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Cuando las palabras hacen hueco

Pese a que el lenguaje distingue a los humanos del resto de los animales, la comunicación entre las personas parece difícil. Y, además, ya las charlas están mediadas por la televisión de fondo, mensajes de celular y los bares tapan las palabras con música.


En los vínculos y relaciones la palabra como mediadora del lazo, es un universo en el cual muchas veces nos empantanamos. El lenguaje como recurso, nos permite tanto expresar lo que no deseamos, como también, callar aquello que se necesita decir.

Cuando el silencio se encripta en el sujeto, aparecen los síntomas. Existe algo que se repite y retorna, pero sucede muchas veces que el sujeto es incapaz de ponerlo en palabras, es allí que el silencio aparece en lo real del cuerpo como síntoma. Llamase psoriasis, ataque de pánico, fobia, gastritis y se podría seguir enumerando estados del cuerpo que hablan por sí solos.

¿Por qué siendo sujetos del lenguaje parece ser tan difícil la comunicación entre las personas? Ya sea de padres a hijos, de hijos a padres, de docente a alumno, de alumno a docente, de médico a paciente, de paciente a médico, de jefe a empleado, de empleado a jefe, de marido a esposa, de esposa a marido, de ex a ex, y demás vínculos.

Es en el hablar donde la voz encuentra su verdadero protagonismo. La voz la necesitamos tanto para reír como para llorar, para toser como para estornudar. En el suspiro, ya sea de placer o sufrimiento, también se necesita de la voz. Sin embargo, es cuando se logra cerrar los ojos que podemos agudizar la audición. Se trata de ese momento oscuro de la mirada, cuando el sujeto logra sustraerse de la imagen, de aquello que mira, que “la voz emerge plenamente”. A la inversa, cuando el sujeto mira demasiado como fascinado, entonces allí el sujeto deja de escuchar.

La mirada no es sólo percibir, es, además, la expresión de los ojos, la manera de mirar y contemplar el mundo. Es prestar atención y considerar. Cuando hay un desencuentro con el otro, sea quien fuere ese otro. Entran en juego ambos objetos, tanto la mirada como la voz.

En el andar cotidiano

Frases populares, estados, sensaciones que acontecen en nuestra vida diaria, donde la voz y la mirada también son protagonistas de la escena.

La expresión “todo bien” se trata de una frase cerrada y conclusiva que no da cabida a un despliegue en el relato. Hablar del pasado es lo que permite abrir el presente. Al hablar del pasado, no se está reproduciendo la historia, sino que se hace historia. Cuando un sujeto puede historizarse, no habla de lo que le ocurrió o fue, sino de lo que ya no es.

El reproche, tanto aquel que es dirigido a uno mismo como el que se dirige a otros, en ambos casos obstaculiza la búsqueda de un saber. El reproche es en algún sentido tan tajante e imperativo que habla de un saber absoluto, que no da lugar a otro tipo de interrogante.

La vergüenza engloba por un lado, la sensación de desnudez, y por el otro es una señal de alarma frente a algo desvergonzado. Este sentimiento de vergüenza responde a la mirada, en relación al qué verán, y a la voz con respecto al qué dirán.

Mal de ojo. Sigmund Freud al considerar dicha creencia supersticiosa, la razona de una manera sumamente realista. Dice: “Quien posee algo precioso y sin embargo frágil, teme la envidia del otro, al proyectar sobre éste lo que él habría sentido en el caso inverso”. Lo que tengo, el otro siempre puede quitármelo, arrebatármelo con la mirada.

El jugar. En el juego también entra en escena la mirada. En un primer momento el niño no oculta su juego a la mirada del Otro. Más tarde va a preferir que el adulto no observe su juego. “Dale que era”, expresa el niño cuando juega. Dicho tiempo verbal, (pretérito imperfecto), permite al niño no quedar cristalizado en una única identidad. Se trata de lo no realizado, como posibilitador de otras identificaciones.

Hay adultos que pierden la capacidad de jugar, y así se sumergen a las exigencias de la vida.  El adulto necesita sentir que tiene el control de lo que sucede. La incertidumbre lo desborda. A diferencia del niño que al jugar comienza a navegar por un universo en el cual no sabe ni precisa saber antes, que va a suceder. Desconoce lo que va a pasar, a sentir, a hacer, a imaginar. Se deja llevar por sus emociones, inmerso en un escenario vertiginoso y desconocido. “Ama lo que no sabe y lo que no entiende”. Mientras que al adulto le asusta soportar la deriva, el vacío, el no saber.

Una vez pude observar a un niño vestido de Superman, que desde una altura mínima saltaba una y otra vez sin cansarse con sus manos extendidas con un especial deseo de volar. Era una y otra vez volver a intentar volar.

Imágenes que no dejan ver

Hoy, abrumados por las imágenes y sonidos, el mirarse a los ojos y el escucharse van quedando en el cajón de los recuerdos. Ya las charlas, están mediadas por sonidos de la televisión de fondo, por interrupciones constantes de los mensajes de celular. Los bares nocturnos con la música excesivamente fuerte, impidiendo un dialogo placentero. Televisores que desvían la mirada y la escucha.

Actualmente estamos cada vez más alejados de mirarnos a la cara y también de escuchar nuestras propias voces. Hoy el mirar es a través, ya sea de Facebook o Instagram, el escuchar es más escrito que verbal. Se habla por mensaje, se mira al otro por imágenes, se pierde tanto el cara a cara como la voz.

Se sabe del otro antes de verlo, por aquello que se observó en imágenes, sin escuchar su propia experiencia. Se mira a los hijos por el visor de un celular para filmarlos o fotografiarlos. Allí se pierde la experiencia sensible y emocional de lo vivido. Esa pasión desmedida por registrar un instante o un rostro, nos impide registrar en el recorte el contexto más amplio. Queda la imagen o el video que tal vez muchas veces no vuelve a mirarse, y se pierde el registro de lo emocionalmente vivido en aquel instante, porque no hubo un contacto real con lo acontecido.

Nos vamos perdiendo en imágenes, fotografías, videos, audios y al mismo tiempo vamos perdiendo los recuerdos intensos y sensibles que en verdad no se pierden de nuestras retinas cuando son vistos cara a cara.

Mirar, escucharnos. Sumergirnos en lo desconocido, para vivir de manera intensa las emociones. Jugar y transitar por la vorágine de lo incierto, de lo fugaz, de lo atrevido.

Animarse a experimentar de nuestras propias emociones sin pensarlas, sin prejuicios, intentando escuchar lo sensible de la vida.

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