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Crónica de aquellos días fatales

Oriundo de General Villegas, Sergio Recarte estuvo desaparecido antes del golpe cívico-militar. A la vuelta del exilio halló unos apuntes que su padre llevó mientras lo buscaba desesperadamente. Fue el disparador para la escritura de su libro.


Sergio Recarte es comerciante y escritor. Nació y creció en General Villegas, provincia de Buenos Aires, pago también de Manuel Puig, uno de los novelistas y dramaturgos tal vez más rechazados en su tiempo y cuyos libros, que aunaban la  literatura y la vida de las divas del cine de oro estadounidense de los años 50, viajaron por fuera de lo que se conoció como el Boom Latinoamericano.

Recarte asiente con orgullo cuando se le recuerda que él y Puig, aunque en distinto tiempo, caminaron las mismas calles, la misma plaza y visitaron el mismo cine. Pero inmediatamente, su semblante pasa de tener una sonrisa relajada a mostrar en sus ojos una oscuridad repentina. Una suerte de retrospección que lo lleva a su pasado más atroz, el que vivió cuando fue detenido cinco días antes del golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976 en La Plata, durante una marcha de estudiantes y obreros.

Por mucho tiempo su familia no supo de su paradero y entonces su padre, en medio de la incertidumbre y el dolor, escribió día por día apuntes sobre la desesperada búsqueda de su hijo: qué puerta golpeaba, quién lo atendía, quién le cerraba o abría caminos para dar con Sergio. Fecha, hora, lugar y por sobre todo el sentimiento de agobio que lo envolvía.

Después de casi 30 años, de un largo autoexilio en el País Vasco, del desarraigo y los recuerdos tortuosos que vuelven a su memoria una y otra vez, Recarte se animó a leer por primera vez esos apuntes de su padre, que siempre estuvieron en su casa natal de General Villegas, aunque ya amarillentos por el paso del tiempo. Esa suerte de crónica de búsqueda paterna fue el disparador para escribir El aliento de la memoria (Ediciones Lauburu). A continuación, Recarte apunta algunos de los momentos que fueron convenciéndolo que la escritura de esa experiencia era una tarea ineludible. Lo hace en presente tal vez para dar cuenta que ya no teme contarla.

—¿Cómo empieza esta historia?

—Es una historia muy dolorosa, con muchas emociones y con mucha carga sobre el cuerpo de uno. Empezó en marzo de 1976, cinco días antes del golpe de estado. Fui detenido exactamente a las 10 de la mañana por una patota policial en pleno centro de la ciudad de La Plata, en donde estudiaba veterinaria, durante una manifestación de obreros y estudiantes. Estuve varias semanas como desaparecido.

—¿Cuánto tiempo estuviste desaparecido?

—No sé calcular bien. Tengo muchos pasajes oscuros, es como si todo transcurriera en un tren en medio de la oscuridad, con algunas lucecitas que se van encendiendo de vez en cuando. Esas lucecitas son lo que me han permitido escribir este texto, en base a mis recuerdos. Aunque hay un enfoque importante y es lo que me motivó a volcar mi experiencia en un libro: la crónica de mi padre. Mi viejo era jefe de estación, era ferroviario, no militaba. Era peronista, quizás como dijo alguna vez (Osvaldo) Soriano: «Yo no entiendo de política pero soy peronista».

—Vino el golpe y técnicamente te convertís en un desaparecido, ¿qué hizo tu familia?

—Cuando mi familia se enteró de que yo había sido detenido, mi padre y mi madre van hasta La Plata para ver qué sucedía, y de golpe su vida se trastoca de una manera bestial porque él desconocía lo que estaba sucediendo. Sobre todo en esos focos represivos que fueron La Plata, Buenos Aires o Córdoba, en donde había una represión intensa antes del golpe de Estado. Con esa historia que tiene de mi búsqueda y fue volcando en apuntes, logra una crónica y eso es la columna vertebral de mi libro. Los apuntes de mi padre son la parte fundamental porque con la ayuda de su diario pude saberlo: primero estuve en la comisaría 5ª de La Plata, algo tremendo, después en la 8ª, pasé por el centro clandestino de detención en Infantería Montada de Policía de La Plata y de allí luego pasé a ser una especie de preso blanqueado en la Unidad 9.

—¿Cómo y cuándo te enterás de que tu padre escribió estas crónicas?

—Todo libro tiene una historia detrás y esta es una historia de negaciones, de pretender borrar ese tramo de mi vida. Lo grafico así, como si todavía la capucha que me pusieron los militares estuviera sobre mi cabeza.  Estoy desaparecido varias semanas, después me blanquean como preso político –aunque nos llamaban delincuentes–, entro en la Unidad 9 de La Plata y después esta historia termina a los dos años, seis meses y dos días, cuando me exilio en el País Vasco. Estuve 11 años, volví en democracia, en 1987, y me instalé en General Villegas. Retomo los lazos familiares con mis padres y me entero de que existía su diario pero continuaba en la negativa de no querer saber nada con el pasado.

—¿Cuándo fue la primera vez que tocaste esos apuntes?

—Hay algo que lamento mucho. Yo seguí negando esa parte de mi pasado durante muchos años. Mi padre fallece en 1999 y lamento que hoy no esté para ver esto. Las hojas seguían en casa, ya se habían puesto amarillentas por el paso del tiempo. En 2011 hubo un hecho que cambió la historia, en General Villegas, gracias a la iniciativa de una comisión que se formó llamada Memoria, verdad y Justicia. El primer objetivo fue visibilizar a los desaparecidos de General Villegas. Es una historia muy dura. Villegas durante la última dictadura cívico-militar contaba con ocho mil habitantes y hay ocho jóvenes detenidos y desaparecidos. Esta tragedia estaba tan encerrada en el entorno de cada una de esas familias que cuando nosotros iniciamos la búsqueda de esas historias, descubrimos que había cinco detenidos desaparecidos y después aparecieron tres más. Es muy fuerte.

—¿Cómo influyó en vos esa movida que se hizo en General Villegas?

—En esa búsqueda colectiva que hicimos para armar la historia de cada desaparecido me voy al encuentro de mi propia historia, que tenía totalmente negada. El primer paso que doy es acceder a las hojas mecanografiadas de mi padre, que es el diario de la búsqueda que hizo, acompañado de mi madre. El siguiente paso fue escribir el libro, algo que hice de forma inmediata. Fue prácticamente una catarsis.

—¿Cómo fue tu liberación y el volver a vivir?

—En 1978, durante el mundial de fútbol, en Europa hubo una lucha colectiva muy intensa por parte de distintos organismos de derechos humanos, la misma selección holandesa no quería venir y los jugadores fueron obligados a hacerlo por la Federación de Fútbol Holandesa. Para humanizar un poco la situación permitieron que saliéramos algunos, como si una canilla se hubiera abierto y cayeron seis o siete gotas. Entre esas gotas, usando una metáfora, estaba yo. Me negaron la primera solicitud. La segunda vez me la dieron. Soy hijo de inmigrantes y buscamos por parte de mi abuelo paterno una dirección en el País Vasco.  Allí sucede algo muy llamativo: con una carta de mi padre que dice si pueden cobijar a su hijo Sergio Recalde, me fui a Europa con bastante resquemor y sin embargo me recibieron de una manera maravillosa. Desde entonces recalco que encontré mi segundo hogar, mi segunda patria. Conocí a mi esposa Nekanes, con quien me casé en 1980 y tenemos una hija que estudia Bellas Artes en Rosario.

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