrxs , se haría dificultosa esta tarea.

Y R sigue allí. Ya hace unas semanas que nada sabemos de él, andará perdido, vacío, desconfiado, resentido, violentado, escabullido. ¿Cómo andará?

Desde los equipos tratando de aportar algo mejor para R, apostando sin saber el final.

“A veces permanezco acodada viendo pasar la vida,

Pero aún hay algo que me inspira a seguir creyendo,

Tal vez sea el deseo, 

Tal vez las injusticias, 

Tal vez esos sentires que fueron forjando bien adentro alguna pequeña rebeldía.”

Comentarios